Magia de Pérez Azaústre

DIEGO MEDRANO

Decía el fallecido Bolaño una cosa muy graciosa: «Todos los poetas jóvenes son iguales». Nada más lejos de lo real en lo que refiere al caso Joaquín Pérez Azaústre, muy laureado como poeta (Adonais, Loewes, teles, focos, ebriedades); al mismo tiempo que como novelista no he visto otro igual. JPA combina en una misma estructura varias líneas narrativas: la novela de misterio, la novela metaliteraria, la obra que encaja con la anterior y la supera; la obra que es más norteamericana que española y no tiene un solo cáncer. La diferencia, por ejemplo, entre la metaliteratura de Vila-Matas y la de Pérez-Azaústre es cristalina: mientras que en las obras del primero no suele pasar nada o muy poquita cosa (siempre entre el diario y la novela), en la del segundo pasan demasiadas. La conjunción de varios planos narrativas o historias que se cruzan (lo que le pasa al autor, lo que pasa dentro del libro, lo que ha ocurrido hace mucho o no sabemos cuándo) es un puzzle preciosista, certero, mágico, en este tiempo tonto en el que dar en el blanco ya nada cuenta.

Sus dos primeras novelas ('América', 'El gran Felton') están estructuradas en torno a la búsqueda de Robert Felton: autor apócrifo de la generación perdida, acechador de Scott Fitzgerald en París. Si en la primera -'América'- recrea aquellos fascinantes años veinte, los divinos tragos, un bosquejo como no ha habido otro igual de la personalidad y obra de Fitzgerald; en la segunda -'El gran Felton'- todo es bohemia, malas resacas, librerías con tertulias, autores desbocados, prosa ebria, luces del desamparo, amores paralelos, y un encargo que es lubricidad máxima: saber qué fue de Robert Felton, amigo de Fitzgerald y Hemingway.

Joaquín es el autor más serio de cuantos hoy en día escribimos en España con menos de 35 años. Su proyecto no puede ser más burbujeante y exquisito: «la redención máxima de la vida en pos de la literatura». Su mirar es el de los grandes magos: mirada un tanto aturdida, sonámbula, sabia, larga. Sus arañazos en la prosa, su dominio de la ficción, sus novelas rompecabezas y tan divertidas, son la de aquellos partidarios de la felicidad. No es que en la España actual nadie escriba como él, es que escribe como Dios, coño.

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