Camín, el poeta que aún florece

Alfonso Camín, el Poeta Asturiano que cantó a Macorina -«¡ponme la mano aquí»- y a la España vencida del 37, murió hace hoy treinta y seis años, en su Porceyo natal del que había partido, siendo apenas un adolescente, hacia la Cuba que llegó a sentir, sin olvidar nunca a Asturias, como propia

Camín, el poeta que aún florece
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

El día en que murió Alfonso Camín, el cielo de Asturias se ensombreció y, como si las nubes hubieran contenido todos los arrestos de la ira por su partida, descargó tormenta y relámpago; ventolera y frío polar. Ahí está, para demostrarlo, la foto de portada de EL COMERCIO: la sotana del capellán retorcida por el temporal; los hombres portando, a duras penas, el féretro que contenía los restos mortales del Poeta de Asturias. Así, con mayúsculas y artículo determinado.

Escribir cantando para dentro

Noventa y dos años corvaban la osamenta de Camín cuando murió, el doce de diciembre de 1982, en su casa de Porceyo. Había venido al mundo en La Peñuca, en Roces, en 1890, destinado a convertirse en el poeta que mejor glosaría las bellezas y las dichas y desdichas de una Asturias en la que, sin embargo, vivió -que no es el mismo verbo que «conocer»- poco: sus trece primeros años de vida y, salvo visitas ocasionales hasta el 37, el año en que se perdió la guerra, los últimos quince. «Nos dijo Atanasio Rivero que Alfonso Camín fue cantero», publicó, en febrero de 1932, «El Diario de la Marina», uno de los primeros en los que publicaría sus versos tras emigrar a Cuba. «No es posible. Alfonso Camín no es cantero, es un formidable escultor que trabaja el mármol de la poesía con el cincel del verso, golpeado cada vez con entusiasmo más violento y encendido».

El piropo no era baladí. Por aquel entonces, cuando «El Diario de la Marina» le comparó con un artesano marmolista, Camín superaba ya los cuarenta años y era un reconocido poeta al que, sin embargo, algunos ponían en entredicho por sus últimas obras. «Carey», por muchos años considerada menos relevante que su primer libro, el puramente modernista «Adelfas» (1913), fue precedida por «Carteles» (1926), la primera obra donde el gijonés trazó los primeros versos de la poesía antillana pensada «cantando para dentro». Era la primera vez que un poeta escribía colocando a los negros y a los mulatos en el centro de su obra. «Negra, carbón celeste, carne de tamarindo». Son versos del «Elogio a la negra», la primera de las que Camín llamó «Escenas criollas» y que, posteriormente, serían consideradas como las primeras composiciones de la Poesía Afrocubana o Poesía Negra. Y en estas llegó Macorina, «ponme la mano aquí».

Ponme la mano aquí, Macorina

Se llamaba María Calvo, tenía dos años menos que Camín y, a diferencia de la primera cubana -«Negra que no explotaste la virtud / ni has puesto en venta el corazón»- a la que glosó el de Porceyo, vendía su cuerpo en los mejores salones de señoritas de La Habana, la ciudad de la que se hizo dueña y señora y que recorrió, a partir de 1917, a bordo de un espectacular convertible rojo. Haciendo Historia: fue la primera mujer que tuvo permiso de conducir en la capital cubana entre escándalo y escándalo -la condenó la Audiencia de lo Criminal de La Habana a cuatro años de prisión «por viciosa»-.

Y por ella, bajo el sobrenombre del que la prostituta siempre renegó, escribió los hoy universalmente conocidos versos el asturiano: «Tus pies dejaban la estera / y se escapaba tu saya, / buscando la guardarraya…» En 1950, Chavela Vargas, lesbiana reconocida, encontró a Camín en La Habana e hizo suyos los versos. Aquel «ponme la mano aquí, Macorina» cobró, entonces, un nuevo y erótico sentido -aunque nunca había tenido otro más que ese-, y fue un puñetazo al puritanismo de mitad de siglo que Chavela se bebía en cada botella de vino y se fumaba en cada puro; y que a Camín, discreto y embozado en su eterna combinación de capa, bastón y chambergo, también le daba bastante igual.

