De lo mundano y lo jurídico

CUERVO Y ALFAGEME ABOGADOS

Somos de las que piensan que para poder opinar hay que probar algunas cosas y que además después hay que ser valientes y reconocerlo. Sí, no es fácil, pero a veces es necesario. Allá va: hemos visto Sálvame ¿era naranja o amarillo?, Mujeres hombres y viceversa (con Emma García y con Toñi Moreno) y también Viva la vida (con Toñi Moreno y con Emma García, uf qué lío). Y hasta Gran Hermano Vip (galas, debates, límites y comentarios varios). Y lo que es peor, hemos asistido con estupor a los últimos debates parlamentarios, a las declaraciones de políticos de uno y otro signo ante cualquier nueva situación y de forma reincidente vemos los informativos no de una, sino de varias cadenas.

Hecha esta confesión hemos de decir dos cosas. Primera, que no hay de qué preocuparse, ni se nos han apagado las neuronas, ni ahora vamos gritando y quitando la palabra a todo el que se cruza en nuestro camino, ni queremos una silla en un plató para pretender a nadie ni un sillón confortable en ningún parlamento ni dirección general de ministerio alguno. Afortunadamente es un mito que observar todo esto atonta y de todos los enfrentamientos, de famosos y de políticos, se aprende. La discusión puede estar en si es mejor emplear el tiempo en otra cosa que pueda implicar algunos cambios positivos, pero lo máximo que puede pasar es que uno se aburra y busque otras opciones.

Ahora vamos a lo jurídico, a lo legal, a lo nuestro.

Lo que apreciamos es, en muchas ocasiones, una importante ausencia de conocimientos jurídicos. Sí ¿y eso qué importa? (estará pensando alguno en este momento). Importa más de lo que a primera vista pudiera parecer. Pongamos algunos ejemplos.

Si vamos a contar que una persona insultó a otra en un programa de televisión, y el aludido hizo algo al respecto, mejor llamémoslo por su nombre: querella por injurias. Y no, decir que le puso una demanda por calumnia no es lo mismo ni parecido.

Y si llevamos a un experto para explicar la diferencia entre homicidio y asesinato respecto a los hechos por los que al parecer está investigado el rey del cachopo, no vale que el experto diga que el homicidio es cuando no hay intención de matar y el asesinato cuando hay premeditación, porque en un examen de derecho penal eso es un cero patatero. ¿O es lo mismo un sanjacobo que un cachopo? En un Masterchef cualquiera esta confusión no se perdonaría…

Y tampoco tiene ningún sentido ponerse a discutir si el casoplón de un famoso está o no embargado, o si está a nombre de la esposa o del matrimonio, si están casados en gananciales o en separación de bienes o si los hijos están adoptados a nombre de uno o de los dos, cuando no hay más que comprobarlo en el registro público correspondiente en cada caso, poniendo los papeles encima de la mesa.

Pero lo mejor llega cuando en vivo y en directo se cruza reiteradamente la línea que separa lo que se puede de lo que no se puede hacer o decir, sin infringir la ley. Pongamos, por ejemplo, la lectura de conversaciones privadas enviadas por mensajería instantánea sin autorización de la otra parte, imputar hechos constitutivos de delito a una persona sin realizar la más mínima comprobación, insultar, prejuzgar, hacer juicios paralelos sin el menor conocimiento jurídico, sin el debido respeto al principio de presunción de inocencia, o filtrar como noticia información sujeta a secreto de sumario con tal de ser el primero en ofrecer detalles truculentos.

Tampoco es sencillo comentar un caso o una sentencia que mueve sentimientos y movimientos. En muchos de estos supuestos, el planteamiento del asunto hace que nos alineemos con la supuesta víctima sin valorar todos los aspectos. Se nos vienen a la cabeza, por ejemplo, temas como el de Juana Rivas o el de la manada.

Es inevitable que en cualquier medio de comunicación haya contenidos jurídicos, porque la mayor parte de nuestros actos implican consecuencias legales y porque existen casos mediáticos que llenan las portadas y porque todo el mundo político realmente está regido por normas. Por ejemplo, últimamente la Constitución se utiliza para casi todo. Para defenderla o para atacarla y no deja de ser un gran desconocida en muchos de sus puntos.

Y si pensáis que todo esto lo decimos pensando en los denominados «programas del corazón» entonces necesitamos volver al principio de este artículo. En muchas ocasiones, los errores los vemos en tertulias políticas que analizan, por ejemplo, si se puede echar o no a un diputado del Congreso, o qué significa convalidar un decreto ley o hasta dónde puede llegar su contenido, en las noticias cuando les toca explicar una sentencia o una ley o unos hechos que tienen contenido legal o en un documental de investigación que analiza una situación con consecuencias jurídicas como, por poner solo un ejemplo, lo que ocurre con los desahucios o con los ocupas...

Por todos estos motivos, pensamos que en cualquier caso, lo primero es documentarse. Todo programa o medio de comunicación debería contar con un experto que revisara los contenidos y que asesorara a los colaboradores. No se trata de si es guapo o si es feo, si da bien o no ante las cámaras. Hay que contar con un buen profesional, con el mejor, con uno que sepa de lo que está hablando y pueda hacérselo entender a todo el que vaya a tener que manejar ese asunto, más aún si el programa se va a emitir en directo. Seguro que va a cobrar mucho menos que el más económico de los colaboradores o contertulios o presentadores.

Se puede hacer. Ya se está haciendo en algunos medios aunque, sin lugar a dudas, es mejorable en gran parte de programas y contenidos de máxima audiencia.

¿Y qué podemos hacer nosotros como consumidores de contenidos? Ser críticos con la información que recibimos y nunca perder la curiosidad de ver cualquier noticia desde todos los ángulos.

 

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