Prohibidos por la ley: dos historias de amor heterodoxo

Varios expedientes de presos preservados en el Archivo Histórico de Asturias hacen referencia a las estrictas penas que, en tiempos, se aplicaban a los homosexuales por el mero hecho de serlo. Dos casos, uno protagonizado por un avilesino en San Fernando y el otro sucedido en un bar de La Caridad, nos guían por la historia de represión a la homosexualidad en la España del siglo XX.

Prohibidos por la ley: dos historias de amor heterodoxo
Arantxa Margolles
ARANTXA MARGOLLES

Los primeros rayos de sol del día arrullaban el aire de primavera de la playa de Camposoto, Cádiz, de forma tal que a J. le fue imposible no dejarse llevar. El arenal para ellos solos, los veinte años, la soledad en el servicio militar en San Fernando y la atracción irremediable que el avilesino había sentido, nada más ingresar en la Marina, por el hombre que le acompañaba. Alguien les vio. Hoy, los papeles de su sentencia pueden leerse en el fondo de expedientes de presos del Archivo Histórico de Asturias: los amantes, acusados de atentar contra el honor militar, fueron condenados a seis meses y un día de prisión.

Escándalo público y otras hierbas

No son los únicos. En medio del olor terroso de los miles de legajos que se conservan en este fondo, algunos de ellos hacen referencia a historias muy similares a las de J. «Faltas contra el honor militar», «abusos deshonestos», «escándalo público» o el muy gráfico «sodomía» son los delitos mediante los que se acusa a los hombres que amaban a otros hombres -las mujeres, también aquí, son sistemáticamente silenciadas por los papeles- durante gran parte del siglo XX. De los primeros es, con sentencia del 17 de abril de 1940, el caso de F., un hombre de La Caridad el cual, frisando los cuarenta años en el verano del 38, fue arrestado tras haber protagonizado «actos y tocamientos deshonestos» con un joven de diecisiete años que, a la llegada de la autoridad, pudo echar a correr. F. no. Los hechos habían ocurrido en el bar «Espada», en La Caridad, y la sentencia -de dos meses y un día de arresto mayor que se quedaban cortos ante los casi dos años de prisión preventiva que había sufrido el reo, así como una multa de 1.500 pesetas- se ejecutó a pesar de las intentonas del abogado defensor, que trató de convencer a los presentes de que su representado había obrado «en un momento de trastorno psíquico».

En aquella ocasión, F. había sido acusado del delito de escándalo público, derogado cincuenta años después. Caminaba ya en España -desde 1933- la Ley de Vagos y Maleantes, popularmente conocida como «La Gandula», que, ya en época franquista fue modificada para incluir específicamente a los homosexuales en la terna. «A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena» -es el artículo sexto, número dos, de la nueva ley de 1954- «o exploten menores de edad, enfermos o lisiados» se les castigaba con el internamiento en un establecimiento de trabajo, especial y separado del resto de reclusos en el caso de los homosexuales.

Los amantes del Nervión

Malos tiempos para quienes vivieran el amor de forma heterodoxa. El caso que abre este artículo, el del marinero avilesino, ocurrió en 1956 y congregó, un año más tarde, a un Consejo de Guerra que escuchó, testigo a testigo, las intimidades de la pareja, desveladas por las declaraciones de otros marineros del dragaminas «Nervión», el lugar donde todo se había fraguado. Leer hoy en la estricta letra 'courier' de las máquinas de escribir de un Tribunal Militar lo que es más propio de una amable novela de amor estremece. Porque los actos, «deshonestos, consistentes en una masturbación que [J.] consintió», ya se veían venir, en opinión de los compañeros del «Nervión». «En el barco de su destino, dichos marineros andaban siempre juntos», se lee, «y varias veces sus compañeros habían observado cómo se gastaban bromas de manos e incluso intentaban mesarse (sic)». Les cayeron seis meses y un día a cumplir en el penal de La Casería de Ossió, muy cerca de la playa donde se habían dejado llevar por las veleidades del amor.

«Vengo de darle dos tiros a García Lorca en el culo, por maricón». Dicen que esa fue la frase que profirió Juan Luis Trescastro, tras conducir al universal poeta a su muerte en una cuneta de Granada, el 18 de agosto de 1936. Aunque penada desde tiempos inmemoriales, en España la homosexualidad había vivido un relativo respiro a la llegada de la Ilustración y la II República; de las ideas de libertad, respectivamente, de los ilustrados y de la ILE. La frase de Trescastro, sin embargo, daba inicio a una etapa bastante diferente. A la remozada ley de Vagos y Maleantes del 54 sucedería, en 1970, la de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que daba un paso más allá: la homosexualidad, aseguraba, podía curarse separando a «activos» y a «pasivos». Descargas eléctricas, lobotomías y torturas se sucedieron desde entonces hasta la llegada de la Transición -en 1979 se eliminaron los «actos de homosexualidad» del cuerpo de la ley-.

En España, por aquel entonces, no podíamos saberlo, pero poco tiempo atrás, en la madrugada del 28 de junio de 1969, luctuosos sucesos ocurridos en un bar neoyorquino de ambiente, el Stonewall Inn, acababan de cambiar la percepción del mundo sobre los homosexuales. Fue el inicio de un movimiento imparable que sigue hoy, a casi cincuenta años desde su fundación, luchando contra las discriminaciones que en su día sufrieron hombres como los asturianos J. o F. Ahí, en los papeles, se narra su anónimo calvario. Por cogerse de la mano. Por intentar besarse. Por vivir.

 

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