Viernes, 4 de agosto de 2006
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Más allá de las leyendas urbanas
La demografía asturiana es un reflejo del pesimismo regional
Más allá de las leyendas urbanas
JÓVENES. Un grupo de estudiantes, en las inmediaciones de la Escuela de Ingenieros de Gijón / E. C.
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El Instituto Nacional de Estadística ha publicado los datos del padrón correspondiente al 1 de enero de 2006, en el que aparece la singularidad asturiana al ser la única región española que perdió el año pasado habitantes (1.300) pese a aumentar un 10% el número de inmigrantes. Un año más, Asturias adelgaza, aunque España está en un proceso imparable de ganancia de población, al acercarse a los 44,5 millones de habitantes (¿Ay!, aquellos profetas de la transición que modelo demográfico en mano aseguraban que nunca llegaríamos a los 40 millones).

Los datos del presente año se inscriben dentro de la tendencia decreciente asturiana, a la que contribuyen diversos factores, desde tener una de las tasas de natalidad más bajas del mundo (1,1 hijos por madre), a ser la región más envejecida de España, pasando por el escaso número de inmigrantes que residen en nuestra comunidad autónoma (sólo Extremadura y Galicia tienen un porcentaje inferior), y terminando por los jóvenes que abandonan Asturias.

Todos estos factores remiten a una reflexión política común, pero el Gobierno regional únicamente considera que tiene sustancia política debatir sobre uno de esos parámetros: el vuelo de la juventud. Antes de abordar el problema general, vamos a deshacer los malos entendidos concretos.

El presidente Areces, que tiene un estilo directo en su forma de comunicación, muy poco dado a las metáforas y los rodeos, se permitió una excepción el día que negó la emigración juvenil con una frase: leyenda urbana. Inmediatamente, jóvenes y padres se sintieron concernidos por la frase del presidente, y empezó un rosario interminable de quejas. CC OO presentó un estudio según el cual, entre 1995 y 2005, 30.000 jóvenes habían emigrado por falta de trabajo, lo que contribuyó a encrespar el debate. De la pérdida de población juvenil se pasó al problema del paro juvenil.

El éxodo de los jóvenes es una realidad, otra cosa es la forma de interpretarlo. El siglo XXI va a ser una centuria nómada, donde la gente trabajará en sitios distintos de su lugar de nacimiento. Esta característica va a ser especialmente acentuada en el caso de los titulados universitarios, que con conocimiento de idiomas y una mayor paralaje de miras, calibrarán las ventajas que tiene aceptar una oferta de trabajo en Montreal, Grenoble o Valencia.

Los jóvenes licenciados marchan de Asturias porque aquí no hay empleo, dicen, pero en California, dónde se bordea el pleno empleo, sólo un 36% de los ingenieros que se gradúan en ese Estado trabajan luego en él.

Si en el siglo XX, los artistas (músicos, pintores, actores) mudaban de lugar, en el siglo XXI ese estilo de vida se va a trasladar a los universitarios. Este apartado quisiera terminarlo por la vía del ejemplo. Los científicos más prestigiosos de la Universidad de Oviedo, los profesores López Otín y Barluenga, no nacieron en Asturias, pero trabajan aquí. Los dos son maños. Gustavo Bueno es riojano. Los ex rectores más recientes de nuestra Universidad -Julio Rodríguez, Santiago Gascón y López Arranz- tampoco nacieron en Asturias. Lo mismo cabe decir de dos de los catedráticos de la Facultad de Derecho más prestigiosos de los últimos treinta años, los profesores, Julio González Campos e Ignacio de Otto. Podríamos poner hasta cien ejemplos sin salir del ámbito de la Universidad de Oviedo. Este es la argumentación que tendría que dar el Principado ante el debate sobre la fuga de cerebros, en vez de enrocarse en la negación del fenómeno. Volvamos al asunto central.

El déficit del staff político

La baja tasa de natalidad y el escaso número de inmigrantes responde a una misma causa: las pobres expectativas. Se trata de un sentimiento subjetivo, pero generalizado, que afecta desde las jóvenes parejas nacidas en Asturias hasta los ciudadanos del Magreb que llegan a España y se dirigen hacia otras regiones. Pocos niños y pocos inmigrantes. Asturias no es una tierra de oportunidades. Hay estadísticas que respaldan esta afirmación. En un trabajo de Funcas, que comprende el periodo de 1995 a 2004, nuestra región aparece como el territorio con menor crecimiento del PIB, un dato especialmente significativo porque en esos años las regiones que más crecieron fueron las más pobres, con la excepción de Asturias.

No obstante, la gran pujanza de la economía española y la mejora de la economía regional ha traído un cambio de panorama. El mejor ejemplo es lo que está ocurriendo con el empleo. Desde el año 1997, Asturias crea empleo neto, en una cuota de 10.000 puestos de trabajo al año. Los 100.000 puestos de trabajo perdidos tras las crisis del petróleo de los años setenta del siglo pasado ya casi se han recuperado. Sin embargo, las expectativas individuales y colectivas de los asturianos no registran esa mejora. La mejor prueba de cómo el sentir de los asturianos no es sensible a la mejora de la economía, lo proporcionó la encuesta del CIS del pasado invierno, cuando el 90,5% de los encuestados señalaron como mayor preocupación el desempleo, mientras que en otras regiones no llegaban al 50% los ciudadanos preocupados por el paro.

De esta forma llegamos al fondo político de todo lo que venimos tratando: si las expectativas de los asturianos son más pesimistas que las que se desprenden objetivamente de los datos de la realidad es porque hay un déficit del staff político en la transmisión de esa realidad. Desde el Principado se hicieron estos años ímprobos esfuerzos por afirmar que somos un territorio referente en política de servicios sociales, en vivienda, en educación, etcétera. Bien, nada de eso ha calado en el cuerpo social y, sin embargo, sigue la gente atada al discurso sindical de la decadencia, del desempleo, de la ruina industrial, de la necesidad de ayudas, de las malas comunicaciones, y otro conjunto de lugares comunes que caracterizan el fenotipo del asturiano actual.

El problema es que las expectativas de la gente acaban constituyendo un dato más de la realidad, y si no logramos que repunte la natalidad, que vengan más inmigrantes, que se eleve la tasa de población activa y aumente la inversión, estaremos abocados a un futuro invisible: con las calles llenas de canas, el gasto sanitario por las nubes y toda la región financiada por la Seguridad Social.



 
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