Cantos de amor y guerra: vida y muerte de Gaspar García Laviana

Este 11 de diciembre se cumplen 40 años de la caída en combate del asturiano Gaspar García Laviana. Hoy, calles, placas o instituciones llevan su nombre y también muchos asturianos y asturianas recuerdan su figura. Edén Pastora, compañero suyo, afirmaba: <<entre los tesoros que costó la libertad de Nicaragua, está la muerte de Gaspar García>>. Esta es su historia

Cantos de amor y guerra: vida y muerte de Gaspar García Laviana
ALEJANDRO FERNÁNDEZ

«Hermanos, les quiero comunicar una noticia dolorosa: el Comandante Martín, Gaspar García Laviana, el cura sandinista, cayó en combate hace unas pocas horas. Sin embargo, no es el momento de llorarlo. Hoy más que nunca tenemos que seguir el ejemplo heroico de nuestros mártires. ¡Adelante!«. Así, con esta fórmula que transita entre la muerte y la esperanza, anunciaron las tropas del Frente Sandinista de Liberación Nacional la caída de su compañero Gaspar García Laviana. El 11 de diciembre de 1978. Un encuentro casual con la Guardia Nacional acabó con la vida de este sacerdote, poeta y revolucionario que había llegado a Nicaragua con sus cantos de amor y que terminó decidido a entonar también los de guerra.

Infancia en la cuenca del Nalón

Humo, castilletes, acero y carbón. Elementos comunes a todos los niños que crecieron en este valle. La mina, cruel sustento de la comarca, hizo las veces de madre: alimentó y vio crecer a su vera a todos los rapaces de aquellos años. Y, como una madre, marcó también la vida y las ideas de los que entre sus paisajes medraron. Como a los demás niños de Tuilla y Roces, aldeas en las que Gaspar ocupó su infancia y adolescencia, el ambiente minero le imprimió el ideal de justicia social y le otorgó una sensibilidad y un contacto con el mundo del trabajo que serán decisivos para él. Sus padres, Silverio y Queta, vieron en el seminario la forma de que el «rapaz» nunca saliera a hombros de sus compañeros tras algún accidente en el pozo. Estudiar, casi daba igual el qué, era una forma más o menos extendida para no tener que jugarse la vida cada día.

Animado por sus padres, Gaspar inicia sus estudios de seminarista en Valladolid. Simpático, inteligente, gracioso, tierno; se muestra ya en esta etapa como una persona carismática y alegre y así se mantendrá hasta el final. Termina los cursos en la capital castellana y se traslada junto con algunos amigos al seminario de Logroño, donde toma una decisión que da la medida de su carácter: no se limita a dar catequesis a los niños y las niñas de la parroquia, sino que comienza a trabajar con grupos de obreros. Se acerca de esta forma al mundo del trabajo en un periodo en el que se iniciaba cierta sensibilidad social de la iglesia. Gaspar, junto con otros, fue partícipe de esa apertura.

Los años de Madrid

De Logroño a la parroquia de San Federico, en Madrid. La forma de ser de García Laviana hace que en unos pocos meses se haya ganado el respeto y el cariño de los vecinos. «Lo conocí como a un amigo, hasta que otro de los que estaba allí dijo: padre Gaspar. Yo no me había podido imaginar que se vistiera y actuara así». En este barrio trabaja con una juventud que comienza a verse afectada por el consumo de drogas. Con su empatía natural, armado de paciencia, se arrimaba a los parques donde se consumía, trataba de hablar día a día con los jóvenes, que a los dos o tres minutos lo dejaban allí solo. Incapaz de sentir indiferencia, la sentía como «el dolor ajeno/ pasa por nosotros/ sin calarnos dentro».

Primeros años en Nicaragua

«Un buen día nos llegó a tiempo completo Gaspar / de Asturias el misionero/ que araba sobre la mar» Así recuerda el cantautor Carlos Mejía Godoy al sacerdote asturiano, con el que compartió amistad y militancia sandinista.

Mientras desarrollaba su labor sacerdotal en Madrid, llegó a su parroquia la petición: faltan curas en Nicaragua. «Cuando en mi orden, la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, pidieron voluntarios para venir a Nicaragua, yo me levanté el primero» Con esa decisión, firme desde el principio, llegará a la isla.

