Aquel ocho de septiembre de hace cien años

En los actos de coronación canónica de Covadonga -el ocho de septiembre ya se llevaba celebrando más tiempo-, realizados en 1918 ante la presencia de los reyes de España, subyacieron razones históricas que hoy, un siglo después y con un sencillo acceso a las hemerotecas digitales, son fáciles de comprender

Aquel ocho de septiembre de hace cien años
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Alfonso XIII de Borbón y Victoria Eugenia de Battenberg llegaron a Covadonga a eso de las siete y media de la tarde el siete de septiembre de 1918, cuando ya faltaba poco para oscurecer. Si las crónicas medievales hablaban de miles de soldados batiéndose en batalla en el monte Auseva, una buena representación de aquello se la encontraron los monarcas a su llegada: los asistentes se contaban por cientos por cada dedo de la mano e, incluso, muchos habían hecho, y harían hasta el día siguiente, acampada en las inmediaciones del hotel Pelayo, donde se alojaba el matrimonio. Un auténtico fenómeno «fan».

Covadonga, «hacia la gran España»

Son palabras de la publicación «Hojas selectas», editada en Barcelona y que hoy, un siglo después y gracias a la digitalización de la hemeroteca de la BNE, podemos leer. La visita de los reyes a Covadonga en el duodécimo aniversario de la batalla y con motivo de la coronación canónica de la virgen se vinculaba, entonces, a un patriotismo encaminado a olvidar todos los males del desastre colonial que había azotado al ánimo nacional veinte años atrás. «Poco a poco, convencidos de que la crítica negativa de las cosas de España», arrancaba el reportaje, «solo ha servido para acentuar nuestro enervamiento y decadencia, vamos comprendiendo que es necesario olvidar la que llamamos literatura del desastre». Es decir: a autores como Pérez Galdós, Unamuno, o, incluso, a nuestro Clarín.

Pero volvamos al hilo. A pesar de que la prensa provincial da relativa poca importancia a los actos del centenario, más centrada en la posterior visita de los monarcas a Gijón o a Oviedo, se puede seguir fácilmente los pasos de los monarcas en aquella celebración que «Hojas Selectas» prometió como «españolísima». Les había precedido, aunque con un retraso de dos horas por motivos técnicos del tren correo de Castilla desde el que se apeó en Oviedo poco antes del mediodía, el Ministro de Fomento. Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista, fue recibido por todas las autoridades y -háganse una idea del estado de las carreteras asturianas hace cien años- salió para Covadonga a bordo de un Hispano-Suiza que llegó al Santo Sitio seis horas más tarde.

«Allí donde nació España por un milagro de la Virgen y un esfuerzo de la fe…»

«…hay una fuentecica (sic) onde las doncellas beben una esperanza de amor.» Siga ilustrándonos «Hojas Selectas» para decir que el rey, a su llegada, pasó revista a las tropas bajo el estruendo de 21 cañonazos que salían de una de las baterías de la Catedral. Entraron -ella de riguroso azul marino, él con el uniforme de diario de la infantería- bajo palio en la Basílica, donde les cantaron el Te Deum, y, a la salida, presenciaron con la boca abierta cómo el escalatorres Puertollano trepaba sobre una de las torres de la Basílica para plantar allí una bandera española. Y el monte prorrumpió en vivas a España. «La España moderna nació en Covadonga», continúa el reportaje, «y podría ser la fiesta en Covadonga nuestra fiesta nacional.»

Los monarcas hicieron noche en el Pelayo. Y, al día siguiente, la coronación de la virgen se hizo en tiempo récord: a eso de las tres ya estaba bendecida la corona, inaugurado el parque de Picos de Europa y los reyes rumbo a Gijón, donde les aguardaban visitas institucionales y un acto político en el Club de Regatas.

El primer parque

El macizo occidental de Picos de Europa ya era Parque nacional desde el 22 de junio, el primero que se adscribía a la ley de parques de 1916, inspirada en el caso estadounidense de Yosemite y Yellowstone e impulsada por el polivalente Pedro Pidal, primer marqués de Villaviciosa. Los monarcas aprovecharon la coronación de la virgen para inaugurarlo oficialmente a las dos de la tarde del ocho de septiembre, justo después de comer en el Pelayo y justo antes de partir a Gijón.

