Los científicos creen que el urogallo de Nieves padece «locura» propia de las poblaciones en peligro de extinción

Desde 2000 se han documentado al menos seis casos similares en distintos puntos de la Cordillera Cantábrica La extraña aproximación de ejemplares de esta especie a pueblos también se produjo en los Alpes y la Selva Negra

L. LÓPEZ RUIZGIJÓN
'EL MANSO'. El urogallo de Nieves, en el concejo de Caso, antes de ser apresado por los guardias de Medio Ambiente. / NOSTI/
'EL MANSO'. El urogallo de Nieves, en el concejo de Caso, antes de ser apresado por los guardias de Medio Ambiente. / NOSTI

Los científicos tienen un término para definir a los urogallos que, como ocurrió esta semana en Caso, se aproximan a las poblaciones y tratan de convivir con los humanos: 'mad cocks' o, en castellano, 'gallos locos'. Porque el extraño caso ocurrido en la localidad casina de Nieves es «bastante habitual dentro de la rareza», dice el biólogo José Ramón Obeso, uno de los científicos que mejor conoce esta especie en peligro de extinción.

El miércoles por la mañana, los vecinos de Nieves se sorprendieron al encontrarse con uno de los pocos urogallos que quedan en el Parque Natural de Redes paseándose tranquilamente por su aldea. Ante la docilidad del animal y su empecinamiento en quedarse en el pueblo, técnicos de Medio Ambiente optaron por capturarlo y devolverlo a una zona sin presencia humana y donde se supone que encontrará a alguno de sus congéneres.

El caso, dice Obeso, no es tan extraño. Desde el año 2000 se han dado, al menos, seis situaciones de este tipo en la Cordillera Cantábrica: uno en la provincia de Lugo, otro en León, y el resto en Asturias (en Somiedo, en el puerto de El Palo, en Lena y este último, en Caso). Unos se subían a los coches, otros entraban en gallineros... Y también se documentaron situaciones de este tipo en «los Alpes, los Pirineos franceses y en la Selva Negra, en Alemania».

¿Qué tienen en común todas estas zonas? «Se trata de un fenómeno propio de poblaciones pequeñas y fragmentadas, donde la especie está en peligro de extinción», dice el biólogo. No es que los animales tomen conciencia de su precaria situación y el pesimismo afecte a su salud mental: los expertos mantienen que los culpables de estos comportamientos son daños neurológicos. En realidad, como todo lo que afecta a esta especie, las cosas no están claras, y los científicos manejan dos hipótesis: la primera apunta a afecciones provocadas por un virus transmitido por garrapatas. Según Obeso, las pequeñas y fragmentadas poblaciones en extinción tienen «una condición fisiológica inadecuada», ya sea por la falta de alimento o por los problemas de salud producidos por la endogamia. En ese estado de debilidad, los virus transmitidos por los parásitos les afectan de un modo mucho más violento que a animales sanos.

La segunda posibilidad es que el extraño comportamiento esté provocado por algo parecido al estrés causado por la soledad, «que se trate de una alteración neurológica surgida en animales que no encuentran a otros ejemplares de su especie». Obeso pone como ejemplo el caso de una hembra que, en plena época de celo, y tras visitar varios cantaderos sin hallar varón, se precipitó a poblaciones humanas en busca de consuelo.

Permanencia en el hábitat

En lo que se refiere al urogallo de Caso, el Principado, en una nota oficial emitida ayer, señala que «durante los próximos días la Guardería de Medio Natural llevará a cabo un seguimiento» del ejemplar en la zona donde fue liberado tras su captura para «constatar su permanencia» en su hábitat natural.

Este fenómeno no tiene que ver con el experimentado en los últimos tiempos por el oso pardo, especie también en peligro de extinción, que viene avistándose con cierta frecuencia en lugares cada vez más próximos a núcleos de población. De hecho, y según las previsiones del Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas), la situación irá a más en los próximos años. En el caso del oso pardo, el comportamiento no viene dado por ninguna tara, sino por la búsqueda de alimentos, en especial de frutas, en zonas humanizadas. La cada vez menor presión de los cazadores furtivos y la concienciación social contribuyen a que los animales hayan perdido miedo a los hombres, señala el presidente del Fapas, Roberto Hartasánchez.