El escándalo de las sanguijuelas en Gijón

El escándalo de las sanguijuelas en Gijón

La popular práctica de aplicar sanguijuelas vivas sobre la piel de los enfermos fue protagonista en 1903 de un sonoro judicial

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERANGijón

De tan indiscutida era ciega. La confianza en la hirudoterapia no conocía disenso a principios de siglo: así se llamaba a la creencia, tan extraña a oídos de hoy como milenaria, de que la aplicación de sanguijuelas sobre la piel del enfermo podía curar desde un simple catarro hasta una tuberculosis; una enfermedad nerviosa o un dolor de cabeza; acelerar la curación tras una cirugía o curar la debilidad de los niños. Los anélidos medicinales se vendían en las farmacias y, aplicados por un practicante sobre la zona a curar, simplemente tenían que ponerse a chupar la sangre del enfermo para sanarle. O eso, al menos, era lo que se creía en el Xixón de 1903, cuando Joaquín Diaz se hallaba en el trance de la agonía.

Viudo muy reciente, Díaz entró en la fase aguda de alguna enfermedad mortal, que los periódicos no llegan a concretar, a principios de febrero de aquel+ año, y se dispuso que habrían de aplicársele, para su sanación, ni más ni menos que dieciocho sanguijuelas a la vez. Emiliano Zaragoza, a la sazón médico en la Cruz Roja y, según aseguraría meses más tarde, «amigo del alma» de Díaz, ordenó la intervención tras una consulta de seis horas. Parece ser que en tan largo tiempo el enfermo le tomó confianza al médico hasta el punto de querer que solo le atendiera él. O eso dijo Zaragoza, herido en el pundonor por haberse tenido que meter en una intervención menor, más propia de un practicante que de un médico. Y fue entonces cuando comenzó el pleito de las sanguijuelas: el escándalo del Xixón del año tres… y parte del cuatro.

Carta blanca para cobrar

Las sanguijuelas se aplicaron, pero el enfermo no curó. Joaquín Díaz murió al día siguiente en su casa de la calle de la Merced, a los 53 años y sin descendencia. Ramón y María, sus padres, heredarían, por tanto, su fortuna, que no era moco de pavo. Pero antes siquiera de que se finalizasen los tramites burocráticos para que los ancianos pudieran tener acceso a los bienes del fallecido, llegó la sorpresa: una carta del doctor Zaragoza en la que les reclamaba ni más ni menos que veinte mil pesetas por los servicios prestados.

Increíble: un practicante solía cobrar apenas media peseta por la aplicación de una sanguijuela, pero en el caso del doctor Zaragoza los honorarios se hinchaban hasta límites insospechados y poco entendibles aún echando ojo al desglose. En concreto: 16.863 pesetas por las sanguijuelas de marras; 1.000 por cada noche de asistencia; 300 por la visita medica y algún que otro fleco suelto más. Pero si Zaragoza pretendía obtener semejante cantidad sin problema de los incautos ancianos, erraba el tiro. El matrimonio estaba dispuesto a dar la batalla. Al día siguiente de recibir el requerimiento, Ramón Díaz visitó todas las redacciones de los diarios de la ciudad y encargó la impresión de cientos de pasquines poniendo de vuelta y media a Zaragoza.

Quería que todo Xixón conociera el tinglado. Y lo consiguió. Como la cosa acabó en juicio -en uno de los más mediáticos de aquellos años en la villa de Jovellanos-, sabemos cómo se defendió Zaragoza de la inesperadamente explosiva respuesta del anciano: el cuatro de octubre de 1904, ante el juez Laviada, aseguró que Joaquín le había dado carta blanca para cobrar. Que, tratando de convencerle para que fuera él y no un practicante quien le aplicase las sanguijuelas, Joaquín le había asegurado que le pagaría lo que fuera menester. Y presentaba, como prueba, un contrato firmado por la temblorosa mano del enfermo terminal.

Un juicio perdido

«Joaquín bebía». Ramón Díaz salto como un resorte en el banquillo de los acusados tras ser interrogado por el letrado de la demanda -porque sí: ¡fue Zaragoza quien llevó a los ancianos a juicio, y no al revés!- acerca de este extremo. Con todo, Abilio Rodríguez, el abogado de Zaragoza, tenía todas las de perder. La opinión pública, tras más de año y medio de escándalo e incendiarias columnas en los principales periódicos de la ciudad (el insigne Adeflor, en EL COMERCIO, y José Arias, desde EL NOROESTE, llegaron a mofarse del asunto haciendo cábalas de lo mucho que costaría aplicar un cetáceo a un paciente, si algo tan pequeño como una sanguijuela resultaba tan caro), estaba más que situada a favor de los ancianos. Así que el letrado jugó con las pocas cartas que tenía: «a Don Joaquín le gustaría beber», reconoció, pero «como a todos los hombres…». Alegó que nunca nadie, ni siquiera los médicos madrileños, había consensuado un precio fijo por la aplicación de las sanguijuelas y recordó un hecho ocurrido sesenta años atrás: en la capital, el doctor Creux, había cobrado 40.000 reales por una sola visita médica por el peligro que había corrido al tener que atravesar las calles de la ciudad en medio de una escaramuza militar.

Artículo del periodista de EL COMERCIO Adeflor.
Artículo del periodista de EL COMERCIO Adeflor.

No le sirvió de nada. Bien por efecto del mucho alcohol o de la desesperación que le suponía saberse a las puertas de la muerte, el Juzgado entendió que Joaquín Díaz no había podido obrar libremente y con plena función de sus facultades a la hora de prometerle a Zaragoza el oro y el moro. Ganadores ante los tribunales y ante el pueblo, los ancianos repartieron parte del dinero de la indemnización por las costas del juicio entre varias entidades benéficas -y a la redacción de EL COMERCIO, a la que dio cinco duros para que los periodistas dispusieran de ellos auxiliando a quienes supieran que lo pudiese necesitar-. De Emiliano Zaragoza se sabe que se fue de la ciudad pero que, apenas tres años más tarde, murió en ella, estando de visita e inesperadamente. Glosó, entonces, EL COMERCIO su figura y su «jovial y comunicativa cortesía». Parecía haberse olvidado ya lo que el público había denominado, en su día, el «pleito de las sanguijuelas». ¡Todo pasa!

 

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