El pecado del cura llanisco

Hace 260 años, el Tribunal de la Santa Inquisición juzgó a Manuel Bustillo, un párroco llanisco, y a su criado, por haber cometido «actos deshonestos» compatibles con el afortunadamente ya desaparecido delito de sodomía

El pecado del cura llanisco
DANIEL CASTAÑO
Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

A Manuel Bustillo, cura párroco, el arrepentimiento le llegó en la cuaresma de 1744, como si de una revelación divina se tratase. Fue entonces cuando, renegando de su pasado, se auto inculpó ante el Santo Oficio de haber tocado, y de haberse dejado tocar, «deshonestamente» con al menos tres hombres. Por aquel entonces, la homosexualidad era delito -y no dejó de considerarse como tal, desgraciadamente, hasta hace no tantas décadas- punible por la Inquisición. En sus archivos, hoy digitalizados en PARES, se conservan aún las testificales que llevarían, trece años más tarde, a Bustillo y a su criado a prisión. Porque en 1757, creyéndose ya librado de la justicia Bustillo, quién sabe por qué razón alguien creyó conveniente tirar más de la manta. Y vaya si tiró.

Manuel Bustillo García había nacido en Llanes a finales del siglo XVII, aunque el destino le había llevado lejos. En Santolaria la Mayor, la pequeña parroquia en la Hoya de Huesca a la que fue a parar, no caía bien. Era un cura problemático, tan estricto en el púlpito como disoluto en su intimidad. «Le tienen poco respeto», declararía ante el Tribunal de la Santa Inquisición Ramón Montes, de 31 años, vecino del pueblo, «porque busca guerras y discordias entre los feligreses, y cuando predica dice palabras de poco respeto a la iglesia y los feligreses». Para muestra, un botón: «Que, entre otras especies, predicando y citando a San Ambrosio o a San Gerónimo dijo que todas las que bailaban eran hijas de puta…».

«En todas partes se murmura de él (…) Tiene la fama de que sale las más de las noches por el lugar con pistolas», aseguró, por su parte, Martín Garzo. Trece años después de la autoinculpación de Bustillo, había sido Garzo quien levantase la liebre para una nueva acusación. En 1744 el llanisco había confesado haber cohabitado, «intentando la sodomía tres o cuatro veces, sin llegar el caso de la penetración, aunque se ha procurado», con tres hombres: Francisco Franco, Bernardo Lavierre y, sobre todo, con Ramón Godet. Más de una década más tarde, en el verano de 1757, una inoportuna conversación entre Martín Garzo y Diego Escario hizo que Romualdo Benedía denunciase de nuevo al párroco por lo ocurrido años atrás.

De tan detallado, el auto es hasta escabroso. Todo influía para dictar una sentencia más o menos severa: la frecuencia de los actos, la intensidad, el empeño que se hubiera puesto en ellos y el resultado. En todos los acercamientos de Bustillo a otros hombres, por ejemplo, siempre «había seguido la polución» pero, además, la insistencia del párroco para con ellos se llegaba a hacer tediosa, incómoda. Peligrosa. El propio Garzo declaró que, alojándose en la misma casa que Bustillo hacía apenas tres años, este le había propuesto entrar a su cama. Como también a Agustín Calvo, de 30 años, que salió despavorido al observar que el religioso «quería hacer deshonestidades con él».

Ramón Godet

Si con Calvo no lo había conseguido, sí con Ramón Godet. Su antiguo criado, ahora labrador, tenía ventipocos años cuando se hizo público y notorio en Santolaria que cura y sirviente dormían juntos a cada noche, haciéndose -leemos literalmente- «tactos impúdicos». Detenido en marzo de 1758 con embargo de sus bienes, Godet lo reconoció todo. Confesó que todo había empezado un día de máxima bronca, recién llegado Bustillo a la parroquia y ante el anterior cura, ya retirado aunque residente aún en la rectoral. Esa tarde, Godet se había retrasado y, tras la trifulca que se desató al reconvenirle por ello, el llanisco le había dado «chochos y peladillas» -es decir, chucherías-, «le hizo se fuese con él a la cama, le empezó luego a hacer fiestas; le puso las manos en las partes y le dijo: Parece que se te levanta. A lo que le respondió el reo», dice el auto, de hace justo ahora doscientos sesenta años, «también soy de carne, como usted…».

Tras la confesión amable de Godet, sin embargo, se encontraban más detalles que solo los vecinos quisieron contar. Que el chaval, por ejemplo, había dicho alguna que otra vez, en confianza, a algún amigo que si hubiera de decir las cosas que sabía de Bustillo «lo quemarían vivo, pero que no las diría aunque le hiciesen tajadas». Quizás exagerase en lo primero -en aquellos años ya no eran excesivamente habituales las condenas a muerte por lo que se definía como «delito de sodomía»; aunque sí podían conllevar destierro o centenares de azotes-, pero no en lo segundo. En tiempos en los que no dolían prendas en sacar la información fuera como fuera, Godet no llegó a confirmar si eran ciertos los rumores que, de la boca de Joseph Castilla, otro sirviente de la casa, decían que en un viaje a un pueblo cercano el cura había «usado (sic) tantas veces de él que enfermó». O que -y en contradicción con los apenas dos o tres acercamientos que Bustillo había confesado en su día-, una frase recurrente de Godet en torno a todo este entuerto era que «de haber sido mujer, así como era hombre, le hubiera hecho [Bustillo] parir muchas veces».

Los autos -existen dos, el de Bustillo y el de Godet- están inconclusos y no revelan la pena final a la que fueron castigados sendos acusados. Sí que a Godet, cuando le impusieron prisión preventiva a la espera de la sentencia, no se le pudo hallar hasta casi un mes más tarde: estaba, se dijo, a la siega.

Auto Godet
Auto Godet

Es la constante en los juicios por sodomía en una época en la que la homosexualidad, anteriormente castigada por medio del más absoluto terror, comenzaba ya a sumergirse, al menos judicialmente, en una relativa marginación. El delito por sodomía que una vez había llevado ante los tribunales al llanisco y a su criado acabaría por desaparecer, con tal nombre, a mediados del siglo XIX; aunque la homosexualidad no se despenalizaría, sobre el papel, hasta 1979. Más de doscientos años después del tinglado de Santolaria. Y ya tardaba.

Auto Bustillo
Auto Bustillo

 

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