El horror de las violaciones grupales

Los miembros de 'la Manada', en una imagen de los Sanfermines de 2016. / R. C.
Los miembros de 'la Manada', en una imagen de los Sanfermines de 2016. / R. C.

Expertos en el estudio del ser humano atribuyen el auge de ataques de este tipo a la pérdida de valores y piden medidas sociales y educativas

FERMÍN APEZTEGUIA

La sociedad española se horrorizó hace tres años al conocer que cinco jóvenes sevillanos que se hacían llamar 'la Manada' habían violado a una menor en las fiestas de Pamplona. Los cinco, uno por uno, habían participado de la brutalidad, el espanto, de lo peor que cabía imaginar. Impactada, la gente se llevó las manos a la cabeza, queriendo creer que la atrocidad se trataba en realidad de un hecho aislado. Pero se equivocó. Los monstruos no estaban solos, como demuestra la reciente violación en Bilbao de una joven por seis individuos, y el ataque de una danesa por cinco tipos en Benidorm. Las cifras resultan demoledoras. Hasta 135 agresiones sexuales en grupo se han registrado en España desde aquellos 'sanfermines' de 2016, 43 solo este año, según un estudio del proyecto 'Geoviolencia sexual', impulsado, a falta de informes oficiales, por Feminicidio.net. ¿Qué está ocurriendo?

Psiquiatras, psicólogos y sexólogos coinciden en su análisis. La pérdida de valores humanos en una sociedad que antepone el éxito académico y profesional frente al desarrollo de la persona se presenta como la principal razón de lo sucedido. No es la única. Aunque entre los delincuentes hay depredadores de todo tipo, tanto nacionales como extranjeros, existe entre ellos un porcentaje muy alto de inmigrantes descontrolados, con culturas y formas de vida muy distintas a la nuestra. España se enfrenta al desafío de asumir y afrontar las consecuencias de una inmigración «muy, muy machista», con una concepción «cosificada» de la mujer y que procede sobre todo de El Magreb, Europa del Este y Sudamérica.

«Hay en la sociedad en general una falta de valores humanos, de ética y sentido de la vida que explica, en parte, lo que está sucediendo», razona la psicóloga Itziar de Barrenengoa. Según argumenta, los países occidentales asisten a una decadencia social que se manifiesta de dos maneras. Los jóvenes, por un lado, están siendo educados para el éxito profesional, pero cada vez menos en valores que humanizan como la empatía, la solidaridad, la sensibilidad y el respeto. «Hemos dejado de transmitirlos porque parece que todo lo relativo a valores tiene ese tufillo judeocristiano y de religión que hemos denostado; y todo esto no es una cuestión religiosa, sino de ética y convivencia», recalca.

La sociedad de hoy, por otra parte, es individualista hasta el extremo de que «vive anestesiada». Nada tiene que ver con la de hace 40 años, que se involucraba en la educación de los jóvenes hasta el punto de que la madre ya sabía lo que había hecho el hijo antes de que éste volviera a casa. «Este es el mundo en que vivimos: la población asiste al drama como un espectador más, si acaso lo graba con el móvil y lo comenta en el postre. 'Pobre chica', dirán, pero que no se les moleste, que están de vacaciones»

Un informe del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad (ICFS) de la Universidad Autónoma de Madrid dice que la mayoría de las agresiones sexuales en grupo (55%) se cometen en días festivos o fin de semana, especialmente los sábados (38%). Sus autores son jóvenes de una media de 25 años, frente a los que actúan solos, que suelen tener en torno a 33, porque generalmente los adolescentes -y cada vez la adolescencia es más larga- actúan arropados por la cuadrilla. El catedrático en Psiquiatría Miguel Gutiérrez añade un tercer argumento. Generalmente, actúan en torno a uno o dos líderes, pero todos los miembros de 'las manadas' tienen algo en común: «Son psicópatas, malos, no enfermos mentales».

Más de la mitad de los agresores, según la estadística, procede además de culturas y países donde, «la tolerancia al abuso sexual es mayor, se acepta socialmente». «Este es un fenómeno muy poco estudiado, pero los casos revelan que muchos proceden de sociedades con connotaciones machistas muy fuertes; y todos de ambientes muy marginales».

La población, coinciden De Barrenengoa y Gutiérrez, comienza a tener miedo. La psicóloga defiende que los ciudadanos, a nivel individual, den un paso al frente y cada vez que se produzca un ataque salgan a la calle, «hombres y mujeres juntos», como único medio para poner freno a esta situación. Harán falta medidas políticas, sociales y educativas, pero mientras llegan solo hay una cosa que puede parar a los agresores: la voz de los ciudadanos honrados.

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