El Casanova de El Llano. Un caso de «trigamia» en el Xixón de 1901

El Casanova de El Llano. Un caso de «trigamia» en el Xixón de 1901
ILUSTRACIÓN: DANI CATAÑO.

A finales del año 1901, una folletinesca historia impactó a Xixón. Juan José Martín, vecino de El Llano, fue acusado de bigamia por una mujer que decía reconocer en él a su desaparecido esposo Remigio Sánchez. El caso, que tardó en resolverse dos años, levantó intensas pasiones entre la población… especialmente la femenina

ARANTXA MARGOLLES

El hombre del año en el Xixón de 1901 vendía trastos viejos en el Rastro y llevaba el gesto serio desde que, hacía más de veinte años, su esposa Paca le abandonara por un zapatero apellidado, para más inri, Porrón. Juan José Martín, vallisoletano de Tordesillas, había llegado a la ciudad de trapero, tras vagar por la península durante todo un lustro, y aquí que seguía. Amontonado, en una chabola del barrio de El Llano, con una mujer que nunca le había pedido pasar por vicaría, en la placidez del anonimato… hasta que le rindió el amor en una tarde de diciembre, en el comedor de la Posada de los Manchegos.

Una cita en Los Manchegos

La historia es, de puro melodramática, un tanto compleja, así que situémonos. Más de medio siglo después de que ocurriera este suceso, Víctor Labrada recordaba en EL COMERCIO lo que había sido aquella Posada de los Manchegos. Al final de la calle de La Vuelta, hoy Cervantes, en pleno barrio del Carmen y muy popular, por su asequibilidad, entre pañeros y lenceros que, caminando desde tierras castellanas, suministraban de hilos, pañuelos y retales a las gijonesas. Dos ochavos la habitación, un cuarto más por derecho a colchón y servicio de sábanas y desayuno -a base de ajos- por un real de vellón extra. Fue el primer lugar en el que Juan José, nuestro protagonista, había pernoctado en Xixón, antes de adoptar la villa como hogar. Él también había sido pañero en tiempos.

El Humedal, cerca de donde se produjeron los hechos.
El Humedal, cerca de donde se produjeron los hechos. / E. C.

Y a un pañero castellano buscaba también Rita Martín a su llegada a la ciudad. Diciembre de 1901. Espabilada y pequeña como una ardilla, así la describe el reportero de EL COMERCIO, esta abulense de Santa María del Berrocal arribó a Xixón acompañada de su hija Martina, en búsqueda de su marido perdido. Remigio Sánchez, aseguraban ambas, había abandonado el domicilio conyugal más de quince años atrás, después de una soberana bronca en torno a la compra, decidida unilateralmente por Remigio, de una máquina de hilar y dos burras para activarla. Cuarenta mil reales había costado el invento, y las mulas se murieron a la semana. Remigio se había marchado a vender paños, de ambulante, y nunca más se supo. Hasta entonces. Plantada seria y estirada como una vara de bambú frente al puesto de cosas viejas de Juan José, Rita le miró severa. «Sé quién eres», diría ella, «en el pintoresco lenguaje de las aldeas de Castilla», como dijo EL COMERCIO. «Sé que no te llamas Juan José. Que te llamas Remigio. Y…» Silencio dramático. «Y que te vas a venir conmigo a la posada, a arreglar cuentas».

Y Juan José -¿o deberíamos comenzar a llamarle Remigio?- se fue con las dos mujeres a cenar a Los Manchegos. «Estaba alegre por vernos», declararía la mujer días después. «Nos convidó a cenar y a café; a Martina le dio pastas y vino blanco… quería ser más generoso, pero en la posada no había otra cosa mejor.» Y por añadidura: «¡Si hasta quiso dormir conmigo!». La pareja, o no pareja, había confundido los términos. Rita pretendía que su presunto marido le firmara un poder que le permitiera a ella disponer de la herencia de su padre; él, hacer uso del recién descubierto estado civil. Porque allá donde ella aseguraba que Juan José era el huido Remigio, Juan José decía no haberla visto en su vida… y actuar como si la conociera, aquella noche, para poder obtener el derecho a catre junto a la impetuosa abulense.

«¡Vaya un tío!»

