GENTES DEL VERANO CHRISTIAN Y TOVE DUCH PEREGRINOS De Dinamarca a Santiago por Gijón

Christian Duch y su mujer Tove, en Gijón. /
Christian Duch y su mujer Tove, en Gijón.

Militar retirado, este danés acaba de poner rumbo al Obradoiro en bici con su mujer desde el barrio de La Arena

ALEJANDRO CARANTOÑA GIJÓN.

A Christian Duch le gustan los problemas. Resolverlos, se entiende: es casi lo primero que dice la víspera de iniciar el Camino de Santiago, desde Gijón, a sus setenta y cinco años, con un brillo de emoción en la mirada y una profusa planificación que despliega ante sí. De familia emigrante holandesa, este danés ha elegido la ciudad para iniciar, con su mujer, Tove, una semana de periplo ciclista que desembocará en el Obradoiro el lunes de la próxima semana.

Cada año hacen un viaje. París-Canal de La Mancha. París-Niza («cuando éramos más jóvenes»). Y, después de que un buen amigo se hiciese el Camino Francés completo (casi 800 kilómetros andando) decidieron emprender el proyecto de llegar a Santiago. Pero «por el Camino del Norte, que nos han dicho que es mucho más bonito».

Acaban de llegar al barrio de La Arena directos del impronunciable Borreshovedvej, un pueblo «con apenas siete u ocho granjas» y nombre «de príncipe ruso», explica este militar retirado, tras 42 de servicio, que se ocupa de cuidar las fincas. «Y de resolver problemas», repite.

Aquí no va a haber ninguno. La agencia que les ha organizado el viaje, Spain is more, les ha preparado un cuaderno con toda la información necesaria. Duch, haciendo gala de su pasado, lo ha completado con un mapa de cada una de las etapas que van a cubrir, con el número de kilómetros y desnivel. «Yo quería hacerlo entero», explica -se lo ha estudiado, y está entusiasmado por la reciente declaración de Patrimonio Mundial de la Unesco-, «pero mi mujer dice que ya hemos caminado lo suficiente», ríe.

No es la primera vez que vienen a España. Él ya visitó Cataluña a los 21 años, y luego han vuelto al sur y al País Vasco. Pero nunca habían transitado este rincón «igual que Dinamarca», dice extendiendo la palma de la mano bajo el orbayo, sobre el que no hacen más que querer saber. Han leído mucho antes de venir, y por eso quieren ganar tiempo para poder desviarse, meterse en sitios distintos y charlar con la gente. Bombardean a preguntas («apúntame eso de la fabada», pide) y, reconocen, «no hay motivación religiosa detrás». Afirman el acervo «cristiano común», pero ahí acaba todo: esto es un reto «personal» y una «percepción» sobre un pueblo tan llamativo como cercano, tan distante como hermanado. Repite que su amigo les ha contado cosas increíbles, mágicas sobre España, que ya le fascinaba «de los tiempos del ejército». De hecho, conoce nuestra historia reciente a la perfección.

«También sé que tenemos que estar unidos en este mundo hostil», completa al ser preguntado, inevitablemente, por Europa y los europeos. «Yo nací bajo la ocupación de Dinamarca. Odiaba a los alemanes de manera irracional, pero al entrar en el ejército y pasar por la OTAN entendí que teníamos que mantenernos unidos», relata. «Hay cosas más importantes: Europa es una de ellas». Por ejemplo, cuenta pasando el dedo por su mapa, le parece prioritario llegar hasta Santiago y traspasarlo. Llegar a la costa, descubrir que los días son más cortos y «ver desaparecer el sol más allá del horizonte. Así es como alguien se dio cuenta de que la Tierra era redonda», cuenta fascinado. Esta mañana, sobre dos ruedas, ha empezado el Camino.