Previamente, ya desde antes de la primera luz del alba, Cambó había asistido a una procesión de antorchas por la Eucaristía liderada por la Adoración Nocturna. Alfonso y Victoria Eugenia madrugaron menos: a las diez y media llegaron a la basílica, donde fueron recibidos por el cardenal primado, varios obispos y el cabildo. Entraron bajo palio al templo, donde esperaba, cubierta por un paño de terciopelo, la suntuosa corona que a partir de entonces decoraría la cabeza de la santa imagen cada ocho de septiembre, día de Covadonga. Construida por Félix Granda Buylla en Oviedo, la corona une oro, platino, diamantes, rubíes, zafiros y perlas en una suntuosa amalgama que, cuentan, impresionó hasta a la reina. Celebraron una misa. En la plaza de la Basílica -no fue posible hacerlo en la cueva, tal era la cantidad de gente que quiso presenciar el acto- coronaron a la figura y, acto seguido, tras firmar los papeles que certificaban que todo esto había quedado hecho, los reyes se fueron a comer.

«Un milagro de la fe y del sentimiento de la patria»

Pero, ¿qué hubo detrás de aquella explosión de fe en la que, sin embargo, los periódicos asturianos anduvieron más pendientes de los movimientos políticos del rey y de Cambó que de la propia virgen coronada? Nada es casual. Cuando Alfonso de Borbón accedió al trono, al cumplir la mayoría de edad en 1902, el meollo de la política nacional giraba en torno a la «cuestión religiosa» que enfrentaba a los anticlericales, partidarios de la secularización, y a clericales, que preferían la confesionalidad. Los primeros proponían frenar el crecimiento de las órdenes religiosas sometiéndolas a la Ley de Asociaciones de 1887: en caso de no cumplir con los preceptos marcados por ella, podrían ser disueltas. Creían que la Iglesia había precipitado el declive nacional culminado con el desastre colonial de 1898 a base de adoctrinar a la población y moldear sus almas, que era imprescindible separar Iglesia de Estado y reducir los privilegios eclesiásticos. En Asturias, un ejemplo: reciente aún la fundación en Gijón del Colegio Santo Ángel, la de las Hermanitas de los Pobres y la instalación de las hermanas de la Caridad, en 1882 llegó la noticia de que los jesuitas -contra los que Pérez Galdós, uno de los autores a quien «Hojas selectas» había aconsejado olvidar, escribió la muy popular «Electra»- preveían abrir un colegio en la villa. «¿A dónde vamos a parar con tantas monjas y con tantos frailes?», se preguntaba EL COMERCIO en una cáustica gacetilla titulada «Progreso».

Del otro lado, los clericales vieron peligrar su statu quo y convirtieron el catolicismo en militancia. Se organizaron jubileos, peregrinaciones y misas y de esta explosión de manifestaciones públicas de piedad, también, la Almudena y la Sagrada Familia. Para ellos era el sentimiento crítico el que había deteriorado España: ese primer párrafo del «Hojas selectas» que se menciona al principio insiste en esa idea. Defendieron que la Iglesia siguiera siendo el epicentro de la organización social y política del país, cuyos problemas aparte -el caciquismo, por ejemplo, que causó varios muertos en el Infiesto de 1903… aunque esa ya es otra historia- se imbricaban también con los discursos pronunciados desde los púlpitos en un sistema muy bien organizado al que el joven rey, por supuesto, se acogió. Si a todo eso sumamos, también, una cuestión nacional en la que los nacionalismos en Cataluña y País Vasco arrinconaban cada vez más al español, hacemos bingo.

«Reina de España»

«Usar antiguos materiales para construir tradiciones para propósitos nuevos», dijo una vez el historiador de historiadores, Eric Hobsbawn, y la cita, recuperada por Alfonso Botti en su «Clericalismo y asociacionismo católico en España», podría servirnos, en el caso de Covadonga, para recordar que durante aquellos años religión se unía a nacionalismo y viceversa. Así, se recuperaron devociones convenientes para la construcción del discurso político: la mariana, la del Sagrado Corazón de Jesús -«Reino en España»- y la Eucaristía. «Bendita la Reina de nuestra montaña», dice el salve a Covadonga compuesto para la ocasión, hace estos días cien años, «que tiene por trono la cuna de España (…) Reina de los que triunfan, Reina de España». El mito romántico de vincular una batalla ocurrida en el siglo VIII a un constructo que no nacería hasta la unión de los reinos de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, más de setecientos años más tarde, se explica muy bien en el contexto de una monarquía a la que no le quedaban más de trece años de vida en aquella España en cambio. La fe… ya es otra cosa.

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