Arte en el abismo de la Tierra

En 1968, diez jóvenes contemplaron, por primera vez en milenios, las pinturas rupestres de una cueva que ojalá jamás hubiera tenido que llamarse Tito Bustillo

Arte en el abismo de la Tierra
ARANTZA MARGOLLES

Jueves Santo, año 1968. En las profundidades de la tierra, allá donde nadie se había atrevido a bajar en miles de años, diez jóvenes descansan. Son Amparo Izquierdo, Pilar González, Adolfo Inda, Jesús Manuel F. Málvarez, Ruperto Álvarez, Pía Posada, Fernando López, Elías Pedro Ramos y los hermanos Eloísa y Celestino Fernández, a quien sus compañeros conocen por el diminutivo y el segundo apellido: Tito Bustillo. Han bajado a la cueva de La Cerezal con la inconsciencia (¿o valentía?) de los pocos años -el mayor de todos ellos, Ruperto, tiene veintidós- y desoyendo el consejo de los riosellanos viejos que, ese día, antes de bajar a la sima, se han ido cruzando. «Nun bajéis», les sentencia uno. «¡Aquello tá mui profundu!»

Y lo está, lo está. Los diez jóvenes, alguno hasta adolescente, saben que hay una sima que rompe la roca madre hasta penetrar en lo más profundo de la tierra, allá donde la oscuridad se apropia de todo y el frío hiela los huesos de quien se atreva y pueda bajar. Pero no lo que la oquedad esconde más allá, a cien metros bajo el nivel del suelo. Puede que nada, piensa Ruperto, que es el primero en salvar los primeros metros de descenso, asegurado por las cuerdas. O puede que todo. Son treinta metros de caída, otros tantos de paso por una estrechísima «gatera» y, de nuevo, treinta y tantos de bajada, esta vez más suave. Y luego, el agua. La más pura. El descenso parecía a los infiernos, pero se han encontrado con lo que, en aquellos momentos, se asemeja al paraíso. En una sala enorme, iluminada apenas por los destellos de las lámparas de carburo del grupo, una fuente les proporciona agua clara en la que pueden limpiarse, frente a la que se sientan a descansar. Todos, menos Adolfo, que desaparece un minuto. Dos minutos. Tres. Y empieza a gritar. «¡Subid, que aquí hay pinturas!» Treinta mil años después, los dibujos del Camarín de las Vulvas volvían a ser contemplados por el ser humano.

No lo sabían, pero aquellos chavales -casi todos pertenecientes al grupo de montaña Torreblanca- acababan de redescubrir para la humanidad uno de los más importantes conjuntos de arte paleolítico en el mundo. «Muestras de arte rupestre en Ribadesella», publicó entonces EL COMERCIO en su página 14. «Descubiertas por unos jóvenes espeleólogos». La noticia, que el grupo había hecho saber, nada más abandonar la cueva, al por entonces -porque después sería el más paradigmático, y longevo, guía de aquel lugar- policía municipal Aurelio Capín, había corrido como la pólvora. Primero fueron las vulvas, la inmortalización del momento a un 'clic' de la Kodak Instamatic del equipo y después, al alumbrón de la lámpara de carburo de Tito mientras este se afanaba en prenderla, la sensacional cabeza de caballo que, bocetada con apenas cuatro trazos geniales, se recorta desde hace miles de años sobre una cueva que ha cambiado más en los últimos cincuenta años que en los muchos milenios previos.

Empezando por el nombre. Porque menos de tres semanas después del hallazgo, cuando la cueva riosellana ya estaba en boca de los periodistas y los prehistoriadores de media Europa -hasta aquí se allegó, incluso, un equipo del 'Paris Match'-, el primero de mayo de 1968, un trágico accidente a la entrada de la cueva La Canal, en las faldas del Picu Gorrión, en Villaorille, Quirós, acabó con la vida de uno de aquellos chavales que cambiaron la forma con la que se escribía el nombre de Asturias en los libros de historia. Celestino 'Tito' Bustillo tenía dieciocho años el día de su muerte, pero su nombre estaba predestinado a hacerse eterno: la cueva fue renombrada en su memoria. Un reconocimiento merecido y apropiado, no como todas las decisiones que se han venido tomando, desde entonces, en torno a nuestro 'museo paleolítico' más universal.

Hoy, Tito Bustillo adolece de lo que muchas otras cuevas con arte rupestre que, musealizadas en tiempos en los que no se tomaban tanto en cuenta las decisiones más científicas -¿dirán lo mismo de nosotros quienes, dentro de unas décadas, nos sucedan?-, han sufrido un deterioro más rápido en la última gota de lluvia del pasado reciente que en todo el diluvio ancestral. En 1970, para abrir el túnel por el que hoy se accede a la entrada original de la cueva -que quedó cegada por un derrumbamiento hace diez mil años-, se utilizó dinamita; sobre los efectos de la polución en las pinturas ya advirtieron, hace ahora cuatro lustros, los profesores Fortea y Hoyos, y las raíces de las plantaciones de eucaliptos, árbol no autóctono en Asturias, siguen rajando a día de hoy las grietas del techo de la cueva. El precio de descubrir milenarios tesoros ocultos en las profundidades de la tierra se paga, a veces, muy alto. Pero compensa.