La asturiana que dirigió la misión del 'Open Arms': «La palabra salvaje se queda corta para describir las historias que nos contaban»

La asturiana Anabel Montes, en la cubierta del '0pen Arms', durante la misión. / E. C.

«El Gobierno era consciente de la situación a bordo desde el principio; no entendemos por qué tardó 17 días en responder»

PALOMA LAMADRIDGIJÓN.

La jefa de misión del 'Open Arms' descansa en Italia tras la odisea vivida a bordo del barco de la ONG española del mismo nombre. Anabel Montes Mier (Oviedo, 1987) repasa los detalles de esos 19 días en los que toda Europa estuvo en vilo, pendiente de las decisiones de los gobiernos español e italiano, mientras que 160 migrantes intentaban resistir frente a la costa de Lampedusa.

-¿Cómo se siente en tierra firme tras 42 días embarcada?

-Todavía estoy aterrizando. Me encuentro en Lampedusa, donde bajé para descansar un poco porque queda trabajo por hacer y era mejor quedarme en un sitio más tranquilo en vez de volver de repente a la ciudad. Seguramente la semana que viene pase por Asturias unos días, depende de cómo se vaya solucionando la situación.

-Tal era la desesperación de los migrantes que varios intentaron llegar a puerto a nado. ¿Cuáles fueron los peores momentos?

-En esta misión casi tendría que elegir mejor los buenos, porque hubo momentos muy dramáticos. Como cuando estuvimos varios días en el mar, sin puerto, sin saber adónde ir. Ahí comenzó a haber más tensión, cansancio y agotamiento. Un punto muy crítico fue cuando, además, vino mala mar y estábamos con 160 personas a bordo, con olas de tres metros, y ningún puerto nos daba acceso, ni siquiera para resguardarnos. Por mucho que hablásemos con la gente y les diésemos pastillas para el mareo, estaba todo fuera de control y fue muy duro.

-¿Qué ocurrió al acercarse al puerto de Lampedusa, donde finalmente desembarcaron?

-Cuando entramos a puerto, si bien hubo un poco de calma latente cuando vieron tierra, con el paso de los días y al no conseguir desembarcar, surgió muchísima tensión y peleas. Algo totalmente entendible porque era pura desesperación humana. Pero quiero remarcar que nunca contra nadie de la tripulación ni de nosotros, sino que se peleaban entre ellos por algo tan banal como que alguien pisara la manta donde dormía otro; era una válvula de escape de todo el dolor y la rabia que sentían. El día que las cuatro primeras personas se lanzaron al agua no había tanta tensión por la peligrosidad, llevaban chalecos y el mar estaba en calma, pero nos dimos cuenta de que eso había destapado la caja de Pandora. Teníamos claro que se iba a tirar más gente.

-Y la predicción fue correcta.

-Sí. La última jornada, cuando unas quince personas se tiraron al agua en distintos grupos, fue uno de los rescates más difíciles que he hecho. Fui de las que me tiré y recuerdo que cuando llegamos a un grupo de cuatro personas estaban prácticamente ahogándose. Habrían muerto en el mar en esos 800 metros que separaban la tierra del barco.

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-¿Qué estado presentaban los migrantes cuando Open Arms los rescató?

-Sentían agotamiento puro. Les teníamos que subir nosotros al barco porque no se mantenían en pie, también por el mareo. Venían completamente deshidratados, con signos evidentes de violencia. Un hombre incluso tenía disparos en los tobillos, mal curados, de una de las veces que intentó escapar del centro de detención de Libia. Estas personas llegaban tanto con cicatrices visibles de las torturas como con aquellas que no hace falta que te cuenten cuando les miras a la cara. Después de veinte días, pudimos escuchar todas y cada una de las 160 historias, las razones de huida y lo que les hicieron en Libia. Salvaje se queda corto para describirlo.

-¿Qué va a pasar ahora con el barco de la ONG?

-Está inmovilizado, pero me gustaría aclarar que es algo positivo en este momento. Desembarcamos porque el fiscal de Agrigento, al sur de Sicilia, decidió venir al barco de inmediato después de enviarle nuevamente informes médicos y psicológicos. Al verlo con sus propios ojos, dictaminó el desembarco, pero para ello hubo que abrir una investigación a desconocidos, una fórmula para investigar sin que haya personas señaladas. Es decir, para dictaminar quiénes son los culpables de la situación que ha ocurrido en el 'Open Arms'. Quiere decir que no hay ninguna investigación ni contra Open Arms ni contra nadie de la ONG. Pero para esto tienen que parar el barco y tener acceso a las grabaciones y las comunicaciones a bordo.

-¿Qué le diría a Salvini y a las personas que rechazan los rescates?

-Sinceramente, no tengo nada que decirles. Creo que los actos hablan por sí solos. Se ha conseguido un desembarco de forma legal y la gente está donde tiene que estar. Por tanto, queda claro que hicimos lo que teníamos que hacer. La obligación moral es lo que nos ha hecho seguir adelante más allá de lo legal.

-¿Cómo han vivido los vaivenes del Gobierno español en este asunto?

-No entendemos la motivación, si es que la hay. No comprendemos este movimiento de decisiones cambiantes que han puesto en peligro la vida de las personas. Si hay alguna motivación, la desconocemos, pero está claro que llevábamos 19 días informando de absolutamente todo lo que pasaba. Desde el primer día, el Gobierno era consciente de la situación que había a bordo. Todos los días había comunicaciones, por lo tanto no entendemos por qué pasaron 17 días para la primera y, desde luego, esta última decisión de mandar un barco de la Armada (para acompañar al 'Open Arms' a Mallorca) fue totalmente inhumana. La política no puede estar por encima de las personas.

-La vicepresidenta, Carmen Calvo, advierte de que Open Arms podría recibir sanciones de hasta 900.000 euros. ¿La ONG podría hacer frente a esa cantidad?

-Veremos lo que sucede porque hasta que esto no esté claro no lo damos por válido. Realmente vamos a seguir haciendo lo mismo que durante estos cuatro años. Siempre hemos trabajado bajo el amparo legal, por eso no hay nadie acusado ni ningún barco parado con una sentencia en firme, solo bajo investigación. No se necesita permiso para rescatar porque las leyes obligan a ello y, por desgracia, el trabajo que hacemos es una necesidad. No estamos ahí porque queramos, sino porque nadie se está haciendo cargo de ello. Nuestro trabajo es obligar, de alguna manera, a los Estados a responsabilizarse de sus zonas y, en el caso de que no lo hagan, por supuesto hacer un salvamento.