Cuando los tribunales asturianos condenaron a los ratones al exilio

Cuando los tribunales asturianos condenaron a los ratones al exilio

Sobre 1530, una plaga de roedores asoló Asturias... y los tribunales eclesiásticos los condenaron al exilio. ¿Una broma pesada? Podría ser

ARANTZA MARGOLLES

De poder imaginarla, la escena es cuanto menos sorprendente. Tribunal Eclesiástico, a un lado, en el banquillo de los demandantes, los humanos; del otro, los demandados, miles de ratoncillos peludos y orondos, bien alimentados de puro robar; mirándose estupefactos mientras los portavoces de un Dios que no conocen dirimen su destino. Ocurrió, dicen las crónicas, en Asturias, allá por la década de 1530. Y no son crónicas escritas por cualquiera, no. El primero en contarlo fue Gil González Dávila, cronista real que en 1635 narró cómo había encontrado la historieta en unos papeles de verdad, pertenecientes a un canónigo ovetense que residía en Salamanca. Y esa historia decía así.

Que siendo Obispo de Oviedo don Fernando Valdés hubo una plaga de ratones «que talaban los frutos y cosechas; no bastaron conjuros». Apremiados por el hambre y la desesperación, los asturianos llevaron el caso a la justicia, frente al provisor Diego Pérez –que también, no se vaya a creer el incrédulo lector, existió de verdad–, y este, siguiendo al punto lo previsto por la justicia, les asignó abogado defensor a los animalillos. «Dios, a estos animales, como criaturas suyas, les ha enseñado para el sustento de sus vidas los frutos y frutas de aquellos dominios», alegó el letrado, pero de nada sirvió: Pérez dictó sentencia en contra y exilió a los ratones a «lo más encumbrado» de unas montañas que Dávila no especifica de primeras, pero sí después, situando el exilio ratonil en Babia.

¿Les suena la historia? Los candasinos esbozarán una sonrisa, porque punto por punto va coincidiendo, según se la narro, con la del pleito de los delfines del cual dice un documento de 1824, aún conservado, que ocurrió allí allá por las mismas fechas. En aquel caso, claro, al ser los delfines animales de agua, hubo de trasladarse el juicio a alta mar, y los argumentos y la sentencia fueron aproximadamente los mismos que con los que se sancionó a los ratoncillos. Pero la historia de estos últimos alberga más detalles, según el relato de Dávila, porque los múridos se negaron a salir del territorio astur y hubo de repetirse el juicio. «Respondieron suplicando (...) que para ir al lugar que señalaban había ríos y arroyos, por donde no podían pasar sin daño manifiesto de sus vidas, que su merced mandase poner puentes para ello». Y Pérez los puso. «Fue cosa maravillosa», termina Dávila, «que los veían venir a bandadas, obedeciendo y temiendo las censuras a tomar el paso de las puentes, sin que el día siguiente se hallase en todo aquel término uno solo».

Pero... ¿hubo algo de verdad en esta fantástica historia? Cierto tiempo después, nuestro ilustre ilustrado Fray Benito de Feijoo negó la mayor, sorprendiéndose que alguien tan culto como Dávila hubiera caído presa de la superchería popular. «El deseo de agradar», decía Feijoo, «es un golosina casi común a todos los hombres, y esta golosina es raíz fecunda de innumerables mentiras». Era obvio que alguien se la había colado a Dávila, porque no todos los documentos tienen por qué decir verdad, pero el tinglado, además, adquiría para Feijoo una importante vertiente teológica: ¿Pueden los animales, que no tienen Dios, ser citados a juicio ante un Tribunal Eclesiástico? Evidentemente no, y el caso era que la historieta, aventuraba no sin razón el religioso, se repetía aquí y acullá. En Candás, con delfines; en Portugal, con una plaga de hormigas; en Francia, con sabandijas. E, incluso, en la antigua Grecia: en 'La Batracomiomaquia', una parodia de la 'Ilíada' y a veces atribuida a Homero, la pugna entre ratas y ranas acababa siendo lidiada y sentenciada por Zeus.

Era superchería, defendería Feijoo. Pero aquella historia imposible de los ratones exiliados también pudo haber sido una sátira, descarnada y absurda –como las buenas sátiras– que coincide en tiempo y forma con la figura real de uno de sus protagonistas, Diego Pérez. Dice González Novalín en su biografía sobre Fernando de Valdés, ínclito obispo de la época que llegaría a inquisidor general –uno de los más estrictos, protagonista de no pocas quemas de libros heréticos–, que precisamente en los años en los que se fraguó la historia andaban en pugna las iglesias y los monasterios asturianos con el Rey. Carlos V pretendía cobrar de ellos una cifra excesivamente elevada, en opinión de los clérigos, que amenazaron con dar cuentas al obispo Valdés. En todas aquellas pugnas medió Pérez, y en todas ellas para mal, implantando penas a doquier, tan irreverentes, en algunos casos, como el surrealista pleito ratonudo que los documentos aseguraron mucho después que protagonizó. ¿O es que acaso se creían que el fondo que subyace tras las revistas satíricas de nuestra época, de los memes risibles de internet o de nuestros chistes de barra de bar era nuevo? ¡Nada está inventado!