«Me encantaría viajar a África en la prehistoria»

Marco de la Rasilla elige el área de La Providencia, en Gijón, porque le gustan las zonas de merenderos y porque para alguien de secano «el mar tiene atractivo». / JOAQUÍN PAÑEDA
Marco de la Rasilla elige el área de La Providencia, en Gijón, porque le gustan las zonas de merenderos y porque para alguien de secano «el mar tiene atractivo». / JOAQUÍN PAÑEDA

»Marco de la Rasilla llegó hace 37 años a Asturias y desde entonces vive en un ir y venir constante | Nómada por decisión propia y por genética, el investigador de El Sidrón no piensa jubilarse hasta llegar a los 70. «Soy feliz, me gusta lo que hago

M. F. ANTUÑA

Lo de Marco de la Rasilla (1957) es un viaje infinito en el espacio y en el tiempo. Literalmente. Este madrileño digno hijo de su padre (un hombre viajero, intelectual, filósofo, inquieto a más no poder que en 1963 llegó al Polo Norte en Vespa entre otras hazañas) tuvo clarísimo desde muy pronto que lo suyo era la historia, excavar para saber más. Y, con esos mimbres, con una licenciatura en la Complutense y un doctorado en el solutrense en ciernes, dejó el madrileño barrio de La Guindalera rumbo a Oviedo para dar clases como 'penene' (profesor no numerario) en la Universidad asturiana. Y hasta hoy, 37 años después, en los que ha tenido doble vida y doble casa. En Madrid está la una, donde vive Alicia, su mujer, que trabaja en el Museo Arqueológico, y donde crecieron Pablo y Ana, sus hijos, y la otra en Gijón. «¿Que cómo se lleva? Yendo y viniendo, no te lo planteas, si te lo planteas igual acabas en el psiquiátrico», dice este hombre con un humor a prueba de bomba, con la risa facilona y que no tiene ni un asomo de queja. «Me habré hecho millones de kilómetros, y de todas las maneras, en tren, en autobús, en avión, en coche, la A-6 me la sé entera», ríe.

Pero como le apasiona su trabajo, como Asturias le entusiasma, como aquí se come y se bebe bien y él no niega el gusto por ambos placeres -«esto no lo pongas, pero en algunos sitios me dejan entrar en la cocina»-, ni siquiera tiene prisa por jubilarse. «Espero llegar hasta los setenta, soy feliz, me gusta lo que hago». Y en cuanto llegue esa fecha, el plan con su mujer es seguir con la doble vida: vivir un tiempo aquí y otro allá, jugando con los fríos, con los calores y con las apetencias de cada momento.

Puede que ese espíritu nómada le venga en los genes a este mil leches (orígenes paternos en Cantabria y valencianos, extremeños y catalanes por la vía materna) hijo único que heredó todas las inquietudes de un padre que ya cuando tenía ocho años se lo llevó de viaje a Grecia y a Italia, que con doce le metió en un avión rumbo a Nueva York y le puso a transitar todo EE UU en coche y que con trece no tuvo reparos en dejarle en una excavación en una villa romana en la provincia de Cuenca para que comenzara a curtirse como arqueólogo. «Mi padre, que se enrollaba como las persianas, se puso a hablar con un señor que estaba allí excavando y le preguntó si me podía quedar, y me quedé una semana, no hice otra cosa que llevar carretillas, pero fue muy interesante, dormíamos allí, en tiendas», rememora. Esa fue la primera misión arqueológica para este experto en prehistoria. Ya como estudiante empezó a excavar y con 23 años dirigió su primer proyecto. El destino estaba escrito, aunque por aquel entonces aún no imaginaba que acabaría en Asturias, al lado de Javier Fortea, y liderando uno de los grandes proyectos de este país: El Sidrón. Otro lugar en los mundos particulares y siempre mágicos de De la Rasilla. «En arqueología no sabes nunca lo que puede ocurrir cuando excavas y lo que pasó en El Sidrón no es frecuente», relata. Aunque ser conscientes de la grandeza de la información que aportaba la cueva asturiana llevó tiempo: «Ha sido una cosa progresiva, primero siete individuos, luego nueve, luego trece... Pero nos lo hemos currado mucho, ahí hay mucho cerebro de mucha gente y muchas ganas de hacer las cosas bien».

Ha dormido en parques de Interraíl por Europa, conoció el Berlín anterior a la caída del Muro, caminó las calles siempre cargadas de historia de Jerusalén con un su mujer embarazada, se ha dejado enamorar por Grecia, por Venecia, por Perú, por las bellezas de Marruecos, y aún tiene un sinfín de lugares pendientes en los que sellar su pasaporte. Australia es uno de ellos.

Pero quien tanto ama la historia, si pudiera poner a funcionar la máquina del tiempo, tiene claro cuál sería su lugar: «Me encantaría ir a África en la prehistoria para ver cómo funcionaba aquello. ¡Madre mía, si pudiera!».