El joven que pintaba círculos esotéricos en los parques

J. A. M. / J. M. GODELLA.

Las extrañas creencias y conductas marcaban, según los vecinos de Rocafort, la personalidad de Gabriel C. A., de 32 años, el padre de los niños asesinados. Eso y «comportamientos violentos y agresividad que no mostraba de puertas a fueras».

Si bien algunos lo definenen como «introvertido», no tenía reparos en 'colgarse' en Youtube tocando con su guitarra una pieza de temática religiosa. «El no pecar te da la magia, el no pecar te da la gracia, el no pecar te da el café. Los cuentos siempre acaban bien, pero la magia está en no pecar. Tienes que saber que mañana, cuando los kilómetros se acaben y me encuentre junto a ti, el aire que hoy me guardo en el pulmón, despoja en mi garganta su hollín. Volveré a ensayar frente al espejo lo que tenga que decir», cantaba en un vídeo de hace sólo dos semanas.

Un responsable del bar Saladá de Rocafort recuerda así el paso de Gabriel por el local como pinche de cocina. «Aquí estuvo un par de meses y terminó hace mes y medio. Llegaba a las diez de la mañana con su bici y se marchaba a las doce. Lo recuerdo introvertido y poco hablador». Según describe, «a causa de sus impuntualidades se llegó con él a un acuerdo para la rescisión de contrato». Al parecer, «no daba explicaciones para los restrasos».

Irene, vecina de Godella, lo recuerda con sus dos perros y tocando la guitarra. «Fumaba porros todos los días y olía a marihuana descaradamente», asegura. Según esta residente, María llegó a sufrir «malos tratos» por parte de Gabriel. Sin embargo, no constan antecedentes policiales por estos supuestos hechos.

La misma residente describe la costumbre del sospechos de hacer «círculos esotéricos, como de magia negra, en el parque de la plaza Doctor Cobó, cerca de donde vivían antes alquilados». Vivía, según ahonda la mujer, «en un mundo muy raro de creencias religiosas entremezclado con consumo de drogas».

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