Tragedia a cien millas de Gijón. La tuerta suerte del Luis Puebla (1941)

Tragedia a cien millas de Gijón. La tuerta suerte del Luis Puebla (1941)
ARANTXA MARGOLLES BERAN

La explosión de una caldera llevó al traste, hace setenta y ocho años, al buque pesquero 'Luis Puebla'. Ocurrió a cien millas de Gijón y los cuerpos, así como el barco y las setecientas cajas de pescado que contenía, no se pudieron recuperar jamás.

Aquellos días en que el Luis Puebla se perdió en lo más profundo del Cantábrico, Gijón quedaba muy lejos de Berlín. «Pues menudcosa», dirá el lector suspicaz, «tanto como lo está ahora». Pero no: un poco más. Porque en los periódicos del día de la tragedia, las noticias locales giraban en torno al precio de las hortalizas, abusivo por lo demás en la España del racionamiento, pero las ilustraciones se reservaban para las «obras cumbre de la técnica alemana». «La locomotora más rápida del mundo», decían, «es este gigante aerodinámico construido en Alemania por Borsig, actualmente en servicio para el recorrido de Berlín a Hamburgo». El coloso alcanzaba los doscientos kilómetros por hora mientras aquí el estado de la técnica llegaba a los anuncios de Barachol, «ideal contra la sarna; sin baño ni desinfección de ropas, aplicando la pomada solo en las manos».

Así éramos cuando se hundió el Luis Puebla. Un señor pesquero, no se vayan a creer; nombrado en honor a un familiar del armador, Honorato Puebla, y que había acompañado a otro de idénticas características, el Juan Puebla, a la pesca de altura, el 27 de abril, en las costas francesas. Y no se dio mal la cosa: volvieron a Gijón con seiscientas cajas de pescado el Juan y setecientas el Luis, sin que nadie ni nada pudiera prever la tragedia que estaba por ocurrir a apenas cien millas del puerto. Había marejada, bien es verdad, pero el Luis Puebla estaba construido para aguantarla y no era el tiempo como para asustarse en aquel Gijón de 1941 al que tardó tanto en llegar la primavera.

No: el Luis Puebla se hundiría por una causa muy pocas veces vista, que solo pudieron contar los tripulantes del Juan Puebla, librados de los trozos de la caldera de su buque hermano que, de repente y sin mediar aviso, reventaron, saltando por los aires reconvertidos en perfecta y mortal metralla. A bordo iban doce hombres. Solo tres, y eso a pesar de los esfuerzos del Juan Puebla -que, como recordaba EL COMERCIO en su edición del diez de mayo, «estuvo más de tres horas alrededor del lugar del accidente, con el fin de salvar algunas vidas»- pudieron volver, sanos y salvos, a casa.

Eran Alfredo Vega, Jacinto Marcilla y José Antonio Fernández, todos marineros y naturales, respectivamente, de Gijón, Lastres y Candás. Y podría decirse que también fue superviviente un cuarto que no iba a bordo, Silverio Serrano, «el cual, por azares del destino, quedó en tierra en el presente viaje, sustituyéndole el infortunado Pedro Izaguirre». Izaguirre, candasino como Raimundo González y Ramón Menéndez, fue víctima mortal; y también el patrón, Jesús Fernández, de Tapia; el maquinista, Segundo Leis, de Muros; un fogonero de Betanzos, Antonio Lago; los marineros Benito y Eugenio Entenza, de Marín, hermanos; y Francisco Román, natural de Villajoyosa. Solo se habían salvado los tres marineros que dormían en la proa del barco y que, disparados por los aires como producto de la explosión, automáticamente perdieron el conocimiento, recuperándolo tan solo una vez ya estaban sanos y salvos en el Juan Puebla.

Fue la noticia del día en Gijón, aunque llame a mentira el porcentaje de información que transmitió la prensa local en comparación con los vaivenes -que no eran pocos en aquellos tiempos- de la política internacional, para los que se reservaba la portada y, como mínimo, la mitad de los ejemplares que el diez de mayo, en cambio, se anunciaron al grito de «Desastre marítimo a cien millas del puerto de Gijón». Cinco días más tarde, ocho después de la tragedia, las familias se dieron por vencidas: los cuerpos, engullidos por un mar rabioso, se habían perdido para siempre. No hubo féretros, aunque sí funeral, en la iglesia de San José y con la presencia del alcalde gijonés, el jefe local de FET y de las JONS y tres párrocos presidiendo ante la multitud que asistió a despedir, aunque virtualmente fuera, a los marineros del Luis Puebla. En el centro de la iglesia, un monolito donde depositar las coronas de muerto honró sus almas. Las mismas que hoy, setenta y ocho años después, siguen perteneciendo a la mar.

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