Cencerros en la noche (de bodas)

Era una costumbre censurada y condenada por muchos, pero que se mantendría en España en general y en Asturias en particular hasta no hace tanto: las cencerradas con que se «obsequiaba» a novios ancianos, desiguales o que no lo eran por vez primera

Cencerros en la noche (de bodas)
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

«Old Spain», tituló EL COMERCIO en aquellos años, principios de los 60, en los que España estrenaba amistades con el gigante americano y el idioma inglés era sinónimo de progreso y desarrollo. Precisamente todo lo que no había habido en el suceso que refería la noticia: en Molina de Aragón, en Guadalajara, la Guardia Civil había tenido que disolver una sonora cencerrada que implicó a niños y a viejos. En la madrugada del quince de mayo, una pareja de recién casados tuvo que soportar las pitadas y los cánticos de los congregados; que el tumulto les reventase a pedradas las ventanas y rompiera varias tejas de la casa. ¿El delito? La novia, de 31 años, le sacaba siete a él. Y eso, en aquella «Old Spain» en la que ellos (algunos) aún las preferían pánfilas, vírgenes y criables, era todo un chiste.

Recorramos esta costumbre con los versos de los cantares populares que, en el «Cancionero Secreto de Asturias» (Museu del Pueblu d'Asturies, 2005), recogieron Jesús Suárez y Fernando Ornosa como los que se solían cantar en aquellas noches de bodas, amargas para unos y de juerga para otros.

Una provocación intolerable

Una provocación intolerable

«¡Eres Consuelo la Chula,

flamenca de cuerpo entero,

que a cualquier hombre que ves

ya le entregas l'agujero!»

«Vale más criar que sufitar», cuentan que se decía en Salas sobre las novias mozas, preferidas sobre las viejas cuya córcova habría de sujetar el novio como un tronco viejo. La costumbre se recoge en la encuesta que el Ateneo de Madrid promovió entre 1901 y 1902 por toda la geografía asturiana y que se publicó, hace una veintena de años, bajo el título «Costumbres de nacimiento, matrimonio y muerte en Asturias» (Muséu del Pueblu d'Asturies, 1998). Que las cencerradas «y otras burlas» eran un mal común por entonces en toda España queda demostrado por el hecho de que una de las preguntas de aquella encuesta se dedicaba, precisamente, a recoger las costumbres de los pueblos cuando una pareja mayor, o en desigualdad de edades (ganando ella) o en segundas nupcias contraían matrimonio.

«Las cencerradas», dicen para el caso asturiano, «son aquí verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables». El asunto, en efecto, tenía poco de gratificante: cuando se efectuaba un enlace aparentemente indecoroso, una multitud acudía a la casa donde se celebraría la noche de bodas, gritando desaforadamente y haciendo sonar choques de latas, cencerros, zambombas y cornetas; voceando, cantando letras jocosas y, en un último extremo, apedreando las paredes. Increíblemente, se sorprendía EL COMERCIO en una fecha tan lejana como 1886, aquellas fiestas tan poco edificantes no solían tener respuesta por parte de los afectados. Y menos mal. «No aprobamos este género de manifestaciones», censuró el reportero, «que atacan a la libertad individual».

Nueve días de ópera bufa

Nueve días de ópera bufa

«Desde el día nueve de abril

al dieciocho que estamos

todos en grande alegría

la cencerrada tocamos»

Por aquel entonces, en aquellos finales del XIX, la costumbre estaba extendida por todo Gijón, también en la villa, donde la guardia municipal y los serenos acababan por enfrentarse a los festejantes. En 1885 ocurrió varias veces, en Cimavilla, en la Rueda, en El Carmen y en El Humedal. «Hay espectáculos repugnantes que acusan un grado de cultura muy rebajado», leyeron los gijoneses por aquel entonces, en las páginas del diario decano, «y el de las cencerradas entra en el número». Volviendo a la encuesta del Ateneo: en ocasiones algunas cencerradas duraban nueve días pero, a principios del siglo XX, habían logrado reducirse a meras chiquilladas... pero solo en las ciudades más grandes. Las aldeas se llevaban lo peor, una auténtica ópera bufa orientada a humillar a los novios:

«El primer día de fiesta después del domingo siguiente a la boda, ponen la extremaunción». Decenas de personas vestidas de blanco y «armadas» con velas untaban a otras dos que, interpretando a una pareja decrépita, se caracterizaban como los novios. «Al día siguiente se verifica el entierro». Cuando la cuestión era que la novia estaba en segundas nupcias, se hacía el teatro interpretando el entierro del marido anterior. Pero era, sobre todo, el ruido. Latas, algaradas metálicas, voces y gritos que no solo molestaban a los novios, sino también a los vecinos. Quizá fuera este el motivo último por el que las cencerradas comenzaran a censurarse especialmente en la ciudad, aunque siempre hubieran estado tipificadas como escándalo público y sancionadas monetariamente. De uno a cinco duros podía costar la broma, por cabeza, aplicando el Código Penal de 1870.

Las costumbres de la «Old Spain»

Las costumbres de la «Old Spain»

«A la novia le deseo

larga vida y placentera,

que viva treinta y nueve años

que es lo que tuvo soltera.»

«Siempre condenamos esas manifestaciones que nadie tiene el derecho de hacer», anunció EL COMERCIO en 1881 con motivo de otra que hubo en la villa gijonesa, «y doblemente las condenamos por la molestia que produce al vecindario». Pero las costumbres, ya se sabe, cuando se arraigan cuesta quitarlas, aunque todos las condenen. En 1913, sin que mediara boda ni motivo, se celebraría una general en Veriña, por aquello de la tradición y de las dificultades que, ya por entonces, ponían las autoridades al jacarandoso espectáculo. Medio siglo después, ya eran una cuestión del pasado, aunque de cuando en cuando aflorasen, enraizadas en aquella «Old Spain» que se resistía a morir.