Así que Rita denunció el asunto, y así fue como este saltó a las páginas de la prensa. La bigamia era un delito que, en tiempos, podía llegar a castigarse con casi una decena de años en prisión, y, si Juan José -o Remigio- había estado casado con Rita, lo había hecho incurriendo en tal delito. Porque de Paca, su primera mujer, nunca le había dado tiempo a divorciarse. Y aún más: si, como aseguraba Rita, su Remigio había cambiado su nombre al de Juan José, este había cometido, además, otras dos faltas graves: la falsedad documental a la hora de inscribir a los dos hijos que había tenido, ya en tierras asturianas, con Ramona.

El culebrón entusiasmó a los gijoneses, que pronto tomaron partido por el ex pañero. Un año y medio se pasó, con la tontería, en prisión preventiva, asegurando no ser quien Rita decía que era. «¡No la perdonaré, por su terquedad en sostener que yo soy Remigio Sánchez!», sentenció al reportero de EL COMERCIO que le entrevistó, con permiso del alcaide, a los pocos días de estallar el escándalo. Rita, afirmaba, estaba obsesionada con él desde que, años atrás, había coincidido a la altura de Sama con el abulense Miguel Sánchez, también pañero y que, nada más verle, le reconoció como a su tío. «Pensé que estaba loco, sin más». Miguel, que resultó ser sobrino -esta vez de verdad- de Rita, fue quien le dijo a ella, a la vuelta a Berrocal, que Remigio estaba viviendo en Xixón. «Amontonáo con una gallega», aseguraba.

«¡Vaya un tío!», exclamó, al finalizar la entrevista con el reportero, el guardia que controlaba la sala de visitas de la prisión. «Si viniera vendiendo paños a mi casa… ¡dormía en la calle!». Juan José / Remigio se había acabado por convertir, en opinión de las gijonesas que cada día leían sus aventuras en una prensa aún sin ilustrar, en el Casanova de la villa de Jovellanos. Para comprobar si su belleza iba a la zaga con su galantería, tuvieron que esperar casi dos años: el juicio contra el castellano se celebró a finales de 1903.

Y dirimió la justicia

Tardó tanto en juzgarse al supuesto bígamo -o «trígamo», si contamos la relación, que nunca llegó a inscribirse oficialmente, con Ramona- porque la investigación hubo de hacerse a distancia, y no eran, de aquella, precisamente rápidas las comunicaciones entre Asturies y Castilla. Las diligencias incluían el interrogatorio a multitud de testigos -incluso a Vicente Morán, dueño de Los Manchegos, quien aseguraría recordar que, la noche del presunto reencuentro, Juan José/Remigio cantaba a voz en grito, abrazado a Rita, unos versos picantones: «a vivir, a vivir, y a gozar las delicias del amor…»-; la declaración a distancia -se hizo unos días antes, en Tordesillas, y se envió transcrita al Juzgado gijonés- de Clara y Jorja Martín, hermanas del acusado; y el reconocimiento facial del supuesto bígamo por parte de todos los vecinos de Berrocal. Coincidieron todos en señalar que el hombre que ahora se les enseñaba por medio de un retrato sobre cartón no se parecía, ni por asomo, al Remigio Sánchez que ellos habían conocido dieciséis años atrás, en su boda con una burlada Rita Martín.

Ninguna prueba resultó eficaz para dirimir el pleito a favor de la acusadora. Juan José tenía todos los papeles en regla y familia que demostrase quién era… y quién había sido siempre. »¡Yo nunca la he visto a usted, señora!», exclamó, en medio de la declaración de Rita. Ella, extrovertida y lanzada -en ocasiones en demasía, como quedó probado por sentencia-, le replicó. «¡Pues tan buena moza soy ahora como antes!» Y Juan José, de vuelta: «¡Y tan buen mozo yo!». Amontonadas a las puertas del Juzgado, horas después las gijonesas no tuvieron más remedio que negarle la mayor al «trígamo» de El Llano: robusto y bajo de estatura, de ojos brillantes y cejas espesas, labios gruesos y cara redonda, el involuntario protagonista de esta historia que acabo de contarles no era, aseguraba EL COMERCIO, «ningún adonis». ¡Pues que le quitaran lo bailáo!

 

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