La odisea gijonesa del cisne irlandés

En 1955, el triste destino de un cisne que llegó desde Irlanda a Xixón mereció un lugar de honor en las portadas de EL COMERCIO. Una pareja de vagabundos lo había intentado vender para caldo en el Mercado del Sur

La odisea gijonesa del cisne irlandés
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Si de un pollo sale un buen caldo, pensaron, ¿por qué no de un cisne? La estampa era de impresionar. Invierno del 55, Mercado del Sur. Una pareja mal vestida, despeinada, con la piel de la cara curtida de muchas noches a la intemperie y evidentemente dedicada al vagabundeo anunciaba a voz en grito, con la más pura convicción, que vendían a buen precio un cisne auténtico, aún vivo, para hacer de su grasa sopa, o 'confit', o lo que quisiera el mejor postor. A sus pies, el bicho: un hermoso cisne que había sido, en mejores tiempos, blanco, con la cabeza destrozada a golpes y medio cuerpo cubierto de petróleo, atontado y agonizante.

La odisea de Evaristo, el cisne irlandés

EL COMERCIO lo sacó en portada. «Un cisne del Támesis agoniza en Gijón». El 19 de enero, al día siguiente de que la extraña pareja fuera pillada por la autoridad intentando vender tan extraña mercancía, todos los gijoneses se engancharon a la que sería la historia del año, para mal y para bien. Aquel hermoso ejemplar, similar a los ingleses del parque Isabel La Católica, había aparecido flotando, medio muerto, en aguas de El Musel, exhausto y herido y apestando a petróleo. Tardó poco en trazarse su verdadero origen, distinto al que el periodista se aventuraba a narrar en la que sería la primera de muchas apariciones del cisne Evaristo en la prensa asturiana.

Si primero se había supuesto que el animal había llegado a Xixón nadando, en menos de 24 horas se conoció la verdad de mano del responsable del advenimiento del hermoso animal a la villa. José Luis Ortiz de Zárate, agregado de máquinas bilbaíno del buque «Atlántico», que permanecía amarrado al Musel, se presentó en la redacción de EL COMERCIO para contar la odisea del cisne. Lo había visto, por vez primera, a su llegada al puerto irlandés de Waterford, en aguas del río Suir. Formaba parte de una bandada de cisnes salvajes, a cada cual más grande y albo, de la que se quedó prendado el vasco. «¿Sería posible llevarnos una pareja para España?», preguntó el joven a un guarda del puerto. «No problem», contestó el otro. Y allí que comenzó la triste, a ratos tierna, historia de Evaristo.

«No fue fácil, ni mucho menos, la aventura», leemos en la portada del día 20. Sin redes ni arma alguna para hacerse con alguno de aquellos magníficos patos desconfiados de cualquier cosa que oliera a ser humano, Ortiz y el irlandés se aprestaron a atacar su propósito al caer la noche, cuando la bandada estuviera durmiendo. Solo así, con nocturnidad, lograron que cayera preso un hermoso ejemplar, tan descomunal como agresivo, al que, una vez subido a cubierta y atadas sus patas al puente del barco, decidieron llamar Evaristo.

Revolución en alta mar

Evaristo, que ahora se debatía entre la vida y la muerte en las jaulas del Isabel la Católica, cuidado con esmero por los operarios a base de papillas de leche y harina y tratado por el veterinario Francisco Medio con inyecciones de aceite alcanforado y compresas de hielo sobre la cabeza, se había acabado por convertir en el niño mimado del «Atlántico», a pesar de hacer abundante gala de la proverbial fama de testarudos que acompaña a todos los de su especie. Porque Evaristo, a pesar de las atenciones de todo el personal de a bordo -el capitán llegó a dictar la orden de que al pato se le respetaba más que a él-, se negaba a comer, comenzando a dar las primeras muestras de debilidad cuando el barco ya zarpaba por alta mar y era imposible devolverle a su hábitat natural. Así, a mitad del viaje, el animal consiguió liberarse, a base de picotazos, de las cuerdas que le amarraban al puente. Y toda la tripulación pensó, aquel día, que no volverían a ver más al buen Evaristo.

Pero se equivocaban.

El secreto de Evaristo

El suceso fue muy comentado en Xixón y, como todos aquellos que levantan pasiones, también tuvo sus detractores. Alguna que otra voz se alzó en acusar a EL COMERCIO de amarillismo por cubrir un hecho que, en épocas no tan sensibles a la vida animal como estas, muchos veían de poco o nulo interés. Lo sabemos porque al año siguiente, en la sección de opinión de los lectores -se llamaba, por entonces, este primer boceto de las Cartas al Director «La redacción y sus amigos opinan»-, Francisco Arias hacía alusión a la polémica pasada relacionándola con un NODO reciente que hablaba de un caso similar. Pero, volviendo a aquellos primeros días del 55, al pobre Evaristo le quedaba aún por desvelar el mayor de sus secretos. Cuando Medio, afanado en limpiar las plumas del animal del petróleo que se había impregnado en ellas, oyó de boca de uno de los operarios la historia y el nombre propio del animal, se echó a reír. «¿Evaristo?», exclamó. «¡Pero si esti cisne ye una hembra!»

Hembra o no, Evaristo se había hecho fuerte en el «Atlántico», sobrevivido a una tormenta que hizo zozobrar al buque aún en alta mar -no dejó de haber, entre los marineros, quien mirase mal al cisne por llevar la mala suerte a la embarcación- y decidido quedarse, cubierta arriba y abajo, con los seres humanos, a quienes no dudaba en perseguir si era menester. Pero, arribado ya el buque a aguas gijonesas, y como si adivinara ya la cercanía de tierra firme, el animal alzó el vuelo. La siguiente vez que vieron al magnífico (debiéramos, en cambio, decir que «magnífica») cisne lo estaban intentando vender, a cambio de nada, para caldo en el Mercado del Sur.

Un trozo de alma del Xixón que fue

«Dicen que los cisnes, con voz escogida y clara, inundan el aire de alegría antes de morir. Que alzan el cuello, dibujando el garabato de una última pregunta, y abren la garganta en estertor defintiivo, como si el instinto les llevara a transformar el suspiro postrero en himno de vida y optimismo». Evaristo trascendió del mundo terrenal al alma de los gijoneses apenas un par de días después de llegar a nuestra costa. «El cisne irlandés murió ayer de madrugada», publicó en portada EL COMERCIO el 22 de enero, dedicándole justo después las bellas líneas que abren este párrafo. No fue una muerte cualquiera. «Ayer, en este periódico, recibimos llamadas y más llamadas preguntando si era cierto el rumor de su muerte. Y es que un cisne», se justificaba ante los chascarrillos polemizadores C., el firmante del suelto, «también tiene importancia. Vale la pena encaramarlo en la cabecera del periódico».

Evaristo fue el primero de los cisnes del parque Isabel La Católica -allí murió, aunque no llegase a nadar en su estanque, como fue el deseo de muchos gijoneses- que mereció el honor de salir en portada, pero no fue el último. Quizás sí el que impulsó en el corazón de los playos ese vínculo especial que, desde hace más de medio siglo, tenemos para con los cisnes del Parque, animales tan intocables para el imaginario gijonés que puede llegar a levantarse en armas, aún metafóricamente hablando, si alguien o algo nos toca a alguno. La primera afrenta, en este sentido, tuvo lugar muy poco después de la odisea de Evaristo, o Evarista, cuando un perrazo anónimo sufrió pena de muerte por habérsela aplicado previamente él a una hembra de cisne negro del Parque. Pero eso ya se contará… a su debido tiempo.

 

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