«Los edificios los hacen miles de manos»

Gehry, en la Laboral./
Gehry, en la Laboral.

Ghery revela el lado más romántico de la arquitectura y no olvida el resto: «Es arte y a la vez negocio»

MARIFÉ ANTUÑAoviedo

Hay una firma, una mente brillante que lo idea, que lo dibuja, que elabora unos planos y le da unas dimensiones, que lo hace maqueta, que se sirve de un lápiz y de modernos sistemas de software, pero detrás de la arquitectura, hay mucho más: «Miles de seres humanos hacen el edificio, su lenguaje depende de esas manos». Lo dijo el flamante Príncipe de las Artes y confesó a continuación que se estaba poniendo romántico. Quizá el hecho de que uno de los obreros que trabajó en uno de sus últimos edificios en Australia se tatuara en su piel el patrón de cómo iban situados los ladrillos le ha convencido aún más de lo que ya sabía, que la arquitectura tiene muchas dimensiones, pero por encima de todo está la humana.

Frank Gehry llenó por completo Laboral Centro de Arte de un público formado fundamentalmente por arquitectos ávidos de escuchar sus reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de la arquitectura, de la que, dijo, sin temor a errar, que «es arte y a la vez negocio». Así de claro y contundente habló el estadounidense nacido canadiense al que acompañó Rafael Moneo, ganador hace un par de años del galardón de las Artes, y en una charla moderada por la también arquitecta Benedetta Tagliabue.

Juntos fueron transitando por territorios que van de EE UU a Europa, de la creación más artesanal a la que está vinculada al ordenador, de constructores, de presupuestos, de iconos. De todo el proceso que conduce a levantar un edificio que, como el Guggenheim de Bilbao, es mucho más que un espacio en el que exponer arte. El escultórico edificio que Gehry levantó en Bilbao estuvo muy presente en la charla. Su capacidad de transformación de la ciudad -y su bajo coste, «solo 80 millones de euros», como se encargó de recordar el propio arquitecto- acaparó palabras y reflexiones. Recordó Gehry cómo fue capaz de captar el espíritu de la ciudad y de lograr desde la apuesta por la vanguardia un efecto conservador. «El Guggenheim es una parte importante de mi vida», sentenció.

Hubo más edificios presentes, pero también una manera especial de mirar a la creación. «Yo soy muy contextualista», afirmó Gehry, quien subrayó que es importante construir conforme al entorno. Eso hizo,y así lo ejemplificó, con el neyorquino rascacielos Beekman, que, ubicado junto al puente de Brooklyn y muy cerca del mítico Woolworth, se ideó pensando de tal forma que nunca le restase protagonismo a este, sino que incluso jugase en sus escalas con el primero. No quiso ponerle un sombrero por respeto al contexto: «No veo gente que se preocupe de esa dignidad en los edificios nuevos», criticó Gehry.

Esa preocupación debe inspirar a los jóvenes arquitectos, a los que también pidió que sean siempre capaces de «tomar el mando» de sus obras», pero hay más aspectos clave a la hora de diseñar. Él, inspirado por la escultura -incluso citó a Bernini-, no fue quien puso más palabras sobre su obra. Las elogiosas las pronunció Rafael Moneo: «En los setenta fue un arquitecto que se colocó en clara oposición a la tendencia, contrario al academicismo, diseñando edificios muy nuevos y hermosos». Fue más allá, y habló de cómo le dio un cuño propio a Los Ángeles, su ciudad, poniéndole esa «vena artística» de la que el arquitecto nacido en Canadá siempre ha hecho bandera. «La contribución de Frank a la arquitectura es esencial, algún día ustedes podrán decir que han tenido la fortuna de pasar la tarde con una de las personas que han forjado la manera en la que los edificios se pensarán en los próximos años», soltó Moneo. Su colega sí reaccionó con un sonoro: «Eso es muy fuerte».

Los Ángeles también estuvo presente, como Bilbao, porque la ciudad californiana siempre se ubicó muy lejos de Nueva York en todos los sentidos -«donde se cocía lo importante, a nadie le importaba lo que se hacía en Los Ángeles»-. Allí diseño el auditorio Walt Disney y allí también el propio Moneo levantó una catedral. Gehry incluso bromeó al respecto: «Competimos por esa obra, y él me ganó», reconoció el norteamericano entre risas. Pronto se felicitó de esa derrota: «Por accidente, la ciudad tiene dos polos extremos con esos dos edificios, ojalá se hiciera más ese tipo de urbanismo».

La competición ayuda a componer esos enclaves especiales, cada vez más necesarios en países como Estados Unidos, donde, «la arquitectura tiene cada vez menos valor. Por desgracia, en los países más desarrollados valoran menos la arquitectura», lamento Rafael Moneo. «Ya no existe el placer de un edificio bonito», dijo con pesar.

Gehry y Moneo pasearon por París y Washington, hablaron de la influencia de la arquitecutra asiática, de la concepción artística que se esconde tras cada inmueble, de dibujos, del proceso que conduce una idea a convertirse en ladrillo, titanio u hormigón. No se olvidaron de la educación. Gehry habló del proyecto educativo para alumnos de primaria en el que está inmerso y que le tiene entusiasmado: «Es una labor bonita y satisfatoria», dijo. El futuro más inmediato está ahí, en los colegios de California. Aunque su teléfono no para de sonar: «Cuando alguien me llama para hacer un edificio, si me gusta, lo acepto». He ahí el quid de la cuestión. Sin más. También le siguen enganchando los retos: «Me encanta afrontar proyectos ajustados de presupuesto y hacer cosas interesantes con ellos».

Unas cuatrocientas personas escucharon atentas sus palabras, muchos de ellas estudiantes como Rebeca, Miguel y Lucía, que cursan tercer año de Arquitectura en Valladolid y desde allí viajaron para estar en Gijón. La charla comenzó a las seis de la tarde y ellos esperaron pacientes para garantizarse plaza desde la una.