Lucía Feito, psicóloga: «La conducta de los adolescentes habla, incluso cuando ellos no lo hacen»
La psicóloga Lucía Feito da una serie de claves para saber si a los hijos adolescentes le pasa algo cuando ellos no quieren hablar
La adolescencia es una etapa intensa, llena de cambios y preguntas. Muchos padres sienten preocupación cuando notan que sus hijos se aíslan, contestan mal o simplemente dejan de compartir cómo se sienten. Aunque lo ideal sería que hablaran abiertamente, la realidad es que, en muchos momentos, la comunicación directa con un adolescente no fluye.
Pero eso no significa que no puedas saber cómo está. Su conducta habla, incluso cuando ellos no lo hacen. Antes de mirar las señales de alarma: entender qué está pasando «por dentro»
Para poder acompañar mejor a un adolescente, es imprescindible comprender qué hay detrás de ciertas actitudes que, a primera vista, pueden resultar desconcertantes.
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1
No te habla… porque aún no sabe qué le pasa
En la adolescencia, el cerebro está reordenándose. A menudo sienten emociones muy intensas, pero todavía no encuentran palabras para explicarlas.
No es que no quieran hablar: a veces no pueden.
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2
Se encierra en su habitación… porque necesita intimidad
La búsqueda de identidad requiere espacio. El cuarto deja de ser solo un dormitorio y se convierte en su refugio, su laboratorio emocional.
No es necesariamente rechazo hacia la familia.
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3
Se muestra irritable… porque está aprendiendo a regularse
Su sensibilidad está aumentada. Lo que para un adulto es «una tontería», para ellos puede sentirse enorme. Están desarrollando la capacidad de gestionar frustraciones.
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4
Se aleja de ti… porque necesita acercarse a sí mismo
Es doloroso para muchos padres, pero ese distanciamiento es parte del proceso natural de individuación: están definiendo quiénes son fuera de su familia.
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5
Parece pasota… pero muchas veces está desbordado
Cuando no encuentran cómo afrontar algo, la evitación puede convertirse en su mecanismo de supervivencia.
Detrás del «me da igual» suele haber miedo, vergüenza o incertidumbre, no desinterés.
Ayudar a los padres a comprender esto cambia completamente la mirada: se pasa del «me desafía» al «está luchando con algo».
Señales de alarma que no debemos ignorar
Aunque ciertos comportamientos son esperables, hay señales que conviene observar cuando se mantienen en el tiempo:
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Cambios de humor extremos o constantes.
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Aislamiento social mayor del habitual.
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Bajón académico brusco o desmotivación general.
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Alteraciones del sueño o la alimentación.
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Conductas de riesgo, autolesiones o frases preocupantes.
Estas señales no siempre significan un problema grave, pero sí indican que el adolescente está necesitando ayuda que no puede pedir.
Cómo acercarte si no quiere hablar
La clave no es obligarles a hablar, sino crear un clima donde puedan hacerlo cuando estén preparados.
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1
Observa más que interrogues. Presionar para que cuenten lo que les pasa suele generar más cierre. La observación calma: ver, acompañar y sostener sin invadir.
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2
Crea momentos de cercanía sin foco en el conflicto. Cocinar, dar una vuelta en coche, ver una película… actividades que facilitan un ambiente emocional más seguro.
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3
Escucha desde la empatía, no desde el juicio. Cuando se abran, aunque sea un poquito, evita consejos rápidos o frases que minimicen: «Eso no es nada.» «No deberías estar así.» «A tu edad yo…». Lo que necesitan es sentir que su dolor es legítimo.
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4
Pregunta con curiosidad, no con exigencia
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5
En lugar de «¿por qué hiciste eso?», prueba con: «¿Cómo te sentiste después?» «¿Qué crees que necesitas ahora?»
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6
Mantén límites claros (aunque protesten). Los adolescentes necesitan estructura. Les da seguridad, incluso cuando se quejan de ella.
Acompañar sin invadir: la clave
Es posible acompañar a un adolescente aunque no hable mucho. A veces, la presencia tranquila de un adulto es más terapéutica que mil conversaciones forzadas.
La función de los padres es ser faro, no tormenta: ofrecer luz, dirección y calma.
Si notas señales persistentes o te preocupa su bienestar emocional, pedir ayuda a un profesional puede marcar una diferencia enorme. La intervención temprana ayuda a prevenir problemas más serios y, sobre todo, a que los chicos se sientan acompañados, no solos.