Los asturianos que se llevó Cuelgamuros

Traslado de Primo de Rivera al Valle de los Caídos (1959).

El traslado de los más de dos mil asturianos que reposan hoy en el Valle de los Caídos, lejos de haber estado autorizado por sus familiares, fue silenciado por la prensa de hace más de medio siglo. La misma que tardó casi dos décadas en calificar al Valle como monumento «de reconciliación»

ARANTXA MARGOLLES
Lunes, 9 julio 2018, 16:20

El tema estrella de este verano alude a un solo «caído», el más famoso, pero en el valle de Cuelgamuros reposan casi treinta y cuatro mil más. De ellos, dos mil y pico asturianos cuyos cadáveres, durante los casi veinte años que mediaron entre el final de la Guerra Civil y la inauguración oficial del Valle de los Caídos, reposaban en algunos cementerios municipales salpicados por toda la geografía asturiana y cuyos familiares -al menos los de un bando-, a principios de los 40, difícilmente pudieran imaginar siendo trasladados al que aún tardaría mucho en ser justificado como monumento «reconciliador».

Un Simancas nacional

Baste, para entenderlo, el remitirnos al cuatro de abril de 1940. Tres días después de ser emitido el decreto que confirmaba la construcción del monumento, EL COMERCIO se hizo eco del proyecto, asimilándolo a un símbolo local de los golpistas: el cuartel de Simancas, antes y después de la contienda colegio jesuítico. Allí, en donde el Simancas, se habían apostado los rebeldes en el 36, y del enfrentamiento con las milicias obreras resultaron no pocos muertos y unas ruinas donde, al poco de acabar la guerra, se recibió en loor de masas al Generalísimo. Así las cosas, no es sorprendente que el primer suelto que este periódico publicó en torno al hoy tan polémico Cuelgamuros fuera el que sigue: «El valle de los Caídos y nuestras ruinas gloriosas del Simancas».

Leamos. «Vienen dándose estos días informaciones sobre lo que significa la idea de consagrar a los Caídos de nuestra cruzada una basílica y un monasterio, bajo los brazos de una gran cruz y puesto todo ello tras la guarda material y simbólica, o de homenaje y respeto, de un cuartel de Juventudes. (…) Se habla también del cementerio, donde se guardarán los restos de muchos de los caídos, y todo ello nos hace pensar que será esto como a modo de un Escorial de nuestra Cruzada y que allí, por los caminos de peregrinos, llegarán quienes quieran saturarse del profundo espíritu religioso que inspiró e informó los actos y el sacrificio de los que luchando contra los enemigos de la Religión y de España o mártires de esas creencias por ellas sucumbieron.»

Poco afán reconciliatorio, como tampoco lo había en torno al Simancas, a la sazón en proceso de reconstrucción. «Ese sitio histórico, reliquia del patriotismo y enseñanza constante para las nuevas generaciones, tiene que estar bajo la guarda de una orden religiosa (…) para dar con el fervor de sus almas custodia a quienes rindieron sus vidas en holocausto por Dios y por España». Tampoco lo hubo, dos décadas más tarde, en el discurso inaugural del Caudillo. Franco habló, por aquel entonces, de una «anti España vencida y derrotada» que levantaba la cabeza con «soberbia y ceguera» y de cuyo desvío había que alejar a las nuevas generaciones, aquellas nacidas después de la «victoria total» de los sublevados.

Enterramientos en el año 1958.

Eso fue el uno de abril de 1959. Algunos meses antes, y con todo un mausoleo que llenar de cuerpos que costaba encontrar, los boletines oficiales de todo el Estado llamaban, en cambio, a la unidad. En el de Oviedo, el cuatro de junio del 58, se reclamaban los cuerpos de todos aquellos caídos, «sin distinción del campo en que combatieron» cuyos parientes quisieran reposar entre las paredes en roca viva de Cuelgamuros, con la única condición de que fueran «de nacionalidad española y de religión católica». Pero no los encontraron.

