El balcón de los horrores

Un vecino recurre a la 'señalización artesanal' para defender el mirador de su vivienda de los grandes camiones que circulan por el centro

GUILLERMO F. BUERGOLLANES
ASOMADO. Ángel Anuarve en el fatídico balcón. / NEL ACEBAL/
ASOMADO. Ángel Anuarve en el fatídico balcón. / NEL ACEBAL

En pleno centro de Llanes, Ángel Anuarve Rodríguez no conoce otro domicilio familiar, desde 1936, que el número 6 de la calle de Mercaderes. En la planta primera del edificio se sitúan su vivienda y su medio de vida, un negocio de peluquería. La casa tiene un balcón voladizo desde el que se pueden contemplar dos plazas emblemáticas, la de Parres Sobrino y la de Las Barqueras. Por debajo de las ventanas desfilan todos los veranos los simpatizantes de los tres bandos llaniscos en pasacalles.

En los primeros cuarenta años de arrendamiento el balcón sólo ofrecía satisfacciones y ningún problema. Desde hace tres décadas, los camiones ya tumbaron por impacto la estructura al completo en tres ocasiones, sin contar un centenar de encontronazos de menor cuantía.

El año pasado, coincidiendo con el rally Villa de Llanes, la plataforma de un vehículo pesado volvió a derribar el mirador y, por esa razón, Anuarve colgó ayer de las ventanas un chaleco reflectante de color verde fosforito y un fular rojo. Y explica que no lo hace por placer, sino porque percibió «la indiferencia de la Policía Local y de los organizadores del rally» cuando fue a pedirles explicaciones sobre si habían tomado «alguna medida preventiva para un paso tan estrecho en esta calle».

Precavido

Le sirve de gran experiencia estar curtido en desagradables episodios por alcance y asegura que para reponer el balcón tienen que pasar cinco meses. Primero avisa al propietario del inmueble, que tiene que «levantar un atestado» para enviarlo a la aseguradora. El paso siguente es contratar un carpintero y explica Anuarve que «al que vino el año pasado ya le dije que no tirara las medidas porque estoy convencido de que lo van a volver a tumbar».

El perjudicado echaba en falta «un punto de luz intermitente, pero no se dónde conseguirlo».