La Fiscalía del Principado archiva todas las denuncias por casos de niños robados

Beatriz Valdés Sobrecueva conserva un documento que ubica los restos de la que podría ser su hermana en el cementerio ovetense de El Salvador. Ella acudió para comprobarlo, pero le dijeron que nadie sabía dónde estaban. / XUAN CUETO
Beatriz Valdés Sobrecueva conserva un documento que ubica los restos de la que podría ser su hermana en el cementerio ovetense de El Salvador. Ella acudió para comprobarlo, pero le dijeron que nadie sabía dónde estaban. / XUAN CUETO

Las 24 investigaciones han sido cerradas y las familias buscan nuevas vías para «que se haga justicia» | «Hay historias tremendas, de verdadero pánico, pero ha pasado mucho tiempo y dejaron poco rastro documental», sostiene el abogado Eladio Rico

AZAHARA VILLACORTA ARRIONDAS.

«Somos siete hermanos, pero fuimos ocho». Beatriz Valdés Sobrecueva (bióloga, 45 años) lleva mucho tiempo repitiendo la misma frase como un mantra cargado de impotencia, pena y rabia. Porque esta profesora interina de Cangas de Onís tiene clavado dentro «un dolor enorme»: el de no saber qué fue del bebé al que su madre dio a luz en el ovetense Sanatorio Blanco el 14 de enero de 1972. Su hermano o hermana. Porque ni siquiera eso está claro.

Tras tener a sus primeros tres hijos en su casa de Ribadesella, donde por entonces vivía la familia, algo comenzó a ir mal en el cuarto embarazo de Covadonga Sobrecueva. «Mi madre tuvo la rubeola, así que, como era un embarazo de riesgo, le recomendaron ir a Oviedo a hacer el seguimiento, que ya tuvo varias cosas raras y que concluyó cuando, a punto de llegar a término, en una de esas revisiones ordinarias, el doctor Blanco le preguntó si tenía familia en la capital. Ella dijo que sí, que a una prima, a lo que el médico le respondió que, en vez de volver a Ribadadesella, fuese a quedarse en su casa y que se tomase unas pastillas». Ese mismo día, Covadonga dio a luz a un bebé al que «se llevaron en seguida. Le dijeron que era una niña y que había nacido con muy poco peso, así que había que meterla en la incubadora del Hospital General. Pero ella seguía sintiéndose mal y, a los pocos minutos, se puso otra vez de parto y nacía un segundo bebé: mi hermano Javi».

Covadonga Sobrecueva y Pepe Valdés habían tenido gemelos, dos niños, piensa hoy la familia. Porque, «según siempre ha contado ella, que hoy ha cumplido 72 años, solo hubo una placenta, luego no podría ser una niña. Pero en el sanatorio les dijeron que era una niña que tenía que quedar ingresada y así la inscribieron en el registro, con el nombre de Beatriz, aunque la verdad es que nunca llegaron a verla sin ropa».

Y, de nuevo, siguiendo indicaciones, volvieron a Ribadesella. «Pero ese mismo día llamaron diciendo que la niña había muerto». Un calvario que se convirtió en pesadilla cuando Pepe regresó a Oviedo a recoger los restos de su hija. «Le enseñaron el cadáver de una recién nacida que había en un cajón de una nevera y le dijeron que no se la podía llevar porque le tenían que hacer la autopsia. Él insistió, pero la respuesta fue que ellos se ocupaban de todo». Pepe llegó a casa destrozado y sin el cuerpo de la pequeña, «deseando olvidar».

Después, Covadonga tendría otros tres hijos más (Beatriz nacería un año y once meses después y le pondrían el nombre de su hermana fallecida) y la vida siguió. Hasta que, viendo la tele, empezaron a escuchar casos que eran «calcados» al suyo. El escándalo de los niños robados había estallado: una trama organizada de médicos, monjas, curas y distintos intermediarios que arrebataron cientos de recién nacidos a sus madres entre la guerra civil y bien entrados los años noventa y traficaron con ellos en toda España e incluso en el extranjero.

Los afectados se estructuraron en varias organizaciones y, en Asturias, las sospechas de madres, padres, hermanos y hermanas que buscaban a los suyos, desaparecidos dejando un rastro confuso hace 35, 40, 57 años, tomaron forma de 25 denuncias ante la Fiscalía Superior del Principado. Una de ellas fue remitida a León y el resto, como la de la familia Valdés Sobrecueva, fueron archivadas «con bastante premura», como han denunciado las asociaciones, que piden que se investiguen de nuevo todos esos casos. «Es algo sospechoso cuando sabemos que detrás hay gente gorda».

Todos ellos confiaban que con el fallecimiento de Gerardo Herrero y la llegada de Esther Fernández a la Fiscalía sus denuncias cobrasen un nuevo impulso. En vano. Y es que, como explica el abogado Eladio Rico -que ha llevado algunos de los casos- «hay historias tremendas, de verdadero pánico, aunque las investigaciones son difíciles de abordar por varias razones. En primer lugar, porque ha pasado bastante tiempo y es complicado encontrar pruebas, además de que algunos de los implicados han muerto y otros casos pueden haber prescrito. Y, en segundo lugar, porque las estructuras que había montadas, en las que estaban implicadas desde personas de la Administración hasta la Iglesia, se cuidaban muy mucho de dejar rastro documental».

Pero, a pesar de los golpes morales al comprobar cómo, una tras otra, sus esperanzas de encontrarlos por la vía legal se desvanecían, muchas familias no se rinden y buscan nuevas vías para «que se haga justicia». Caminos como la llamada 'Querella argentina contra los crímenes del franquismo', una causa que investiga desde Buenos Aires los crímenes de lesa humanidad de la dictadura.

«Sin ayuda alguna del Estado cuando esta debería ser una lucha de toda la sociedad y de los poderes públicos», a ella acudirá Beatriz Valdés Sobrecueva, que no ha parado de buscar «al gemelo de Javi» por más que a veces sufra «el agotamiento» de ver cerrarse puertas. Sobre todo, por su madre. «Ella vive con la esperanza de encontrarlo. Lo veo en su cara y en su mirada perdida cada vez que charlamos sobre ello. Porque no me puedo imaginar lo tremendamente doloroso que puede ser pensar que te han robado a un hijo y nada me gustaría más que decirle: 'Mamá, mira a quién te traigo'. Mi padre, directamente, no soporta hablar del tema, pero nos falta uno y queremos decirle que aquí tiene su sitio». Que son siete, pero siguen siendo ocho.