De «El Valle Negro» al regreso

«La mejor obra de Alfonso Camín», aseguró, recién llegados a El Musel tras treinta años de ausencia, Rosario Armesto, «está escrita en los últimos treinta años». Corría 1967 cuando Camín, por entonces ya casado con la incombustible castellana que fue la única, diría Juan Antonio Cabezas en 1981, que consiguió «embridar el temple indómito del poeta astur», quiso regresar a Asturias a morir. Tenía setenta y siete años y un hermano menor en Porceyo, Corsino, que apenas si recordaba al insigne «fíu» mayor de Manuel y Maximina, pero del que conocía, punto por punto, su bibliografía. La misma en la que, en los periódicos de la época, se obviaba la carnal poesía negra de «Carey» y las convicciones izquierdistas que Camín, al que pilló la guerra volviendo -como siempre- a Asturias desde Madrid, había manifestado en los tiempos de la contienda.

Camín, se decía, había reflejado como nadie la belleza de los valles asturianos, pero lo que se olvidaba entonces, y a sabiendas, era que también cantó a la bravura de los mineros insurrectos en el 34, contra la clerigalla - «Graznan los cuervos ignacianos, / ¡graf, graf! / Y los generales reumáticos / y la vieja moral doméstica / y la podredumbre monárquica…»-; en recuerdo de la España vencida -«Sola tú, sola con la entraña fuera, / sola en el centro, sola en tus orillas / Sola tú con tu cielo y con tu historia / Sola con tu razón y tu bandera»-; y, con evidente sorna, calificando también a Franco como de «voz de segunda tiple, cerebro en telarañas / bufón que en sus tacones se yergue y desgañita».

No hacía mal la fiel Rosario en omitir títulos. Bastante mal lo irían a pasar ya, tras su apoteósica bienvenida gijonesa al bajarse del transatlántico Covadonga el 25 de septiembre del 67. Camín, que dejó claro, a lo primero, recién pisada de vuelta su añorada tierra gijonesa, su pesar por la muerte de Adeflor, insigne escribiente y director histórico de EL COMERCIO mejor considerado por el régimen que él mismo, tuvo que abandonar -por suerte temporalmente- Asturias en noviembre de aquel mismo año, censurado por los graves informes de la Político Social. Aunque para los asturianos de a pie Camín era, por méritos propios, su poeta, para los estrictos observantes políticos era un «furibundo desafecto al Régimen y al jefe de Estado». Él tampoco lo negó nunca.

Florecer sin tierra

Pero nadie podría negar jamás a Camín los honores que merecía. Si su llegada a Gijón, en el 67, lo fue con honores, también lo sería, en 1969, la precipitada -por lo controvertido en lo político, que no en lo lírico- velada en el Capitol de Mieres que se dedicó al poeta; y la rehabilitación de su obra que hoy debemos agradecer a un por entonces jovencísimo Albino Suárez. Anciano y pobre, ajeno a lo canónico de la Academia y de una Universidad que siempre marcó distancias con aquel poeta al que, sin embargo, el pueblo quería como a ningún otro, solo recibió reconocimiento oficial en 1981, cuando se le nombró Poeta de Asturias e Hijo Predilecto y se estableció, para su sustento, una pensión vitalicia que apenas si llegó a necesitar. Murió tal día como hoy, acompañado de su esposa Rosario, que le seguiría menos de un año después. Aquel día, como decía, se ensombreció el cielo. No podía ser menos para despedir al Poeta. Sobre su féretro, antes de que lo cubriera la tierra de su Porceyo, se deshizo una hoja de papel manchada de la tinta, disuelta por la lluvia de diciembre, que había formado las letras de uno de sus poemas.

No necesitan, los buenos líricos, nada más que sus versos y la raíz que los alimenta. «Si soy el roble con el viento en guerra», había escrito en su día Camín, el poeta indiano, «¿cómo viví con la raíz ausente? / ¿Cómo se puede florecer sin tierra?». Treinta y seis años después, en suelo asturiano, florece aún el poeta.

 

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