L'Evanxeliu según Napoleón

L'Evanxeliu según Napoleón

En 1861, el sobrino del militar francés promovió la traducción al asturiano del Evangelio según San Mateo. Se lo encargó al futuro obispo de Mondoñedo

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Arrimáivos, y mirái'l sitiu, á ú' estaba puestu'l Señor.» Letra a letra, así, literalmente, un técnico inglés cuyo nombre no ha pasado a la Historia fue creando las planchas del primer y, quizás, único libro en asturiano que jamás se haya editado en Londres. Rondaba el año 1861 cuando el Evangelio de San Mateo, uno de los cuatro del Nuevo Testamento y, por aquel entonces, de los textos más populares de Europa -también de la Cornisa Cantábrica-, fue impreso en asturiano en una acción que se torna aún más sorprendente, para quien desconozca la historia, al conocer quién la impulsó.

Baste ver su retrato para retrotraernos unas cuantas décadas atrás al curioso momento, porque la cara de Louis Lucien, el filólogo que montó el tinglado, es un calco a la de su famosísimo tío. Poderosa es la genética, como poderoso fue para el mundo que, por entonces, estaba a punto de morir, el apellido de ambos: Bonaparte.

Sí, no eran buenos tiempos para la estirpe. Napoleón llevaba cuarenta años muerto y, aunque hacía una década escasa que se había instaurado el Segundo Imperio francés bajo el dominio de Napoleón III, sobrino del corso más famoso de la Historia y, por tanto, primo de nuestro protagonista de hoy, a él también estaba por acabársele la fiesta. En 1870, nueve años después de la impresión del Evangelio, la estirpe de los Bonaparte cayó en Sedán y, con ello, todo un modo de entender el mundo. Pero a todo ello, a pesar de la familiaridad, permanecía ajeno Louis Lucien. Príncipe, sí, pero desganadamente, al sobrino de «le petit caporal» le interesaban cosas más mundanas que la política.

Si a su hermano Charles le habían apasionado, desde que era apenas un mico, los pájaros -y así fue que se convirtió en un famoso ornitólogo que le pondría a un tipo de paloma el nombre de su mujer, Zenaida-, lo de Louis Lucien fueron los idiomas. La historia comienza a encajar.Porque, además de todo, dentro de la filología Louis Lucien se entusiasmó por los complicadísimos entresijos del euskera y, para conocerlo de cerca, comenzó a visitar la Cornisa Cantábrica a la mitad del siglo XIX. De cómo entre viaje y viaje decidió comparar, en 1861, cuatro lenguas más sencillitas, aunque solo fuera por su cercanía con su francés materno. La cuestión es que el insigne lingüista promovió la traducción del Evangelio al asturiano, al gallego, al portugués y al castellano y aquí, entre uno y otro de sus campos de interés, le tocó la tarea a quien me disculpará el lector el referirme con cierta familiaridad: Manolín Castro. Porque así es como, parece ser, llamaban sus coetáneos a Manuel Fernández de Castro, presbítero y poeta ovetense, que nació en el 9 de la calle que lleva su nombre y que llegaría a ser, con el tiempo, obispo de Mondoñedo.

Nada raro que fuera un religioso quien elaborara una de las primeras traducciones al asturiano de una prosa tan culta como el Evangelio de San Mateo, en tiempos en que la cultura se adquiría en los seminarios y en que los curas tenían contacto constante con una población desde luego hablante de asturiano. Aún faltaban veinte años largos para que naciera el Padre Galo, el más famoso de todos los eclesiásticos que pusieron negro sobre blanco un idioma al que nadie se había molestado aún en ordenar gramaticalmente, pero Manolín Castro -quizás ayudado por seminaristas de zonas más alejadas del área central, apunta Oliva Armayor, lo que explicaría la irrupción en el texto de usos de las variantes dialectales oriental y occidental del idioma asturiano- redactó un Evangelio en exquisito asturiano central, como también había traducido antes la bula 'Ineffabilis Deus' y creado no pocos poemas de carácter religioso.

Fueron apenas doscientos ejemplares los que en 1861 vieron la luz en Londres de 'L'Evanxeliu según San Mateo', y prácticamente todos han desaparecido. Quedan, que se sepa, cinco; y solo uno, el que pertenece a la colección privada de Inaciu Galán, está en Asturias. Tampoco, como su obra, Manolín Castro murió en su tierra. Fue a hacerlo a Lugo, en 1905.

Sobrevivió en catorce años a su valedor, el Bonaparte, cuya pasión por la lengua vasca se materializaría en vida -se acabó casando con una vasca- y obra -no pocas de sus conclusiones sobre el idioma se han mantenido en la picota de la investigación hasta hace no tanto-. ¿Y qué hay, ahora, de la lengua que ellos, hace ya más de ciento cincuenta años, se empeñaron en hacer valer? Ahí sigue, capeando el temporal que suele cernirse siempre sobre las lenguas minoritarias, las que se hablan con el corazón pero no con la cartera. «Que'l Niñín les quiera / y faiga caricies, / y peine so llana / coles manines», escribió, una vez, Manuel Fernández de Castro, en referencia a unas ovejas que se regalan a un bebé recién nacido. «Qu'Él mesmu les eche / cabe si xunitines, / y los pies-yos tape / pa que non se enfríen». Igual que él había cuidado de un idioma en retroceso al calor de las páginas de un libro inglés.