Reflexiones catalanas

RAMÓN AVELLO

EN el disco duro del cerebro de muchos antiguos alumnos del colegio de los Jesuitas, se grabaron en la adolescencia cosas tan variopintas como las lecciones de historia que nos daba, allá por el año catapún, en cuarto de bachillerato -lo equivalente a lo que hoy es segundo de la ESO- el padre Balbona. Algunos de aquellos datos, indelebles en mi memoria por el buen hacer del profesor, son fechas, como la derrota de Aníbal en Zama. El jesuita exclamaba con un tono melodramático la frase de Aníbal: ¿Zama, oh Zama!», y luego, con la frialdad de un apuntador teatral, decía 202.

Por supuesto, todos sobreentendíamos que ese 202 que marcaba el final de la expansión cartaginesa por el Mediterráneo era antes de Cristo. Otros datos inolvidables de las clases de Balbona se referían a nombres propios, como la tetralogía de los dioses de Babilonia -Sin, Isthard, In, Samah- memorizados por asociación con la frase «No te vayas de Asturias sin estar en Sama». También recuerdo de sus clases ideas como la concepción pendular de la historia de España, en un oscilar cíclico entre la maxi y la mini, con poquísimos momentos, generalmente los mejores, de la midi. De la «maxifalda» a la minifalda; de lo centrípeto a lo centrífugo. Finalmente, de sus clases me quedaron algunas frases o muletillas como ésta que hoy nos viene al pelo: «fueron por lana y salieron trasquilados».

En todas elecciones siempre hay quienes van por lana y salen trasquilados, pero lo paradójico de las últimas elecciones catalanas, es que se podría sustituir el «y salen», por el intencional «para salir». Tanto el Partido Socialista Catalán como el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero fueron por lana con la intención de salir trasquilados; adelantaron las elecciones para perderlas, sea el que sea el futuro resultado de los pactos del nuevo gobierno en Cataluña. Curioso caso de masoquismo político.

Desde el Gobierno central se impulsó para Cataluña un Estatuto de consecuencias imprevisibles, avalado por un gobierno tripartito deslavazado que estaba presidido por un presidente, Maragall, agónico y cuestionado. Al final, cuando ya el estatuto estaba en vía muerta, salió adelante por la voluntad personal de Rodríguez Zapatero. Presumiblemente, el presidente del Gobierno pactó con CIU la defenestración de Maragall, las elecciones anticipadas y el apoyo al líder de Convergencia para que, si ganaba las elecciones sin mayoría absoluta, formase y presidiese el nuevo gobierno de Cataluña con el apoyo del Partido Socialista de Cataluña.

De las tres opciones futuras de gobierno catalán, la primera y de la que más se habla, que es la reedición del tripartito, con un Partido Socialista debilitado por las urnas, es el camino directo hacia un guirigay seguro. La segunda, un acuerdo entre los nacionalistas de Convergencia y Ezquerra, radicaliza la deriva nacionalista. La tercera, la llamada «socioconvergencia» alentada por Zapatero, lamina al Partido Socialista Catalán. En vez de aclarar un paisaje ya de por sí sobrecargado, tras las elecciones se ha enturbiado más.

La segunda reflexión de las elecciones catalanas gira en torno a la representación parlamentaria de Ciudadanos por Cataluña, un partido no nacionalista, ideológicamente de centro izquierda, y, al que se le augura futuro incluso en comunidades de poco peso nacionalista. El éxito de «Ciudadanos» se debe, además del rechazo al nacionalismo asfixiante, a otro factor que tiene que ver con el hartazgo de los votantes frente a los tres sacralizados partidos -PSOE, PP e IU- de proyección supuestamente nacional, alejados cada vez más de la ciudadanía. En ese sentido, «Ciudadanos» puede llegar a ser una opción no sólo del desencanto, sino contra el desencanto, y el germen de un nuevo partido a caballo entre el antiguo reformismo de Melquiades Álvarez y el moderno partido radical italiano. Para Ciudadanos, Cataluña, Barcelona es el rompeolas de todas las Españas.