Recuerdo de Tini

Vicente Álvarez Areces son recuerdos de la infancia durante los últimos años cuarenta y primeros cincuenta del pasado siglo

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ CANAL

Tini, Vicente Álvarez Areces, son recuerdos de la infancia durante los últimos años cuarenta y primeros cincuenta del pasado siglo. Es la escuela pública del barrio de La Arena, el grupo escolar de niños El Arenal, en un viejo caserón de la calle del Molino, después rebautizada como Emilio Tuya, frente a la entrada al antiguo Grupo Covadonga. Son las aulas pobladas de hijos de obreros y artesanos en su inmensa mayoría, con alguna representación de modestos funcionarios y empleados. Escuela integradora, con compañeros de pupitre no futuros tiburones del capitalismo rampante, sino como René, nieto de Gregorio Jiménez, el patriarca de los gitanos, con precario domicilio en el cercano patio del Corralón.

El director de aquella escuela, valenciano de apellido con resonancias griegas, don Nicolás Georgacópulos Teja, encabezaba un elenco de maestros beneméritos: don Ángel González Alonso, don Vicente Cudeiro, don Sixto, don Pedro… cuya entrega y capacidad pedagógica, superadoras de los condicionantes políticos de la época, que encorsetaban la tarea de enseñar, produciría a la larga resultados apreciables en escalones superiores del ámbito académico. De la misma clase, además de Tini, perito industrial y licenciado en Matemáticas, formamos parte Gumersindo Menéndez Riego, ingeniero industrial; José Octavio Pérez Gómez, perito industrial, y yo mismo, profesor mercantil y periodista titulado. No parece magro balance para unos tiempos de estrecheces, de jugar al 'cuadrín' en la calle de Ezcurdia o 'a manaes' en la playa, en alternancia con incursiones furtivas en el Grupo.

Aquel escenario ciudadano, aquella escuela, imprimieron carácter a Tini como dirigente político. Al barrio de La Arena permaneció vinculado durante toda su vida, sin romper jamás los vínculos que le unían con quienes fueron sus compañeros de juegos y de aula. Aquel pequeño barrio, entrañable y atopadizo, ya no existe, subsumido en el crecimiento urbano que no ha cesado hasta nuestros días. Tampoco existe el grupo escolar de niños El Arenal, donde recibió las primeras enseñanzas quien habría de ser impulsor principal del campus universitario, valioso patrimonio de Gijón edificado contra resistencias atávicas, legado magnífico del compañero de clase que acaba de dejarnos para siempre.

 

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