Las asturianas, pioneras en vestirse por los pies

La polémica moda llegó de Francia: en 1911 las mujeres decidieron llevar pantalones. Fue un escándalo en España, pero en Asturias no sorprendió

Las asturianas, pioneras en vestirse por los pies
DANIEL CASTAÑO
ARANTZA MARGOLLES

A sus madres les habían criticado tanto el miriñaque, armazón que ahuecaba las faldas hasta un volumen a veces grotesco, que, cuando a ellas les tocó elegir, eligieron todo lo contrario. Y, aunque las españolas de la Belle Èpoque bebieron más bien poco de los descaros de aquella Colette inteligente y explosiva que escandalizó el extrarradio de París o de las sufragistas del «Votes for women» que vindicaron su derecho a voto de las maneras más heterodoxas, en cuanto a la moda que les tocó vestir se rebelaron al común de una forma que salpicó, también, al papel de la prensa. Ocurrió en 1911. El año que a Asturias, como a España, llegó tardía pero certeramente la moda de la falda pantalón.

Nada nuevo bajo el sol, si lo contemplamos bajo nuestros actuales parámetros -no debe hacerlo jamás el lector ni el estudioso de la Historia-. La pieza, como puede apreciarse en la prensa gráfica de la época, era sencillísima: una falda normal y corriente, hasta los pies, como mandaban los cánones, pero cuyos bajos podían replegarse y unirse con un par de botones, simulando unos pantalones de tipo bombacho. Pero en un mundo habituado a que los hombres eran los únicos que se vestían por los pies, aunque solo fuera literalmente hablando, el asunto levantó cola y no pocas veces hubo de saldarse con las manos... o con el sable. Probemos a buscar: hemeroteca de EL COMERCIO (la tienen, en internet, accesible en hemeroteca.elcomercio.es), entrecomillado, «falda pantalón». De los primeros resultados, las reyertas en Madrid, 24 de febrero del año once. «En la Puerta del Sol y en la Carrera de San Jerónimo (...) por la presencia de varias señoras que vestían la moda de falda pantalón, a la que el público tiene declarado guerra a muerte (...) Las protestas fueron tan enormes que los guardias de Seguridad se vieron precisados a dar una carga a sablazos para disolver a la muchedumbre, que vociferaba y silbaba, persiguiendo a las señoras de las faldas».

Porque si para algunos el miriñaque había resultado ridículo, ahora que la mujer osara portar pantalones -o algo que se le pareciera- se convertía en asunto que atacaba al pundonor y, en algunos puntos del planeta, hasta a la moralidad y a las buenas costumbres: el obispo de La Habana llegó a emitir una pastoral prohibiendo el paso a las señoritas que osaran presentarse a misa portando el icono estético de la época. Dando cuenta de la canónica decisión, Felipe Rosete, a la sazón reportero para nuestro diario decano, aseguraba que «aquí (...) las señoritas no usan falda pantalón». Se equivocaba Rosete porque, meses atrás, da cuenta la prensa de la presencia de al menos una docena de mozas portadoras de falda pantalón en plenos Carnavales de Mieres, una escena que también se repitió en las semanas siguientes por las calles de Gijón y Oviedo hasta el punto de que, en 1985, cuando Patricio Adúriz publica aquí sus crónicas de la calle Corrida, presupone al lector, y a la lectora, conocedores sobradamente de la prenda que llevó a una polémica gracias a la que, quizás por primera vez en el siglo, a mucha gente le dio por reflexionar sobre la libertad de la mujer.

Empezando está, claro, por el vestir como quisiera sin tener por ello que recibir los ataques del otro género, aquel al que se le presuponía el pantalón. «Eso de que trescientos hombres sigan a dos mujeres guapas y elegantes por el hecho de serlo, obligándolas a requerir el auxilio de los guardias» -afirmó, aquellos días convulsos, una mujer entrevistada para la prensa nacional- «no me parece propio de la proverbial galantería». «¡Ya ven ustedes lo que son las cosas!», prorrumpió, en la entrevista, una espontánea. «¡Llevo los pantalones en casa... y no me atrevería a ponérmelos en la calle!».