El salitre de la memoria: La odisea del Deriguerina

El salitre de la memoria: La odisea del Deriguerina
CONSTANTINO SUÁREZ

Hace hoy 81 años, más de mil niñas y niños partieron rumbo a la URSS desde el puerto de El Musel, en plena caída del Frente Norte. Lo hicieron a oscuras, intentando evitar llamar la atención de la flota enemiga, y, en no pocas ocasiones, para no volver jamás. O para tardar en hacerlo

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Aquella noche hasta el olor del ocle batido por las olas del Cantábrico quedaba larvado a favor del de la madera quemada por la metralla de los aviones alemanes. La guerra avanzaba rápido en un norte a punto de caer derrotado bajo el yugo y las flechas de las tropas sublevadas y, en El Musel, se agolpaban más de dos mil almas en pena. Las órdenes eran estrictas: solo zarparían los niños, con la única excepción de algunas enfermeras y maestras. Cupieron mil doscientas personas que recorrieron las mareas, las tormentas y hasta el peligro, cuando se dirigían rumbo Burdeos, de ser interceptadas por el enemigo. Su destino: la URSS, el país que se había comprometido a acogerlos hasta la llegada de una paz que tardaría casi cuarenta años en llegar.

Cupieron solo mil doscientas personas. Hijas, hijos, nietas, hermanos. El resto -padres, madres, abuelas, abuelos- se quedaron bajo las bombas y la incerteza de un país que se desmoronaba y tornaba tan gris como todo aquel ocle reseco y rancio que, al zarpar, dejó sobre el hormigón del puerto el carguero Deriguerina.

Hoy se cumplen ochenta y un años de aquella madrugada.

Un viaje de difícil regreso

Menos de un mes después de que el Deriguerina partiera rumbo al país de los soviets, el ejército sublevado entró en Gijón. La guerra había terminado, lo que no quiere decir que con ello llegase, necesariamente, la paz. Los niños partidos a la URSS, hijos en su mayoría de soldados caídos en el frente o de futuros represaliados políticos, cuando no en sí militantes -fue el caso de Águeda Ruiz, que partió en el Deriguerina como maestra a los 23 años, en compañía de sus hermanas, y que formaba parte de las Juventudes Antifascistas y Comunistas-, no volverían a España hasta mucho tiempo después.

Dos décadas, como mínimo. Solo tras la muerte de Stalin, en 1953, y nuestra integración en la ONU (1955), las relaciones de la España franquista con la URSS comenzaron a cambiar. La vuelta de tuerca acabaría por materializarse en un acuerdo, en 1956, para el traslado a España de varios centenares de niños de la guerra. Ni el viaje, que hubieron de compartir con antagonistas tan claros como ex divisionarios repatriados, ni el regreso fueron fáciles. Aquel año, el buque Crimea arribó a Valencia con más de quinientos repatriados a bordo, un quinto de ellos asturianos. Habría tres viajes más, pero muchos de aquellos niños, ya adultos, se habían quedado al otro lado de Europa. Ya eran más rusos que españoles.

De una guerra a otra

En Leningrado, a donde llegaron la mayor parte de los niños del Deriguerina -tras escala en Saint Nazaire y cambio de barco en Gran Bretaña-, a los críos les habían tratado bien. Todos están, o suelen estarlo, de acuerdo en eso. Con un grupo de voluntarios encabezados por Pablo Miaja -quienquiera que pase por el 66 de General Elorza verá una de las obras de este maestro entusiasta y republicano: el colegio de Infantil y Primaria que construyó en Oviedo, su ciudad natal, de la que salió rumbo al Deriguerina, precisamente, en un día de San Mateo-, los críos fueron alojados en las casas que por entonces se habilitaron el efecto entre Moscú, Leningrado, Odesa, Kiev y Eupatoria. Muchos llegaron a ingenieros y la vida allí, hasta que llegó la Guerra Mundial, fue aparentemente feliz. Pero no fue fácil sobrevivir a aquella contienda.

Niños del orfanato de Ezcurdia jugando.
Niños del orfanato de Ezcurdia jugando. / CONSTANTINO SUÁREZ

Que se lo digan, si no, a Araceli Ruiz. Tal vez la más conocida de todos los niños del Deriguerina, con permiso de Ania, «el Ruso», ella aún vive para contar cómo la invasión alemana la obligó a exiliarse a Odesa, llegando hasta Uzbekistán. Trece años más tarde del inicio de las hostilidades europeas, en plena Guerra Fría, el destino volvió a cambiar para niñas como Araceli, por entonces ya una mujer. La llegada al poder de Fidel Castro en Cuba acercó al país hispanohablante con el ruso y Araceli, como tantos otros, se ganó la vida como traductora, a caballo entre las dos naciones.

La memoria de los rusos

Juan Antonio Rodríguez Ania, «Ania, el ruso», siempre renegó del apelativo de «niño de la guerra». «Aquella guerra no produjo niños, solo muerte», solía decir. Él, como Araceli, también partió junto a sus hermanos aquella noche en el Deriguerina, con tan solo diez años. Fue de los que volvió en el 56, sin renunciar a la ideología: comunista hasta su muerte a principios de 2007, Ania era, para las autoridades franquistas, un caso más de aquellos «entes sovietizados» de los que desconfiaba, en un descorazonado artículo, el poeta Federico Urrutia en el 52. Precisamente cuando comenzaba a debatirse acerca de la vuelta de aquellos niños que, ya adultos, volvieron siendo sospechosos para el régimen que, veinte años atrás, les había expulsado del país.

Asilo Pola. Niñas jugando a la pelota
Asilo Pola. Niñas jugando a la pelota / COSNTANTINO SUÁREZ

Hubo más, claro, hasta completar los casi mil doscientos que aquella noche como la de hoy abandonaron el puerto gijonés ante la única luz de un candil mecido por el viento. Más iluminación hubiera atraído a los buques enemigos, que rondaban por el Cantábrico. La anécdota la recordó uno de ellos, Adolfo Eustaquio Cabal, en sus 'Memorias imborrables', setenta años después de la partida. Más: Las 'Memorias de un niño de Moscú: cuando salí de Ablaña' (1999) de José Fernández. 'Memorias de una niña de la guerra' (2003), de Isabel Argentina Álvarez Morán. Y eso solo del Deriguerina, que no fue el único barco en salir de Asturias cargado de niños, aunque sí el que se ha convertido en el símbolo de aquel exilio infantil.

Hoy, y desde 2005, una estatua de Vicente Moreira recuerda en Gijón a aquellos niños obligados a elegir, tan prematuramente, entre libertad y patria. Cada 23 de septiembre muchos recuerdan, aún, aquel olor a metralla que lo impregnaba todo. Hoy, afortunadamente, reina la fragancia salada del ocle y del salitre. Y las únicas explosiones que se oyen son aquellas de las olas del Cantábrico al chocar contra las rocas del Arbeyal.

 

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