Gijón y la fiebre del hielo (artificial)

En el verano de 1885 se vendió por primera vez hielo artificial en Asturias. Fue en el mercado cubierto de Gijón, y por medio de la fábrica Laviada, donde se conoció este nuevo material que acabaría por ser indispensable para nuestros tatarabuelos. ¿Las razones? Su precio. Su higiene. Su versatilidad. Y, por supuesto, también la moda

Gijón y la fiebre del hielo (artificial)
Ilustración: Daniel Castaño
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

¿Quieren saber la receta del helado de mantecado que hacían nuestras tatarabuelas? Leamos, leamos: EL COMERCIO la publicó el 24 de julio de 1885. «Tómense seis yemas y bátanse bien con seis cucharadas de azúcar en polvo. Añádanse cuatro copas grandes de leche fresca. Después de bien mezclado, pásese por un tamiz fino y póngase a cocer diez minutos en un baño María. Se deja enfriar y luego se coloca a helar en una vasija que contenga hielo artificial espolvoreado con sal. Agítese la mezcla con una espátula hasta que se halle completamente dura.» Sí: hielo artificial. ¿Les extraña el componente y la elaboración de un helado sin helar? Eso es que no vivieron en el Gijón de 1885.

A la cabeza de la innovación

Fue el holandés Julio Kessler quien, allá por 1855, fundara la fábrica de loza popularmente conocida como «La Begoñesa» por su proximidad al parque homónimo. Asociado unos años más tarde con Juan Díaz Laviada, la fábrica, ahora trasladada a la avenida de Potugal, pasó a llamarse «Kessler, Laviada y Compañía» y aumentó su producción, incorporando productos esmaltados y de chapa. Siempre atenta al último grito de la tecnología, la fábrica Laviada nunca dejó de aprovechar una sola oportunidad para situarse a la cabeza de la innovación España. Esa fue la razón de que aquí, en Gijón, fuéramos de los primeros en probar las delicias del hielo artificial.

¿Tanto lío por unos trozos de hielo? Para comprender la importancia de que en 1885 Laviada trajera por primera vez la tecnología del hielo artificial a Asturias solo basta imaginarse cómo podía nadie hacer hielo en un siglo en el que aún no existían los congeladores -ni nada que se les pareciera- y en el que beber agua infectada con bacterias podía llevar, a falta de la penicilina, directamente al cementerio. El hielo natural, comercializado desde el siglo XVII, solía cogerse 'in situ', a veces también en forma de hielo, un sistema poco seguro para la salud del consumidor y, además, muy difícil de mantener cuando, a mediados del siglo XIX, se acabó la Pequeña Edad del Hielo.

Bochorno… pero sin hielo. El caluroso siglo XIX

Así, como la Pequeña Edad del Hielo, se conoce al ciclo que convirtió al hemisferio norte en un cubito de hielo. Al menos, en ciertas épocas. Aquí, en España, se nos helaba hasta el Ebro hasta que algo, probablemente explicable por la pluma de un buen físico pero no de la que esto suscribe, hizo que todo cambiara. En 1850, precisamente la década en la que se creó «La Begoñesa», las temperaturas comenzaron a aumentar y Gijón, seis lustros más tarde, acabó por convertirse en una ciudad para el veraneo. Y sin hielo que refrescase los gaznates de nuestros visitantes: ni había congelador, ni el hielo natural soportaba las nuevas temperaturas.

No, al menos, hasta que Laviada nos enseñó a crearlo. En 1860, Ferdinand Carre había descubierto el sistema de refrigeración por absorción, por medio del que, usando amoniaco, podía congelarse el agua potable. Las primeras máquinas llegaron en la década siguiente; en España, la primera fábrica de creación de hielo llegó a Terrassa en 1874. Fue otro físico francés, Raoul Pictet -que algún reportero de EL COMERCIO, poco ducho en el idioma del país galo, renombró a «Pichet», quien por aquellos años inventó una máquina capaz de producir quince kilos de hielo por hora. La misma que, en 1885, llegó a Gijón.

Para todos los públicos

«Ayer hemos recibido una preciosa muestra de hielo artificial, producto de la fabricación estabecida en la vecina villa de Gijón por los señores Kessler, Laviada y Compañía. » Lo publicó desde Oviedo El Carbayón, y lo transcribe EL COMERCIO, en julio de 1885, cuando se instaló la Pictet en Laviada. «Esta nueva industria viene a llenar una necesidad muy sentida en la provincia, y ha de proporcionar a sus fundadores buenos resultados seguramente.»

Desde luego, la novedad no era moco de pavo: la fabricación artificial de hielo permitía a la empresa poder crear hielo incluso en los días más calurosos; hacerlo con agua potable y, con ello, con mayor salubridad y, además, amortizar de inmediato lo invertido: el hielo podía crearse de inmediato, en cualquier lugar y a cualquier hora. Lo cual se traducía, evidentemente, en un precio muy bajo para el consumidor. «El hielo que hemos visto y probado», afirmaba un entusiasmado reportero de EL COMERCIO el 11 de julio, en total exclusiva, «es fino, transparente, de buen sabor y está hecho de agua de la Peñuca». Y lo más importante: era un producto que cualquiera, hasta el más pobre, podía pagarse. Cuando llegó el 25 de julio de 1885, el primer día en que se vendió, en el mercado cubierto, el hielo artificial en Gijón, llegó la fiebre. Y bien merecida.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos