La autoridad de Luis Adaro

FRANCISCO DE BORJA SANTAMARÍAPROFESOR DE FILOSOFÍA

DISTINGUÍA el sabio Romanista don Álvaro D'Ors entre auctoritas -saber socialmente reconocido- y potestas -poder socialmente reconocido-. La autoridad no tiene que ver con el mando, con lo que habitablemente entendemos por 'poder', sino que consiste en el espontáneo reconocimiento por parte de los demás de que alguien posee una condición superior.

Pues bien, el singular luto que han vivido su querida ciudad de Gijón y Asturias entera, con motivo del fallecimiento de Luis Adaro, el pasado 26 de setiembre, han puesto de relieve la 'auctoritas' de que estaba investido; es decir, su condición de personaje excepcional; condición que se le reconocía de manera indubitable, unánime y agradecida por parte de las más variadas personas, procedentes de los más diversos campos de la actividad humana y ubicados en los más dispersos lugares del espectro ideológico. Don Luis carecía de 'potestas', pero ejercía, sin pretenderlo, una inigualable autoridad.

Su autoridad se sustentaba, sobre todo, en una vida dedicada de manera excepcionalmente generosa y apasionada a su querida ciudad de Gijón y a su amada Asturias. Su generoso y apasionado derroche de trabajos y energías en cuestiones que iban mucho más allá de sus intereses privados, lo convirtieron en un acabado ejemplo de ciudadanía: de compromiso magnánimo con la mejora de la propia sociedad. La biografía de Luis Adaro es la de quien, sin participar en la vida política, concibe su existencia como un servicio desinteresado, constante, inteligente y eficaz a su ciudad y a su patria.

Pero no es sólo la eficacia con que sirvió a Gijón y a Asturias lo que le procuró la autoridad de la que estaba investido. Su insaciable afán de investigar, conocer e interesarse por los más variados asuntos eran también poco comunes y mostraba su pasión por el conocimiento.

Su autoridad provenía además de unas destacadas cualidades morales. Era don Luis hombre abierto a todo tipo de personas, generoso en el reconocimiento de los méritos y cualidades ajenos, batallador hasta la extenuación, heroicamente recto en todas sus actuaciones, dotado de un enorme sentido de la lealtad y fiel a sus compromisos y convicciones hasta la muerte.

Quienes tuvimos el inmerecido privilegio de tratar con cierta intimidad a don Luis experimentamos no sólo la satisfacción de conocer a un infatigable prócer local, sino que pudimos escuchar cuáles eran las razones y raíces profundas de su fecunda actividad: el deseo de vivir en plenitud su fe cristiana, de hacer rendir al máximo en servicio de los demás los talentos que Dios le había concedido. Buscar esa dimensión social y cristiana, precisamente en el trabajo, solía explicarnos a sus amigos, era el atractivo que él había encontrado en el espíritu del Opus Dei, al que se incorporó a comienzos de los años sesenta, siendo, así, el primer miembro supernumerario de la Prelatura en nuestra ciudad.

Puede decirse que Luis Adaro, que amó a Gijón y a Asturias apasionadamente, lo hacía también de una forma profundamente cristiana, y que en su generoso servicio a la ciudad latía sobre todo el noble deseo de contribuir a una sociedad mejor. Su autoridad moral manaba de una fuente de vida inagotable y, por ello, perdurará.

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