Como de un largo sueño

LUIS ALBERTO DEL ROSAL

Como por arte de mago, ¿Serálo el gobierno autónomo?, Fernando Morán López, con o por una medalla de oro, regresa a la actualidad. Vuelve a ser; y aunque sólo sea por unas horas, a tener un rincón en la primera página de los periódicos. Y resurge coincidiendo con el esperanzado resurgir de su Avilés natal.

Morán, con sus ochenta años y su larga trayectoria política, debe tener bien lleno el arcón de las vanidades personales. Esta medalla que se le otorga en reconocimiento a 'su trayectoria personal', supongo que la literaria incluida, ha sido, más que nada, como un 'detente' contra el olvido en el que los años nos van encerrando. Me alegro, con todos los avilesinos, precisamente en estas fechas en que Avilés también resurge lleno de esperanza. Un edificio singular o una medalla de oro, lo mismo da para recobrar el pulso. Lo importante es que la sangre vuelva a correr con alegría por venas, calles y avenidas.

¿Alguien con este 'dorado' motivo se dispondrá al leer la novela que Morán hace medio siglo dedicó al Avilés de sus años mozo, su 'También se muere el mar...'. Ojalá, la ocasión es propicia: ocio vacacional, curiosidad por encontrar al personaje de actualidad en el marco de un Avilés desconocido para más del ochenta por ciento de sus actuales vecinos. Un Avilés tendido 'panza arriba con los pies en el agua..., que se alimentaba con tiento de los capitales traídos de América'. Después de aquel tiempo idílico, en que el abuelo de Fernando Morán tanto tuvo que ver con la colonización democrática y social de la villa por medio de las tertulias, lecturas, conciertos, juegos y sesiones cinematográficas de su famoso Café Colón, vino la época brutal del desarrollismo siderúrgico bajo el signo de la patriarcal Ensidesa.

La fortuna que antes se hacía en el nuevo mundo, o con el transporte de emigrantes -como hicieran los dueños del navío 'Patriota Asturiano', o los de la corbeta 'Eusebia'- se hizo de mil maneras, no todas santas, por Trasona sin necesidad de tener que embarcarse.

Pasado el cenit, comenzó el ocaso, o cuesta abajo. Y en momento de profundo pesimismo, como por milagro, el 'surgimiento' por la fuerza emocional de un edificio regalado, o no tanto. y otra vez, la luz dorada de la esperanza. Y la medalla de oro al señor Morán.

El equipo de avilesinos de que quiso rodearse el presidente Areces, mal querido en Oviedo y algo más querido en Gijón, merece mil felicitaciones. Han sabido luchar por y para la casa de todos los avilesinos, y para mantener vivo el pulso de La Magdalena y de Sabugo, que siempre estuvo firme.

De nuevo vuelve Avilés por sus fueros de cultura y solaz. De nuevo los palacios urbanos lucen con modernos destinos. Mientras las esperanza se hace realidad, esperamos la venida del alcalde o alcaldesa, que los 'compañeros' del PSOE quieran darnos para que en las urnas ratifiquemos su elección, que las posibilidades del errático PP no cuentan.

Y mientras tantas novedades ocurren, quédome, en esta placentera lejanía, con la figura del señor Morán octogenario, y miro su juventud en la mar de la ficción novelística y en aquel mundo de jóvenes luises, antonios y enriques encuentro, entre humo de tabaco, el anuncio de la nunca lograda 'reconciliación nacional'.

Es significativo y premonitorio este párrafo con más de cincuenta años: «Cuando tenía dinero compraba Antón tabaco que daba a Luis. Luis decía que lo fumaba en casa, pero Quique creía que lo llevaba a su padre (preso en la cárcel de Gijón). Le extrañaba que Antón comprase tabaco que luego fumaba un rojo. Porque el padre de Luis, lo mirases como lo mirases, era un rojo y al padre de Antón lo mataron los rojos...».

Humo prohibido. Quizá el señor Morán, 'rojo' humanista, ministerial y de orden, pudiera tener el gesto 'reconciliatorio' de ofrecer su medalla, ya que los pitillos hoy están vedados, a los 'irredentos', para que con el oro de las Asturias superaran, como con un edificio superó Avilés, el ingrato complejo de su mala historia.