El Ferrari de la política

La marca Pedro Sánchez brilla más cuanto más oscura es la noche de la política. Y si no es el político más listo, se comporta como el más inteligente.

El Ferrari de la política
JUAN FUEYONEURÓLOGO DEL M. D. ANDERSON CANCER CENTER DE HOUSTON Y ESCRITOR

Si Pedro Sánchez se tumbase en el diván, Freud confirmaría que el dirigente del PSOE es el líder del momento. No es una cara bonita más, como piensan algunos ilusos, ni ese hombre sin principios que aventura Pablo Casado, ni alguien que «hará lo que sea para gobernar», como le recrimina Rivera. La marca Pedro Sánchez brilla más cuanto más oscura es la noche de la política. Y si no es el político más listo, se comporta como el más inteligente. En breve será presidente de Gobierno. No habrá elecciones en noviembre. El rey no las quiere y Sánchez, tampoco.

Un tipo duro –que no te engañe la sonrisa–, quiere estar allá arriba: le priva la hipoxia del liderazgo y jura como Andreotti que el poder solo desgasta a los que no lo tienen. Sánchez es «amigo del rey» y durante el breve periodo que gobernó –y no lo hizo mal– recalcó varias veces, olvidando que era obvio, que él era «el presidente». Pedro ama jets y suites: quiere ser élite. Una élite de izquierdas. Roja como un Ferrari.

Cuenta con la ayuda involuntaria de esta derecha tripartita que más que a dónde va, le preocupa recordar de dónde viene, con los cañones del conservadurismo más leonino cargados con pólvora caducada. Sumida en un profundo debate psicológico, la derecha sufre un caso de libro de múltiple personalidad. Como en 'Las tres caras de Eva': una personalidad va a lo suyo y no es consciente de las otras dos (Vox); otra sabe solo de una de las otras dos (Ciudadanos reconoce a Vox a su derecha), y la tercera identifica a las otras dos como un desdoblamiento de sí misma (PP). Ninguna de ellas apoyará al PSOE, a menos que Sánchez sea aún más inteligente de lo que el afiliado más optimista piensa que es. Abstenerse sería alienar a ese grupo de almas transmigrantes que se teletransportan a diario entre Ciudadanos, PP y Vox.

Los independentistas catalanes padecen esquizofrenia. ERC y JxCAT viven la enajenación de ser el mismo partido y su partido rival al mismo tiempo. El pragmatismo austero de la cárcel se impone a sarcasmos, delirios y cinismos: el naranja es el nuevo amarillo. Y los independentistas, a falta de la capa de invisibilidad de Harry Potter, cubren su desobediencia con la máscara de la corrección política (Rufián luce modales de Romanov). Hay razones para ello. Sánchez es el rostro menos malo en una moneda que, con los socialistas en el gobierno, podría caer, si no de cara, al menos de canto.

Luego de dos investiduras fallidas, la estrategia de Pedro Sánchez es hablar con otros, con muchos otros, conseguir un voto aquí y seis allá. Nimiedades políticas, cosas de poca importancia, que por sí solas abocarían a esa situación confusa y problemática que los medios han nominado equivocadamente como la «solución» portuguesa… ¡Ay, si Saramago levantase la cabeza! Claro que todo esto del PSOE postinvestidura no son más que juegos de psicología inversa –me alejo para atraerte– con los que se pretende conseguir un acuerdo sin ministerios con los podemitas. Esta estrategia de humos y espejos funciona mejor con niños –recuérdese la valla que pintaba Tom Sawyer– que con adultos, y Echenique comienza a dar signos de cansancio con tanto retruécano pueril. Por otro lado, el autor del 'Manual de Resistencia' podría estar condicionado por su propia experiencia, que le llevaría a pensar que al poder se asciende solo y mediante el derribo del rival. Salir a pecho descubierto al centro del coliseo y enfrentarse a lo que venga es lo opuesto de una actitud ambigua –fuente de la neurosis del poder (Freud)–, pero mucho más peligroso…

Iván Redondo definió al PSOE de Sánchez como el Ferrari rojo por su habilidad para pilotar traspasando líneas partidistas. ¿Cuál es la psicología del conductor de Ferrari? Persona hedonista en busca de máxima eficiencia a la que le gusta ir rápido. Sánchez podría derrapar por la izquierda, a menos que consiga psicoanalizar la desagradecida desconfianza –casi inquina, que diría Vicent– que siente por Iglesias, peatón altruista, compañero de viaje durante la moción de censura. Sánchez se enfrenta de nuevo a una oportunidad histórica nacida, esta vez sí, de la voluntad expresada en las urnas. Para el PSOE, su fracaso sería peligrosamente estrepitoso: poco resulta más patético que un Ferrari abandonado en la cuneta.