El año en que Cangues no honró a San Antonio

…o que lo honró poco. A punto estuvo Cangues d'Onís, hace noventa y dos años, de quedarse sin sus popularísimas fiestas. La falta de entendimiento y la apatía del Ayuntamiento, el comercio y el pueblo hicieron peligrar los festejos a San Antoniu, que aquel año quedaron deslucidos y envueltos en la polémica.

El año en que Cangues no honró a San Antonio
ARANTXA MARGOLLES BERAN

La culpa, aseguró el muy conservador diario «Región», fue del moderneo. Del que había convertido las tradicionales ferias en pomposas fiestas que se preocupaban más del bailar que del guardar. En el año 26 del pasado siglo, a punto estuvo Cangues d'Onís de quedarse sin unas fiestas que hundían sus raíces hasta tiempos inmemoriales y que ya el propio Jovellanos, que había visitado la villa en 1795 -¡más de 130 años atrás!- glosó.

Una feria que ya no era tal

Pero hubiera sido absurdo -y eso lo sabían hasta los del «Región»- que las fiestas de San Antoniu se mantuvieran como el gijonés las había descrito por aquel entonces. Vayamos a los diarios del ilustrado:

«Cama hasta cerca de las ocho, misa en casa; a la feria en el campo de la iglesia, mucha concurrencia y mucho tráfico de géneros bastos; monteras en altos palos con garfios de las mismas ramas en que estaban colgadas; se venderán de 300 a 250, las gastan todas las mujeres; paños bastos, bayetones, bayetas, roguetas, lienzos pintados, guadañas y otros instrumentos rústicos, ollería, batería de cocina de cobre, tres plateros de Gijón, muchas tiendas del aire, dedazos, mucha gene y mucho movimiento. A casa. Vuelta a la feria, con las señoras, viene don Álvaro de Faes con su esposa doña Ramona Valdés. Comida espléndida y de mucha concurrencia; larga siesta. A la romería, de cuatro a siete la fuerza de ella; danzas de hombres y mujeres, estas cantaban con general aplauso varias inventivas contra la Junta.»

Como el que va a El Corte Inglés, Jovellanos hablaba de una feria extinta ya a finales del siglo XIX, cuando las tiendas comenzaron a surgir por todos lados y los lienzos pintados, y las guadañas, y las bayetas y los bayetones pudieron comprarse ya en cualquier época del año. A los cangueses, y por extensión a todos los pueblos que a las puertas del verano comenzaban a celebrar sus fiestas, solo les quedaba la modernidad. El pan, el circo y… las becerradas.

1924: San Antoniu se viste de modernidad

Para muestra un botón: las fiestas de un par de años atrás, a las que el mismo «Región» había dedicado página doble y central. Aquel año, las fiestas arrancaron de la mano de los acordes de la banda del regimiento de Tarragona y del estallido de cohetes y bombas reales -curiosidad: una década más tarde, en tiempos de la II República, hubo diarios que modificaron el nombre a este divertimento, denominándolas «bombas republicanas»-. La banda nacional tocó frente al Ayuntamiento y los balcones se engalanaron; las campanas repicaron para anunciar el inicio de la jarana y, esa misma tarde, se enfrentaron en un torneo de balompié el Asturias FC, de Ribeseya, y el Unión Deportivo de Llanes.

Brilló, en el campo de San Antoniu, la joguera y se quemó el Rozu, y la población observó, entusiasmada, la iluminación eléctrica –«a la veneciana», le decían- sobre las calles de la villa. Se quemó el xigante, hubo becerradas y, en la romería, se jugó a la cucaña vertical. Se sacó al santo, claro. Y, en el concurso de bolos por pueblos, ganó Onís.

Todo eso estuvo a punto de desaparecer no al año inmediato, pero sí al siguiente.

¡Quién dice que no hay festejos!

Tituló así «Región» su cáustico artículo sobre lo que ocurrió aquel año en Cangues: que tanta modernidad llevaba mucha complicación y gasto y que nadie quiso hacerse responsable de ello. «Hace como unos treinta años», leemos, «se quisieron aumentar y adornar con las diversiones modernas designando el pueblo Comisiones directoras a tal fin, que lograron ayuda oficial y pecuniaria del Ayuntamiento y protección del comercio, permitiendo que las fiestas profanas llegaran a ser una de las principales de la provincia.»

