«El deber del poeta es no estar callado»

Adam Zagajewski, en Madrid en 2015. /
Adam Zagajewski, en Madrid en 2015.

«Quiero seguir siendo crítico, especialmente con el Gobierno de mi país, pero ya no a través de la poesía»

M. F. ANTUÑA

A Adam Zagajewski (1945) el Princesa de las Letras le pilló en Cracovia, la ciudad en la que creció después de que su familia huyera de Lwów, en la actual Ucrania, y de la que huyó él en 1982 rumbo a París más por amor que por política. A ella acabó volviendo en 2002 y desde ella tomaba ayer rumbo a una feria literaria en Bremen. Llamadas, felicitaciones, entrevistas, y una dedicatoria en la boca: «A mí mujer». Ella, la actriz y traductora polaca Maja Wodecka, le ha visto convertirse en el gran poeta que ayer veía reconocida su extensa y comprometida trayectoria con el Princesa de Asturias de las Letras. «Es un gran honor recibir este magnífico premio procedente del reino de España, que es también el reino de Cervantes y de otros grandes poetas y escritores. Un poeta trabaja en soledad, pero de repente aparece una noticia inesperada», decía en su agradecimiento institucional el autor.

Sabe Zagajewski cuál es el auténtico valor de la poesía. Y lleva una vida entera reinvicándolo desde diferentes ángulos. Siempre anclada en el recuerdo, siempre con una misión que cumplir, siempre con un efecto balsámico y evocador, los versos han de tener contenido y continente, compromiso y pasión, ética y estética, han de poner palabras a lo que somos, fuimos y seremos. En esas ha estado toda su vida, en la que la que no se ha olvidado de otros géneros, en especial el ensayo. La novela, pese a haberla tocado, no es lo suyo e incluso reniega de ella. «El poema es más intenso, es más claramente una obra de arte. Sin embargo el ensayo es en este aspecto más amorfo, se sitúa entre una idea y unos elementos narrativos; digamos que es un género fronterizo», decía el autor en una reciente entrevista.

Trazaba así las fronteras de una obra que busca no tener demasiadas y que ha vivido una evolución muy clara de lo político a lo contemplativo y epifánico, pero que siempre ha de clamar por algo, así sea lo más cotidiano, lo más prosaico, así se lea la libertad con mayúsculas. «El deber del poeta es no estar callado», afirmaba en una entrevista con TVE tras saberse ganador del Princesa.

Daba entonces su propia definición de la poesía: «Es la parte más arcaica de la literatura, un modo antiguo de comunicación que todavía tiene su belleza y potencia». Memoria, observación, imaginación y pensamiento se alían para componer una obra poética capaz de emocionar, de conmover o criticar a los poderes establecidos. Como él hizo en el pasado en sus tiempos de disidencia contra el comunismo. Ahora no se sirve de la poesía, pero sigue poniendo palabras para expresar su desilusión ante lo que le rodea. Ayer lo decía con claridad en unas declaraciones a la agencia Efe: «Sigo siendo crítico, especialmente con el gobierno de mi país, pero ya no a través de la poesía», apuntaba. Y tiene razones para criticar a su país, aunque -dice- ya no tiene edad para hacerlo con versos. «Ahora mi viejo país tiene un nuevo gobierno que promueve la xenofobia. No es una actitud que aparezca, es un modo cínico en que los políticos juegan para sus propósitos», comentaba también ayer. Claro que cualquier mal tiene su contrario y siempre hay gentes dispuestas a sacar lo mejor del ser humano. «Al mismo tiempo, aparecen multitud de grupos pequeños que ayudan a los refugiados. Hay una ola de xenofobia, sí, pero también una ola en el sentido contrario de solidaridad», subrayó.

Hay un cambio claro en su poesía y Zagajevski no reniega ni de lo anterior ni de o actual, pero sabe a ciencia cierta que no quiere volver atrás. «De joven, combatí la ideología con mi poesía, ese fue el inicio de mi camino como poeta, pero me aburrí muy pronto de esa actitud. Ahora combato la ideología con artículos, con ensayos, pero no con la poesía», señalaba en una entrevista anterior. Porque, además, sabe colocar las letras en su lugar: «La literatura no necesita ideología porque es la defensa de la humanidad. La ideología limita la libertad y, por tanto, va en contra de lo humano y de la poesía».

Sensible a lo que ocurre en el mundo, no duda en expresar sus preocupaciones globales. «Existe el riesgo de que en un futuro haya más banderas que personas», decía en otra charla con un periodista. Europa también le duele. Dice no creer en la Unión Europea, pero sí en las pequeñas patrias. «En la actualidad, en Europa asistimos a un renacimiento de los nacionalismos y tenemos dos salidas posibles: la primera es centrarse en la idea de nación, lo cual es peligroso porque la nación remite a las emociones humanas; la segunda sería la basada en la idea de la patria, de lo que es un lugar, una tierra, una región, una ciudad. Con esta última opción me siento muy identificado».

Sigue siendo un hombre de su tiempo y de hecho no cuestiona internet y sus mundos digitales, sino que ve en ellos «un océano de posibilidades donde encontrarlo y mostrarlo todo». Internet será una herramienta para saber más de España, la tierra de Machado, «un país imprescindible para Europa» y la nación que le premia.