«Lo bueno siempre es la gente»

Jorge Noval, frente a la Basilica del Pilar en Recoleta, Buenos Aires/
Jorge Noval, frente a la Basilica del Pilar en Recoleta, Buenos Aires

El diplomático poleso Jorge Noval ejerce como cónsul adjunto en Buenos Aires | «Lo mejor de este trabajo son las relaciones humanas y que te abre los ojos al mundo»

M. F. ANTUÑA

Cada cuatro años toca mudanza. No queda otra. Pero a Jorge Noval, aunque le cuesta, no le pesa. Vive la vida que quiere vivir. Porque hay cosas que el dinero no puede pagar y que compensan penalidades, papeleos, fríos intensos... Cada año, esté donde esté, recibe el día de su cumpleaños flores, una llamada y fotos de una niña adoptada en Ucrania que crece feliz en España. Fue la de aquella chiquilla una adopción difícil, larga, complicada. Él estuvo allí y esa familia no lo olvida. «Lo mejor de este trabajo son las relaciones humanas y que te abre los ojos al mundo», confiesa este poleso cosecha de 1971 que siempre quiso ser diplomático. Ahora ejerce como cónsul adjunto en Buenos Aires; antes estuvo en Ucrania, Venezuela y Angola. Dentro de dos años volverá a hacer las maletas. No sabe adónde; quizá a algún lugar de Asia. «Mi madre dice que tenemos (su hermano es piloto de Qatar Airways) alma de zíngaros, nos criaron así de correderos», bromea.

Estudió Derecho en Oviedo y Toulouse, opositó a la Carrera Diplomática y tras unos años en España comenzó su periplo por el mundo en Ucrania. Allí aprendió no solo ruso -también habla francés, inglés y portugués- por necesidades del guion sino también a «disfrutar del frío». Tal cual. Porque, «aunque ahora me costaría tener que volver a desenterrar mi coche cada mañana de la nieve», una de las enseñanzas que se llevó de uno de los embajadores con los que trabajó es que de nada sirve obsesionarse con lo malo, con lo que no te gusta, que conviene enfocarse en lo bueno. «Y lo bueno siempre es la gente».

Así que si hay que pagar el peaje de la mudanza cada cuatro años, se paga, porque ha tenido oportunidad de vivir experiencias únicas, porque disfrutó de un país tan increíble como Venezuela al que hoy mira con cierto dolor ante la difícil situación que está atravesando, porque supo de la dureza y de las bondades de África. «Este trabajo te hace ser más razonable y comprensivo con cómo se hacen las cosas, con las pecularidades de cada país, te enseña a ser paciente y también a valorar lo que tenemos en España, que somos muy críticos, pero en España las cosas funcionan», apunta.

Ha pasado sus tragos. Más allá del papeleo inmenso, le ha tocado hacer frente a levantamientos de cadáveres, repatriaciones, atención a detenidos y presos, emergencias consulares... Y muchas veces falta compresión del otro, que espera que el cónsul sea una suerte de súper hombre capaz de resolver todos los entuertos. Pero no: «A veces es frustrante, porque la gente siempre piensa que nunca hacemos lo suficiente». Hay una imagen errónea en términos generales sobre el trabajo de los diplomáticos. Nada que ver el que se ejecuta en una embajada -de índole más político- con el de un consulado -dirigido al ciudadano- y en ningún caso nada que ver con los anuncios de Ferrero Rocher y las películas. Porque sí, también forma parte del trabajo asistir a cócteles, «pero siempre son aburridos».

Ahora está en su destino soñado: Buenos Aires. Su madre creció y vivió toda su juventud en Argentina y es un lugar muy especial para él. Acaba el invierno -lo celebró cocinando una fabada en casa para los compañeros de la legación diplomática, porque en su maleta nunca falta el kit- y llega el buen tiempo a una ciudad que es un cóctel explosivo y maravilloso: un poquito europea, muy latinoamericana, con sabor a París y a Madrid. Él feliz. Sabiendo que pronto le tocará meter todo lo que ahora está en su casa en un contenedor rumbo a lo desconocido. Y contento, aunque no haya aprendido a bailar el tango: «Tengo dos pies izquierdos, me gusta y lo aprecio, pero precisamente por eso prefiero no practicarlo».

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