La cosa iba como sigue: el Ayuntamiento subvencionaba, ponía el dinero; y reunía a industria y comercio para encargarles la organización de los festejos. Así era desde hacía tres décadas y así dejó de ser en el año 1926. «Este año al señor alcalde no le plugo convocar al pueblo para dicho objeto, y él sabrá por qué.» El consistorio no pagaba y el comercio, al parecer, tampoco se animaba a formar por sí mismo la imprescindible Comisión. «Al parecer se encuentra boyante y no necesita de festejos para su desenvolvimiento». ¿Y los cangueses de a pie? «El pueblo piensa, sin duda», aventura el reportero, «que para rendir tributo a la tradición (…) no precisa de pomposos programas y derroche de dinero.»

Y así fue: el programa de las fiestas de 1926 empalideció enteros en comparación con el de las de 1924. Habría palenques y repique de campanas; gaita y tambor y pasodobles; una banda modestita; joguera y quema del Rozu; algún que otro fuego artificial, procesión y quema del xigante. El paquete básico, en definitiva. Que ni fútbol, ni costosas becerradas, ni bandas de renombre, ni bombas reales o republicanas que valieran.

¡Ay, pero incluso algo tan humilde tenía un coste!… y el dinero no alcanzó.

Una alternativa polémica

«En vista del abandono en que los cangueses habían dejado las fiestas de San Antonio», vuelve a publicar el «Región» días más tarde, «se celebró el día 13 del actual una animadísima fiesta en las inmediaciones de El Puerto, concejo de Parres». Allí, en la Plazuela de Eguivar, engalanada para la ocasión, se preparó una verbena sufragada por particulares que tampoco pudo llegar a celebrarse, porque diluvió. Suspendida la fiesta alternativa a San Antonio, los romeros pudieron disfrutar de gratis de un baile en el Círculo de Artesanos como compensación. Como quiera que no andaba el santo de buenas, también esta iniciativa fue polémica.

Y de qué manera. Luis del Valle, el organizador del evento, fue acusado por el semanario local «El Popular» de haber «sisado» no pocas pesetas de la recaudación para la fiesta, que según los periodistas ascendían a 300. Del Valle, claro, negaba la mayor y aseguraba que la recaudación apenas si había alcanzado los catorce duros. Diez pesetas se habían gastado, o eso afirmó él en «Región», en arreglar la plaza; sesenta pesetas en alquilar dos pianolas; treinta pesetas en un organillo y el servicio, a sus teclas, de Ludopi; se compraron docenas de voladores y se contrató una banda de música «del país de Franco» (sic), y más gastos que redundaban, siempre según su versión, en su total perjuicio.

Si se creyó o no la explicación, el tiempo lo ha borrado de la memoria.

La vuelta a la Comisión

Tras semejante tinglado, meses antes de la celebración de las fiestas de 1927 las aguas volvieron a su cauce y se formó, de nuevo, Comisión de Festejos. José Luis Abego, Cesáreo del Valle, Pedro Rodríguez, Graciano Fernández, Florentino Nieto, Antonio Lario, Bernardo Fernández, Luis Díaz, Ramón Cuesta, Ramón Pendás, Isaac del Valle, Atanasio Martínez (hijo) y Manuel Tejuca (hijo) volvieron a llevar las fiestas de San Antonio al redil de la modernidad. Aquel año hubo toros, bandas de música más elegantes y la sidra corrió, abundante y cadenciosa, en el Contranquil. Cucañas, luces, fuegos artificiales y hasta una carrera ciclista un tanto peculiar -ganaba quien llegase el último a la meta- devolvieron a su antiguo esplendor a unas fiestas que, por más que quisieran algunos, no podían oponerse a los nuevos tiempos.

Porque ya se sabe que estos, al igual que las llamas de la joguera, avanzan imparables, año tras año, en el robledal de San Antoniu. ¡Y que viva el santo de Padua!