'Xuaniquera', el archivo andante de Xixón

'Xuaniquera', el archivo andante de Xixón
Daniel Castaño

Juan Lavandera y Arce fue uno de los personajes más populares de la decimonónica villa de Jovellanos.

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

No queda ya gijonés vivo que haya podido coincidir, en sus paseos frente a la mar, con Juan 'Xuaniquera'. Pero aquel tipo de memoria prodigiosa, archivo andante del Xixón de antaño, fue uno de los personajes más populares (o impopulares, según se mire) de la decimonónica villa de Jovellanos.

EL COMERCIO anunció su muerte en los primeros días del año 1903. Juan Lavandera y Arce, 'Xuaniquera' para todos los gijoneses, había pasado a mejor vida el ocho de enero y aquella sería la primera fecha en mucho tiempo que, por motivos obvios, no sería capaz de recordar. Una capacidad prodigiosa para la memorización de las fechas de bautismo, matrimonio y defunción de todos los gijoneses que se sacramentaban en San Pedro le había hecho popular ya décadas atrás: todas en las que 'Xuaniquera', para cumplir al ciento por cien con su esencia, fue viejo. Y, considerando que murió a los ochenta años en una época en la que ya se era anciano con sesenta, no era precisamente poco tiempo.

Fue 'Xuaniquera', según los cronistas, un viejo de pelo cano, pequeño, ligero y afilado como un ratón de biblioteca, que efectivamente lo era. Vestido de negro de la cabeza a los pies, al más puro estilo seminarista, Juan Lavandera había vivido toda su vida como notario eclesiástico en la parroquia de San Pedro. Quien haya leído -y disfrutado, que va en el lote- de «Todos los nombres», del portugués Saramago, encontrará cierta analogía entre su protagonista José, anodino funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, y el anciano 'Xuaniquera'. Obsesionados ambos con nombres y fechas, decían de Juan Lavandera que era capaz de trazar las genealogías de todos sus contemporáneos con el más leve esfuerzo mental.

Nada baladí en el Xixón decimonónico. En época en que los matrimonios solo podían consagrarse aduciendo un mínimo grado de parentesco, mentes prodigiosas como las de 'Xuaniquera' podían apañar el asunto en apenas media tarde. Recordaba Fabricio, el periodista que hizo conservar la memoria del anciano en su serie Tipos populares del Gijón de antaño (la publicó EL COMERCIO entre los años 1945 y 46), las típicas charlas que, a voz en grito -porque a Xuaniquera no le falló nunca la memoria, pero sí el oído-, solía protagonizar «en el bable gijonés que a la sazón se usaba». Vaya allá un ejemplo:

Ah, rapaz, tú ¿de quién yes tú?

De Ruperto y Teresa.

¿Los de la calle de la Barraca?

Los mismos.

¡Bien los conozco! ¿Y tú, neña?

De Mingo y Antona.

Ya, ya, de Mingo el Gurriatu y Antona la Cacipiera, que viven en el número 6 de la calle de la Fundición. Muy bien, sois de muy buenes families y non tenéis pizca de parentesco.

Y de vuelta, al novio:

Tu padre Ruperto, que en paz descanse, era nietu del Raposu de Ciares que ganó el premiu de gaita en la feria de San Fernando del añu 34, y tu madre era fía de Pachín el Mieleru que casó con una hermana del cuñáu del Cura de la Abadía precisamente el día de San José del añu en que estuvo aquí María Cristina.

¡Casi nada! Obtenía, sin embargo, 'Xuaniquera' el apodo -un tantito despectivo aunque ya tan extendido en el imaginario popular gijonés que no tuvo más remedio el buen hombre que aceptarlo- años después de censurados los matrimonios, cuando podía reconvenir sin deje de dificultad a las señoras que, coquetas, se quitaban años. A todas las conocía y de todas recordaba haberlas inscrito, recién nacidas, en el registro bautismal de la parroquia, en un año muy anterior al que ellas quisieran haber sido.

No lo hacía 'Xuaniquera' a mala fe sino, más bien, por el mero afán de la exactitud y la estadística, doctrina que manejaba con exquisita precisión. «Intervenía el finado», recordó EL COMERCIO en su obituario, «en cuantas negociaciones de carácter estadístico se presenciaban en casamientos, contratos y en otros asuntos de índole judicial y eclesiástica, siendo muy preferido por sus grandes conocimientos prácticos y por su acrisolada honradez». Veintitrés años después de su deceso, cuando le tocó a su hija Felisa rendir cuentas al cielo, el diario glosaría también la figura de Juan Lavandera Pescalín, el hijo mayor de 'Xuaniquera' y aparentemente heredero de la prodigiosa retentiva que caracterizó a su padre. Ella, soltera, había permanecido siempre al servicio del hermano, recta y laboriosa y -agárrense, que vienen curvas: las esperables hace casi un siglo- de una inteligencia dizque «varonil».

Ambos, hija y padre, eran ya por entonces el recuerdo del Xixón que fue. El previo a la industrialización, aquel en el que se podían trazar árboles genealógicos de casa en casa del barrio alto -la de 'Xuaniquera' estaba en la calle Santa Rosa- y encontrar «ocho apellidos asturianos» aún al menos plantado de los playos. «En estos tiempos», lamentaba en cierto modo el obituario de 'Xuaniquera', «en los que por el desarrollo creciente en nuestro pueblo van invadiéndolo gentes forasteras, quedando ya muy pocos de aquellos gijoneses natos que presenciaron el primitivo desarrollo de Gijón, tiene mucho de pesarosa y de sentida la desaparición de una persona de las especiales condiciones de don Juan Lavandera». Ciento quince años han pasado ya. ¿A quién reconocería ya el buen 'Xuaniquera'? ¡Los tiempos!

 

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