«Soy un producto de la movida»

Luis San Narciso, director artístico de Globomedia, en una apasionado de Gijón. / JOAQUÍN PAÑEDA
Luis San Narciso, director artístico de Globomedia, en una apasionado de Gijón. / JOAQUÍN PAÑEDA

El director de casting Luis San Narciso creció libre en Mieres y en los salvajes 80 hizo de Madrid su hogar: «Es tan importante para el ser humano viajar... te enriquece, te hace tolerante, abierto a todo, es una escuela»

M. F. ANTUÑA

La peli comenzó en Mieres en 1959. Ese año venía al mundo el segundo de los seis hijos de Luis, médico, y Marisa, ama de casa, llamado a heredar la bonhomía de él y el talante más fogoso y el sentido del humor de ella, llamado a salir de la cuenca y hacerse un nombre propio en la historia del cine español allende Pajares. Luis San Narciso, el director de casting que ha descubierto a decenas de actores triunfantes de pantallas grandes y chicas, que ha trabajado con Almodóvar, Amenábar y Woody Allen, no presume de sus éxitos, sino que más bien tiende a hacerlos de menos, huyendo como alma que lleva el diablo de cualquier forma de pretenciosidad.

«Yo creo que la cuenca minera es una raza especial, estamos acostumbrados a la vida y la muerte y eso marca un carácter», afirma. El suyo está marcado a fuego por ese Mieres en el que creció en libertad, jugando en la calle, a cuatro patadas del monte y el lugar primigenio de todos sus mundos del que un día se quiso marchar. Quería dedicarse a asuntos escénicos y era obligado cambiar de escenario. Y en el 80, con 20 años, hizo un viaje que dio un vuelco a todo. «Fui con unos amigos a Almería, al cabo de Gata, en un dos caballos. Ellos estaban en Madrid y me animaron a que fuera para allá». Jaime Juanes, un hermano más que un amigo que acaba de fallecer y que aún hoy le tiene con los ojos tristones, era uno de aquellos viajeros.

Anunció en casa la mudanza y se fue a Madrid en plena vorágine de los 80. «Te puedes imaginar», dice, y no niega que es mucho lo inconfesable que no va a confesar de aquellos tiempos nuevos y salvajes. «Soy un producto de la movida madrileña, me identifico mucho con ese movimiento cultural». La ciudad le acogió estupendamente, se tomó copas con Antonio Banderas, con Imanol Arias y con «tantísima gente» que acabó por hacer de Chamberí su hogar. Madrid le ha visto cambiar y crecer, hacerse grande en todos los sentidos. Si su periplo comenzó como ayudante de dirección en el teatro, otro viaje, esta vez a Londres, dio otro giro de guion. Seis meses en la capital británica a finales de los 80 le convirtieron oficialmente en director de casting. Fue uno de los pioneros cuando en España aquello ni existía. «Londres es una ciudad muy importante para mí», resume. Lo es también Nueva York, «por el teatro de Broadway, por el off, porque descubrí una ciudad que me volvió loco». Su literatura es anglosajona y esas dos urbes estelares lo son. Viajero muy repetidor, adora Roma y París, se enamoró de Colombia y de Buenos Aires, y aún tiene en el África subsahariana caminos por transitar. «Hay tantos sitios en el mundo, es tan importante para el ser humano viajar... te enriquece, te hace tolerante, abierto a todo, es una escuela».

Pero, hasta la fecha, el camino de su vida es un Asturias-Madrid con parada en Mieres, pero con destino final en Gijón. En la que fue ciudad de veraneo infantil tiene ahora instalada su casa. En Cimadevilla: «Gijón es el mar, que te da otro horizonte, y es un sentido del humor con el que me identifico, en Gijón relacionarse es fácil, en cualquier sitio te dan charla, te sientas en su banco y ya tienes conversación y de verdad, cariñosa y simpática». Presume de ese carácter y goza invitando foráneos a catarlo y a deleitarse con las bondades de una vida sin aire acondicionado. «Me gustar estar al lado del Muelle, de la cuesta del Cholo, de la punta Lequerica, me gusta traer a gente a Gijón, darles un paseo y sentarnos a tomar una botella en la Cuesta y luego subir al cerro y llegar a San Pedro y ver esa playa que parece Copacabana».