Érik Pérez: «En la montaña todos somos iguales, ministros y pastores»

El guía de montaña en activo más antiguo de los Picos de Europa, comenzó a ejercer el oficio en 1979 y desde entonces, asegura, ha guiado a unas cinco mil personas en distintas partes del mundo

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Érik Pérez, en una imagen reciente. :: E. C.

Érik Pérez Llorente (Avilés, 1959) es el guía de montaña en activo más antiguo de los Picos Europa. Empezó en el oficio en el año 1979 y no piensa retirarse hasta que no pueda subir y bajar el Naranjo de Bulnes desde Pandébano en doce horas. A lo largo de estos años calcula que habrá guiado a unas cinco mil personas diferentes, «desde pastores hasta senadores americanos, políticos de Madrid, sherpas o chavales de Vallecas».

¿Cómo se convirtió en guía de montaña?

Era montañero desde crío. Desde los once años salía a la montaña con uno de mis tíos y después pasé a danzar por allí con amigos o con los grupos de montaña Gorfolí o Ensidesa. Siempre me fascinó el monte y no me dediqué a otro deporte. Comencé a ir a los Alpes a los dieciocho o diecinueve años, veía a los guías de montaña y me pareció una vida muy interesante. Me fascinó la idea romántica de estar todo el día en la montaña y me dije «tengo que hacer algo así». A los veinte me hice el carné de guía que otorgaba el Consejo Superior de Deportes y empecé a practicar el oficio.

¿Había ya guías en Picos de Europa?

Había guías, mucho mayores, de los años 40 y 50, como los hermanos Martínez en el Naranjo y José María Remis en Peña Santa. Tuve la oportunidad de conocerlos al final de su práctica profesional, cuando tenían sesenta o setenta años, y me llamaron mucho la atención.

¿Se encontró con dificultades para vivir de esto?

Muchas. En aquella época, aunque había compañeros que se dedicaban a guiar aún era una dedicación muy romántica, como cualquier comienzo de profesiones poco convencionales. Pero lo importante era aprender, subir al monte, estar con la gente…Eso te permitía vivir modestamente, pero ir tirando. También hay que tener en cuenta que de joven no se tienen las mismas necesidades.

Además de los Picos ha guiado en la Patagonia o el Himalaya…

Tuve mucha suerte porque a finales de los 80 comencé a trabajar con una compañía norteamericana que necesitaba guías para trekking en los Picos. Los conocí durante una expedición en el Perú, me presenté, y como tenían intención de organizar cosas aquí un año después contactaron conmigo. Me dieron mucho trabajo, en los Picos primero y después en muchos sitios por el mundo, principalmente en la Patagonia y el Himalaya, para escalar picos hasta seis mil metros, lo máximo que trabajo. Con los años se convirtió en la principal compañía del mundo en viajes de montaña, y aún cuando traen a gente aquí trabajo con ellos. Una cosa muy interesante es que combinan la escalada con la cultura de la zona a la que van: les gusta ver la cueva de Tito Bustillo y conocer la gastronomía local después de bajar del Torrecerredo.

¿En el Himalaya qué hacía?

Guiar a gente, principalmente americanos, en la base del Everest, los picos cercanos. Y en la Patagonia, las Torres del Paine, el Fitz Roy y el cerro Torre. Son trekkings fáciles, de muchos días, un trabajo muy interesante para un chaval de treinta y pocos que me permitió establecerme como guía y no tener que dedicarme a otras cosas.

¿Cómo es el trabajo de guía?

Los guías que hacemos alta montaña tenemos que conocer las zonas y estar en permanente entrenamiento tanto físico como de conocimiento del medio. Por supuesto, para llegar a serlo tienes que hacer unos cursillos bastante intensos y formarte continuamente; cada cinco años tenemos la obligación de pasar un reciclaje de primeros auxilios, uso de cuerdas, actualización de técnicas de escalada, materiales, etcétera.

¿Ha cambiado mucho la profesión?