La realidad nicaragüense golpea a Gaspar desde los primeros momentos. La pobreza, el analfabetismo, la corrupción, la falta de libertades y la prostitución infantil transforman, pasados los años, al cura y al poeta en guerrillero. Tuvo duros enfrentamientos con las autoridades locales por intentar acabar con la prostitución de niñas y adolescentes, a las que veía como «Rosas jóvenes, negras/ piel gastada por el roce/ como cigarrillos apagados/ en boca de borrachos». Del dolor que sintió en aquella Nicaragua nos hablan poemas como este: «me hieren tus mortajas prematuras de hambre serena/ me hieren tus huesos entubados en pieles sedientas/ me hieren tus ojos humillados hendiendo la tierra/ me hieren tu duro trabajo y tus malas cosechas/ me hieren tu ignorancia y tu eterna tristeza/ me hieren tus plantas desnudas cuando pisan las piedras/ todo tu yo me hiere campesino, sobre todo tu impotencia». Pasa mucho tiempo intentando transformar el país con la palabra: funda escuelas, prepara programas de alfabetización y trabaja con los campesinos pobres de la comunidad de San Juan del Sur, cerca de Granada. Él mismo resumía la situación: «Todos analfabetos, sin escuelas, sin comida, sin casas, sin nada, vamos». Durante cuatro largos años recorrió las oficinas del gobierno, buscó la financiación y la ayuda necesaria. Cuatro años de esfuerzos baldíos, tirados a la basura. Todo lo que se sacaba adelante era por su propia voluntad. Más tarde, la petición del reparto de tierras a los campesinos y la difusión de la cultura le generó, como tantas otras veces en la historia, la antipatía del poder. El somocismo comienza a hostigar y perseguir a un cura incómodo con el régimen.

Matar a Somoza: «Nuestra idea consistía en que el mal era Somoza y, por tanto, había que eliminarlo»

Transcurrido todo este tiempo entiende y asume que nada puede cambiar de manera pacífica. Junto con algunos maestros y compañeros planea, en 1973, matar al dictador. Somoza tenía una casa en San Juan del Sur a la que asistía regularmente, cada quince días, más o menos. El grupo de Gaspar lo tiene controlado y encuentran una manera de saltar la vigilancia: unas viejas alcantarillas les permitirían entrar, poner una bomba y activarla a distancia. Entienden, finalmente, que de nada serviría eliminar a una sola persona. Nada cambiaría.

El paso al FSLN

Llegado a este momento de su vida debe reflexionar sobre el uso de la violencia. A él, un sacerdote con una formación pacífica, le provoca enormes dudas y un hondo sufrimiento personal. «Me planteé el ya antiguo problema teológico-moral: ¿Es lícito matar al tirano? La respuesta era sí, no había más remedio, era por el bien de toda la comunidad. (…) Hay que ser consecuentes con las ideas. El bien de muchos justificaba el que este hombre desapareciera». Gaspar da los primeros pasos en la clandestinidad, llevando comunicaciones, temas de propaganda y organizando pequeños actos. Paulatinamente el compromiso va creciendo al mismo ritmo que lo hace la guerrilla, hasta que se ve totalmente inmerso en el organigrama sandinista. Las autoridades de la dictadura aprietan más su persecución y, a finales de 1977, Gaspar vuelve a España tras escapar, por poco, a Guatemala. Aquí duda algún tiempo, consciente de que la vuelta a Nicaragua supone ya un paso más en la lucha armada y que, tomada la decisión, no habría vuelta atrás. Reúne a familiares y amigos y así se lo comunica.

«Yo tiro a matar, desde luego»

Así respondía, en 1978, a la pregunta «¿Has matado alguna vez?», formulada en una entrevista para la revista Interviú. Integrado ya plenamente en la guerrilla, comienza a combatir en febrero de 1978, en el frente de Rivas y, tras las primeras entradas en combate, lo ponen a dirigir una columna en el Frente Sur. Durante ese año la lucha continúa y Gaspar se muestra optimista: «Esperamos que la Guardia Nacional se enfrente con nosotros, que venga con sus tanques, con sus Sherman. Los barreremos antes de que acabe este año». Gaspar García Laviana no verá, por escasos meses, el triunfo del Frente Sandinista. Muere en diciembre de 1978 en una escaramuza con la Guardia Nacional. Fue en todo momento consciente de los riesgos asumidos y fue coherente con su decisión. Sus versos dejan constancia de ello: «a morir/ a morir guerrillero/ que para subir al cielo/ hay que morir primero».

 

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