Huesos para Cuelgamuros

Hoy en día, tan solo la mitad de las más de treinta mil personas sepultadas en el Valle están identificadas en diecinueve archivos custodiados por Santiago Cantera, el abad del Valle de los Caídos. Lo que se pensó, hace sesenta años, como un proceso de orden acabó siendo un traslado de huesos a Cuelgamuros que muy pocas veces ha dejado rastro en el papel. La hemeroteca calla. Hablan algo más, muy tímidamente, los boletines oficiales.

Así, el BOPO del 14 de abril del 60, a un año vista de la inauguración del mausoleo, se pone más estricto que su antecedente, ya referido, de un par de años atrás: aquellos caídos que reposasen en enterramientos gratuitos -lo eran para los del bando «nacional»- para sus familiares empezarían a requerir de la dotación económica de estos a los Ayuntamientos para permanecer en el mismo sitio. Cuelgamuros, asegura el boletín, «constituye el lugar más adecuado para el definitivo reposo de los restos de los Héroes y Mártires de la Cruzada, (lo que) trae como consecuencia que carezca de razón de ser la gratuidad de los enterramientos de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada».

Enterramiento en el Valle de los Caídos en el año 58.

Pocas familias habían solicitado el traslado de sus deudos al Valle, y aún menos sabían que ese traslado se había efectuado. La Universidad de Oviedo calcula que entre marzo y septiembre de 1959 fueron trasladados más de mil cadáveres enterrados en suelo asturiano, en fosas comunes generalmente de caídos en batalla. Eran los cuerpos depositados, en decenas e incluso a veces también centenares, en los cementerios de Grau, Salas, Peñamellera Alta, Llanes, Valdés, Xixón o Tinéu. Fueron los primeros, pero no los últimos: aún en 1965, concretamente el 31 de julio, el BOPO refleja el pago de 28.938 pesetas a «La Industrial» por el suministro de 54 cajas para el traslado de los restos del cementerio de San Pedro de los Arcos, clausurado una década antes por motivos de salubridad y del que cuentan los registros que se extrajeron más unas mil personas. Solo 24 de ellas identificadas por la Universidad de Oviedo. Muchas más de las que había de muertos de guerra en aquel cementerio ciento y una veces remozado por motivo de espacio: la primera vez, en 1918, las personas por las que hubo de ampliarse más bien habían muerto de gripe.

Un monumento de otra época

Y ahí se acaba la información. En un país en cambio, el Valle de los Caídos nació ya viejo, producto de una imaginación que, en los inmediatos años de posguerra, potenciaba los grandes monumentos, a las puertas de los años del aperturismo y de la España de sol y playa. Dicho ha quedado en los archivos hemerográficos que ni siquiera Franco quiso dormir el sueño eterno aquí, y nuestro rastreo por los papeles pronto circunscribe al Valle a un mero lugar de excursión -en 1959: a quince pesetas si se iba en moto, cincuenta si en coche y a 250 por el autobús de 25 pasajeros- cuyas visitas, eso sí, suponían pingües gastos para los ayuntamientos asturianos. 9.345 pesetas costó al de Oviedo, en 1959, el viaje al Valle de algunos familiares de caídos de la provincia (BOPO del 26 de mayo); 5.000 el de Mieres (BOPO del 18 de septiembre del 63) por llevar al Coro Minero de Turón al funeral por los caídos asturianos y 10.500 el de Lena por los gastos de desplazamiento del alcalde y seis concejales al sitio.

Enterramiento en el Valle de los Caídos en el año 58.

Pero todo eso es agua pasada. De las que no mueven molinos. Hoy, a más de cuarenta años del advenimiento de la democracia, la necesaria resignificación del Valle de los Caídos parece tan rezagada como en su momento lo fue el darle el matiz de la «reconciliación»… y como el ánimo de los miles de familiares, también los asturianos, en torno al traslado de los suyos a Cuelgamuros.

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