«Aquí me traslado a otro mundo»

Belarmino Feito supervisa las obras de su casa natal, que está reformando en Somiedo, aunque vive en Gijón. / DAMIÁN ARIENZA
Belarmino Feito supervisa las obras de su casa natal, que está reformando en Somiedo, aunque vive en Gijón. / DAMIÁN ARIENZA

Además de en su pueblo, donde más disfruta el presidente de la Fade es jugando al tute y al mus con sus amigos de Gijón: «Hablamos de fútbol, de mujeres y de nada» Belarmino Feito rehabilita en la aldea somedana de Perlunes la casa que lo vio nacer

AZAHARA VILLACORTA

«Las bombas cada vez caen más cerca», suelta cuando le preguntan por la muerte. «El sentido común me dice que no hay nada más allá. ¿Pero quién lo sabe si nadie volvió y hay cosas que la mente no alcanza a comprender? Por ejemplo, el infinito. Es un concepto que se me escapa».

-Y eso que ha construido el mayor telescopio del mundo en Asturfeito.

-Pues ni con el telescopio.

No es que al líder de la patronal asturiana, Belarmino Feito, se haya obsesionado con la parca, pero cuenta que, cuando cumplió cincuenta años, hace tres, algo cambió: «No sufrí una crisis. Sufrí una revolución». Y entonces empezó a ir más por la casa en la que nació. Y, algo más tarde, tuvo la idea: «Iba a rehabilitarla por tres razones. La primera, porque me daba la gana. La segunda, porque era un deber moral para con la memoria de mis padres y mis abuelos. Y la tercera, porque en ella soy capaz de vivir otra realidad y trasladarme a otro mundo».

Ese plano paralelo donde el presidente de los 32.000 empresarios asturianos cambia el traje y los líos políticos por unos vaqueros y unas botas de monte y vuelve a una infancia donde solo era el hijo pequeño de los tres que tuvieron Arcadio y Argentina, con raíces que se hunden en la noche de los tiempos en tierras somedanas, es Perlunes, una aldea sobre los mil metros donde «hoy solo vive una familia de forma permanente». Calla el líder que da trabajo a 240 personas y habla el paisano: «Donde Jesucristo dio las últimas voces».

Allí, el niño que fue Belarmino ayudaba a en el bar-tienda de sus padres: «Teníamos El Corte Inglés de Perlunes. Lo mismo podías comprar un kilo de garbanzos que una herradura que ir a tomar un vino». Una patria feliz «con vacas, gallinas, gochos y una huerta con todo lo necesario para autoabastecerse» en la que «no se libraba nadie de ir a la yerba». Era cuando «se tardaba medio día en llegar a Oviedo» y cada dos por tres quedaban incomunicados por una nevadona.

Por eso lleva meses ocupándose «con mucha ilusión de que cada detalle sea lo más parecido a lo que había». E incluso ha recuperado el horno en el que su madre hacía el pan y cuenta como un guaje con juguete nuevo que ha hablado con su amigo Miñín para aprender a amasar. De eso se trata. De recuperar viejas «sensaciones: olores, sonidos, sabores». Y de poder compartirlas, de paso, con los suyos: «Tengo dos hijos veinteañeros, de mi primer matrimonio, Lucía y Pablo, y uno de once años, Pelayo, con mi segunda pareja, de la que también estoy separado».

«Ya me preguntó que si no voy a poner wifi. Así que tendré que ponerlo, porque parece que ahora no son felices con nada. Tienen que tener el móvil de última generación y el último videojuego», afirma con resignación quien estudió los últimos años de la EGB interno en Belmonte y cuyo espíritu emprendedor nació también en el mismo Perlunes. «En aquellos tiempos, vivían en el pueblo unas treinta familias y nadie trabajaba por cuenta ajena ni era funcionario».

Ahora que para unos es 'Belar' y para otros 'Mino', que por primera vez está a dieta por prescripción médica, «hasta que se acomoden los análisis», este hombre al que no le gusta «el asturiano de la Academia» pero que trabaja en recuperar expresiones somedanas, ha bajado el ritmo: compra en el Mercado del Sur de Gijón para luego cocinar -eso sí, detesta planchar, que «la ropa es muy cara para estropearla»-, ha cambiado los gin-tonics por whisky y solo se permite dos habanos a la semana. Uno, mientras sufre en El Molinón. El otro, los martes, cuando va a la sociedad gastronómica La Andecha a comer y jugar al mus y al tute con sus habituales: «Hablamos de mujeres, un poco de fútbol y un mucho de nada». Nunca ha cogido un mes de vacaciones seguido y no necesita más lujos que algún viaje con su novia, sus hijos, sus amigos, «o todos juntos». De Estambul a La Habana. «El Tíbet está pendiente».

Hace casi tres años, su compañero de baraja y risas, Fernando Espina, «decidió que lo sedasen» un martes que tenían partida. «Cuando llegaron los de paliativos, yo estaba con él. Me dijo: 'Venga, compa, que llegas tarde. Busca otra pareja y gana a esos cabrones'. Ese mismo día, cumplía 59».