El último playboy

Conquistador carismático y vividor, el dominicano Porfirio Rubirosa convirtió su vida en un frenesí cargado de esposas y amantes: «Dios no me permitió tener hijos pero me concedió mujeres», aseguró

LUIS GÓMEZ
«Ninguna de mis ex esposas habla mal de mí», presumía el galán. / E. C./
«Ninguna de mis ex esposas habla mal de mí», presumía el galán. / E. C.

Matuso, el jardinero que cultivaba plataneros y mangos en la hacienda que sus padres poseían en la comarca dominicana de San Francisco de Macorís, se acercó al pequeño Porfirio, le ofreció un trozo de cacao y le susurró al oído: «Esto es bueno para la verga. Te la endurece. Tú vas a usarla mucho. Así que come, chamaquito, que te va a hacer falta». Años más tarde, con pantalones cortos pero asomando ya la adolescencia, se plantó delante de su padre y le soltó: «¿Qué debo hacer para enamorar a una dama?». Pedro María Rubirosa, un general reconvertido en diplomático y destinado al París de la Primera Guerra Mundial, le aconsejó: «Nada seduce más a una mujer que hacerla sentir como si fuese la única del mundo. Sé un tipo simpático y no te apresures en tocarlas. Y que no noten tus verdaderas intenciones. Ellas lo saben, pero no les gusta que se lo demuestres».

A los dieciséis años, Rubí cogió carrerilla y no tardó en averiguar la dirección de su profesora de Historia, que le inició en el arte de completar una impecable hoja de servicios sentimental. Estéril -«Dios no me permitió tener hijos y, en cambio, me concedió mujeres»-y amante de Ava Gardner, Eva Perón, Kim Novak, Joan Crawford, Veronica Lake y Rita Hayworth, pasó cinco veces por el altar, un par de ellas para contraer matrimonio con las dos mujeres más ricas del planeta en su época: las americanas Doris Duke y Barbara Hutton.

Pimenteros 'rubirosas'

Pero no era el típico cazafortunas: «La mayoría de los hombres ambicionan ahorrar dinero; la mía es gastarlo». Con sus conquistas, claro. Este dominicano (1909-1965) que se codeó con la flor y nata de la sociedad -Frank Sinatra, el clan Kennedy o el príncipe Ali Khan figuraban en su selecto círculo de amistades- se ganó a pulso su fama de playboy por su interminable lista de amantes -«me enamoro cada día de varias mujeres; no conozco ese amor establecido que te obliga a acostarte con la misma hasta que te mueres»- y la leyenda que se creó acerca del descomunal tamaño de su pene.

Truman Capote lo definió como «una macana café con leche de once pulgadas tan gruesa como una muñeca de hombre» y en los restaurantes más elegantes los pimenteros gigantes fueron bautizados como 'rubirosas'. Su primera esposa, Flor de Oro, la jovencísima hija del dictador dominicano, Leónidas Trujillo, huyó, asustada, la noche de bodas de la habitación nupcial al verle «con esa cosa apuntándome». Porfirio se enorgullecía por el sobrenombre con el que se le conocía en muchos lugares: 'Siempre Listo'. Pero su suegro, que le profesaba una profunda admiración, no se anduvo con rodeos cuando el playboy puso los ojos en su flor: «Has hipotecado tu destino y desde ahora, por encima de Dios, estoy yo. Voy a cocerte a fuego lento».

No hizo falta. Se le adelantó su hija, harta de sus infidelidades con las esposas de los oficiales del III Reich, en Berlín, donde ejerció de diplomático. En pleno ataque de furia, cogió el cuchillo del estofado y se lo pegó al cuello. «No te basta con humillarme. Tenías que hacerlo en público, ¿verdad? ¿Te crees muy macho y no eres más que un desgraciado y estéril!». A Porfirio el susto le duró menos que un suspiro. Su vida discurrió a toda velocidad. Jugador de polo, pilotó bombarderos B-25, compitió en las 24 horas de Le Mans al volante de ferraris, buscó tesoros perdidos en el Caribe, traficó con joyas en la guerra civil española, lucía trajes de Brioni... Siempre al lado de mujeres.

A Flor de Oro le sucedió Danielle Darrieux, la actriz más deseada y mejor pagada de Francia. Y a ésta la reemplazó Doris Duke, heredera de una de las mayores fortunas del mundo. Pero antes de casarse, sus abogados y Rotchild, un agente del FBI, advirtieron a la multimillonaria que su futuro marido sólo pretendía hacer con ella un «negocio redondo». «Ser rica tiene que servir para algo más que para estar a la moda», justificó ella. Rubirosa se salió con la suya, pero antes de dar el sí firmó un contrato matrimonial con un revólver del 38 apuntándole. «A veces nos toca quitar a alguien de en medio, ¿eh?», sugirió el galán. El policía se encogió de hombros y respondió: «A veces».

Golpes a Zsa Zsa Gabor

La unión duró sólo dos años. Porfirio rumió pronto las penas y mantuvo su tren de vida con Bárbara Hutton, a la que prometió matrimonio por teléfono desde un casino de Las Vegas, tras acumular 50.000 dólares de pérdidas y recibir un nuevo 'no' de su gran pasión: la actriz Zsa Zsa Gabor. Incapaz de encajar tal golpe, Rubirosa sacó su lado más violento. Al día siguiente, con un parche de pirata en su ojo derecho, Zsa Zsa Gabor se mofó ante la prensa de la boda de su amante y confesó que le había golpeado: «Me ama. Una mujer a la que no han pegado nunca no puede estar segura de que la amen». Y se amaban. Tanto que, varios días después de la boda, se citaron en la habitación de un hotel de Las Vegas. «Ahora tengo dos millones de dólares para gastarme contigo. ¿Es suficiente?» La actriz no daba crédito: «¿Vas a casarte toda la vida con millonarias para mantenerme?», le preguntó.

Pero Rubirosa no era hombre de una sola mujer. Poco antes de emparejarse con su quinta esposa -la francesa Odile Rodin- acudió solo a una espectacular fiesta de Sinatra en Palm Springs. Allí coincidió con Zsa Zsa y pasó lo que tenía que pasar. En la misma reunión, un amigo le recordó que Duke «daría cualquier cosa por tenerte cerca de su cama». En su escala en Nueva York, camino de la República Dominicana, pasó dos noches con ella, y remató el tour con Flor de Oro en su isla. «Me enamoro sin darme cuenta, pero ¿no le extraña que ninguna de mis esposas hable mal de mí? ¿Algo haría bien!», dijo a una periodista del New York Times a la que confesó lo que era un playboy: «Un sacerdote pagano que imparte el sacramento de la ilusión a las mujeres. Me encantan». Ya lo intuyó Matuso cuando le ofreció aquel pedazo de cacao.

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