La pelagra, la enfermedad «más horrible y contumaz»

La pelagra, la enfermedad «más horrible y contumaz»

La primera descripción conocida sobre esta dolencia fue la de Gaspar Casal, quien comenzó a observar casos a su llegada a la Asturias del maíz y la boroña en 1717

ARANTZA MARGOLLES

Nunca antes había visto el doctor Casal dolencia semejante a la que cada primavera, sin interrupción y con pacientes que se contaban por centenares, ocupaba las mañanas y las tardes de su consulta del Cabildo ovetense. «No hay otra que la gane a horrible y contumaz», reflejaría, mucho tiempo después de su llegada a la capital asturiana, en un texto de complicadísimo título latino –«Historia affectionum quarundam regiones hujus familiarum»– y, probablemente, sin tener conciencia clara de estar haciendo historia. Nosológica, al menos: nadie, en ninguna parte del mundo antes, había reconocido aquellos desagradables síntomas como una enfermedad propia, y aún menos, como haría Casal allá por mediados del siglo XVIII, relacionada con la carencia de vitamina fundamental para el correcto funcionamiento corporal.

Fue el pistoletazo de salida para el estudio de las enfermedades carenciales y se hizo aquí, en Asturias, la patria de adopción de Casal. Nacido en Gerona y bachiller en Soria, desde que había llegado a Asturias, allá por 1717, Gaspar Casal veía desfilar por su despacho a cientos de personas, frecuentemente de baja condición social, con la piel corroída por una áspera costra que arrancaba de los dedos de las manos, expandiéndose a veces hasta los pies y penetrando, hasta volverse negra como de podredumbre, en la carne viva. A veces, los pacientes llegaban a enloquecer, como si la costra que cubría su piel hubiera penetrado también en lo más profundo de su cerebro; casi siempre se encontraban tristes, débiles y fatigados, y solo se veían libres de aquella condición al llegar el verano, «tal vez a causa de la humedad y del sudor», analizaba Casal. Pero entonces, cuando la costra caía, llegaba lo que el pueblo conocía como «mal de la rosa»: una erisipela que cubría de color rojo brillante la piel, ahora como bruñida, donde antes había habido asperezas, y que, a veces, tomaba forma de collar rodeando el cuello y el pecho.

¿Por qué Casal, que antes que en Oviedo había tratado a muchos pacientes en el centro de España, no había visto hasta su llegada a Asturias estos síntomas? Por aquel entonces, el gerundense razonó que lo único que distinguía a sus pacientes norteños de los otros era la alimentación: aquí, en Asturias, se basaba en el maíz y, aún más concretamente, en su harina, barata y accesible para las clases más desfavorecidas. La boroña se horneaba en cada horno de cada pueblo –rellena de carne solo cuando se podía– y, en el interior, escaseaba el pescado. Así, Casal consideraría en aquella primera aproximación a la enfermedad, a la que definió con su nombre popular –'mal de la rosa'– o con el de 'lepra escorbútica', como endémica de la región, así como también lo eran la sarna, el asma y la lepra, esa dolencia maldita que no pocos confundían, en sus manifestaciones externas, con el mal de la rosa.

Casal fue el primero en verla y en contarlo, pero no el único. Se tardó tiempo en relacionar los casos asturianos –que, en los primeros años, dieron entidad propiamente dicha a la enfermedad, definida por Sauvages en 1760 como 'lepra asturiensis'–, con los que tiempo después se encontraron en Francia o en Italia, donde, en 1771, el doctor Frapolli ideó el término de 'pelagra': 'pelle agra', 'piel áspera'. Aunque no fue fácil quitarle al mal de la rosa el sambenito de 'lepra' –una enfermedad completamente diferente, que se produce por la infección de un bacilo, pero no por una carencia vitamínica– o el de escorbuto' (también se llegó a conocer como 'scorbuto alino'), al tiempo se acabó considerando que todas aquellas enfermedades eran la misma y, para tratar de encontrar su cura, no fueron pocos los médicos que nos vinieron a visitar. Joseph Townsend lo hizo en 1786, dejando un testimonio escrito único por el detalle con el que narra la vida en aquella España de Carlos III; Jean Baptiste Roussel en 1843, y visitó el Oviedo de la pelagra, por cierto, acompañado de Felipe Polo, pariente próximo de 'la Collares'.

Pero esa ya es otra historia. De la pelagra, hoy por fortuna ya más que alejada de nuestros centros médicos, sabemos que se debe a la carencia de niacina o de vitamina B3, presente en el pescado y en el hígado pero muy poco abundante en el maíz o, al menos, con una gran capacidad de perderse por el camino si éste no se trata convenientemente. La miseria que llevaba a la ausencia de otros alimentos hacía el resto en la Asturias del doctor Casal, el primero que la definió tras más de treinta años de oficio en Oviedo que dejaron huella en una ciudad que hoy le honra en el callejero. Sus estudios sobre el 'mal de la rosa' carbayón le valieron el honor de ser considerado el primer epidemiólogo español. Y todo casi, casi de casualidad, porque ¿quién habría definido la pelagra si Casal se hubiera quedado en Madrid, Villa y Corte? ¡A saber!