Cada día se desarrolla más, está más establecida. Ahora hay muchos más guías. Hace veinte años éramos ocho o diez en los Picos y ahora habrá entre cuarenta y cincuenta que viven del guiaje al menos una temporada del año. Ha cambiado, sin duda, y a mejor. Ahora hay más técnicas, mejor formación; todos somos más conscientes de los riesgos.

Hay más tecnologías.

Sí. Cuando veías antes la previsión del tiempo antes de salir era la del telediario, mientras que hoy en día te lo dan casi al milímetro en la zona del Naranjo, prácticamente cada hora. las previsiones son fabulosas. Con ellas, con las redes sociales o las aplicaciones de los móviles hay mucha más seguridad. Antes, si sufrías un accidente pasaban cinco horas hasta que podías llegar al refugio más cercano y avisar por radioteléfono. Hoy llamas y en una hora el helicóptero está solucionándote el problema, a ti y a tu cliente.

Este año ha habido numerosos accidentes…

Hay que tener en cuenta que sale mucha más gente a la montaña y quizá ahora lo hagan más lanzados. Yo recomiendo que se vaya poco a poco, que aprendan. En el monte no te puedes meter directamente a lo difícil, hay que empezar poco a poco, con caminatas y escaladas muy fáciles. Hablando de alpinismo, por ejemplo, antes de meterme en los Picos empezaría en Ubiña, luego Picos de Europa y ya, por último, los Alpes. No se puede hacer al revés. Es positivo que se haga tanto deporte, pero hay que ser conscientes del peligro.

¿Cuánta gente escala al año, por ejemplo, el Urriellu?

Calculamos que unas tres mil o cuatro mil. Eso no es nada, no es masificación. Lo que ocurre es que hay días en los que no hay nadie y otros en los que hay cien personas a la vez.

«El Urriellu es la montaña ideal. La he subido 333 veces y no me cansa»

Fue uno de los pioneros en guiar al Urriellu…¿Cuántas ascensiones lleva?

333. No me cansa. Me encanta, lo considero la montaña ideal, como el Cervino de los Alpes. Es espectacular, tiene de todo, escalada, trepada…y es muy bonita en forma. Asiduamente hago la cara Sur, la Vía Cepeda y la Vía Pidal, las tres más clásicas que a su vez son asequibles y fáciles de guiar. Para las otras tiene que ser gente muy preparada, supone mucho riesgo para un guía porque hay más posibilidades de sufrir accidentes.

¿Ha sufrido muchos?

He tenido mucha suerte. En toda mi vida he tenido cinco accidentes que nunca ha sido graves. En dos de ellos sacaron a mis clientes en helicóptero. En una vida profesional de casi cuarenta años, haber tenido solo cinco y ninguno más grave que un esguince o rotura de una pierna es ser muy afortunado, aunque me imagino que también influye que he puesto mucho cuidado y la gente ha seguido mis instrucciones.

¿Cuáles son sus zonas predilectas de Asturias?

Tengo cinco montañas favoritas. El Naranjo de Bulnes me parece maravilloso, la Peña Santa (grandísima y encima de los Lagos), el Torrecerredo y el Llambrión son montañas espectaculares que me gusta subir constantemente. Hay semanas que, por afición, lo hago tres o cuatro veces. Me voy por la mañana y subo al Torrecerredo, por la tarde al Llambrión y a casa.

A lo largo de estos años habrá conocido a muchísima gente…

Por los apuntes que tengo, he subido con seiscientas personas solo al Naranjo de Bulnes. En total, habré guiado en grupos a unas cinco mil personas diferentes. Quizá eso haya sido lo mejor de mi trabajo. He guiado desde pastores, hasta sherpas, tibetanos, senadores americanos, políticos de Madrid y chavales de Vallecas. La montaña iguala a la gente. Te pones a caminar, a sudar, y da lo mismo que estés con un ministro o con un pastor: si viene una tormenta nos mojamos todos.