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Sporting | «Los goles de Uros nos dieron la vida»

Sporting | «Los goles de Uros nos dieron la vida»

Djurdjevic y su padre Zoran, recuerdan con EL COMERCIO los difíciles orígenes del goleador del Sporting | «Nos vimos obligados a esconder a Djurdjevic para evitar pagar el autobús», reconoce el progenitor del ariete

ANDRÉS MENÉNDEZ GIJÓN.

En otoño, mientras Gijón censuraba la sequía goleadora del fichaje más caro en la historia de la entidad rojiblanca, Uros Djurdjevic (Belgrado, 1994) permanecía impasible. La exigencia del gol, carga insoportable para muchos, es un peso mínimo para quien ha crecido sobrellevando los avatares de una infancia repleta de adversidades.

En apariencia robótico, el delantero del Sporting forjó su carácter combativo en las contiendas de Obrenovac, al suroeste de Belgrado. No le pesaba la mochila del gol a quien ya había marcado el tanto más importante de su vida: sacar adelante a su familia. «Los goles de Uro nos dieron la vida», reconoce su padre, Zoran.

Los tiempos han cambiado para los Djurdjevic. Ahora Uros, autor del gol más rápido en la historia del Sporting, se ha convertido en uno de los ídolos de El Molinón. En un jugador referencia y en el espejo de muchos niños serbios que, como él soñaba de pequeño, también quieren jugar en España.

Tal y como hacían cada mañana en el lejano Obrenovac, Zoran y Uros se levantan temprano, conversan de fútbol y aprovechan para repasar con detenimiento la jornada en Segunda. Disfrutan de la soleada tarde gijonesa para dar un paseo por la playa y después citan a EL COMERCIO para encontrarse en su particular 'fortaleza' en Gijón: el Café Mirka.

Se trata de un pequeño local céntrico, con un toque reservado, discreto. Regentado por Milos, de porte serio, natural de Belgrado. Es el rincón de los Djurdjevic en Asturias. Apenas pasan unos pocos minutos de las cinco de la tarde cuando Zoran y Uros, padre e hijo, aparecen por la cafetería gijonesa. A primer golpe de vista parecen hermanos. Llama poderosamente la atención el aspecto hercúleo, robusto, del padre.

Desde el primer momento se comprueba el profundo respeto del goleador rojiblanco por el patriarca de la familia. Cuando Zoran habla, Uros, ensimismado, atiende y guarda silencio. Las fugaces intervenciones del delantero son directas, tímidas. En cambio su padre se expresa, siempre en serbio, con una oratoria más precisa. Su lenguaje no verbal acompaña cada palabra, cada anécdota. Es contundente.

Con la ayuda de Tarik, su traductor, Zoran se explaya a gusto, cómodo, cuenta, en ocasiones conteniendo las lágrimas, la emoción y el orgullo que siente al ver al pequeño Uros convertido en goleador. Solo los Djurdjevic, quizás, incluso, solo Zoran, saben que la foto feliz que ahora presenta esta cafetería mitad serbia y mitad gijonesa es el resultado del presentimiento del patriarca de la familia. Y también de la convencida apuesta de un niño que nació con alma de espartano. «No sé muy bien por qué, no podría explicarlo, pero sabía que mi hijo sería futbolista profesional. Había especial algo en su mirada... Ambición».

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Una infancia dura

Los años noventa no fueron fáciles para los Djurdjevic, víctimas, como la mayoría de sus compatriotas, de las durísimas consecuencias de la guerra de los Balcanes. Sus antepasados edificaron su residencia familiar a las orillas del río Sava, en Obrenovac, la ciudad que vio crecer a Uros, primogénito del matrimonio entre Zoran y Sladana. Un humilde hogar era el cobijo de tres generaciones Djurdjevic: los abuelos (Stanimir y Dragoslava), padres y su descendencia, Uros y su hermano, el pequeño Kristijan, también futbolista en la Liga serbia. «Éramos seis personas apiladas en una pequeña vivienda. No teníamos casi nada, pero, entre todos, creamos nuestra propia 'fortaleza'. Nos ayudábamos los unos a los otros y pasábamos el día en familia», relata, con una sonrisa nostálgica, Zoran.

Sin recursos ni dinero para juguetes, Uros y Kristijan se agarraron a un intangible para divertirse en su infancia: la imaginación. Eso nadie se lo podía arrebatar. En la vivienda había un pequeño patio. Se convirtió en el paraíso de los hermanos Djurdjevic. Apilaban cuatro piedras para hacer dos porterías y con un pequeño balón de plástico consumían las horas.

Las risas inundan el Café Mirka cuando Zoran recuerda la obsesión, casi enfermiza, de aquel niño con aquel maltrecho balón: «Una mañana en el patio Djuka golpeó la pelota con tanta fuerza que se fue directamente a la carretera. Cuando fue a recogerla se llevó un susto terrible: estaba destrozada, atropellada por un coche. Nunca lloró tanto y de forma tan desconsolada; creía que no volvería a jugar a fútbol». Un recuerdo que corrobora Uros. «Fue uno de los peores días de mi infancia. Estaba obsesionado con jugar a fútbol y solo teníamos ese viejo balón», dice.

El esfuerzo de su madre

En la morada de los Djurdjevic había amor, pero faltaban recursos. Sladana, madre de Uros, era la única que tenía un sueldo regular, no era gran cosa, pero al menos no pasaban hambre. «Mi mujer trabajaba en una panadería. Hacía pizzas y tenía que soportar turnos muy largos para ganar algo de dinero y poder ayudar a la familia. Era el único soporte económico que teníamos», cuenta.

Zoran no encontraba trabajo estable y se dedicaba a cuidar de los pequeños y, de vez en cuando, a realizar algún chollo. En mitad del agobio económico, con la obligación de dar a dos niños de comer, con los padres de su marido también casa, el sueldo de Sladana era a lo único a lo que se podían agarrar las seis almas de la 'fortaleza' de los Djurdjevic. Un buen mes sobraron, incluso, unos cuantos 'dinars' (moneda serbia antes del cambio al euro) la familia decidió invertirlo en los pies de su primogénito. «Le compramos unas botas de fútbol. Con eso, ya era feliz».

Escondido en el bus

Pero no era suficiente para tener lujos, ni siquiera para poder costear el transporte diario de Uros. Por entonces el hombre gol del Sporting había abandonado el equipo del colegio para jugar en Belgrado y recalar en una de las canteras más importantes de Serbia: la del Estrella Roja. «Acompañaba todas las tardes a 'Djuka' a la parada de autobús y después él se veía obligado a esconderse. Se pasó viajes camuflado entre pasajeros», relata su padre, ante la atenta mirada del jugador rojiblanco. Con el tiempo el pequeño Uros empezó, incluso, a ganarse la «confianza y el cariño» de los conductores. Dejó de jugar al escondite en la larga hora de trayecto entre Obrenovac y Belgrado. Le dejaban pasar gratis.

Los primeros pinitos del delantero en las inferiores del Estrella Roja le otorgaban un sueldo mínimo, no era gran cosa, pero, al menos, servía para poder «ayudar» a su familia, instalada en la vivienda de Obrenovac, que empezaba a ganar colorido con los progresos del hijo pródigo de la familia. Había mucho talento entre los jóvenes de la cantera del Estrella Roja, el '23' del Sporting tenía una cualidad distinta a los demás.

Se había forjado a golpes, obligado a ayudar a los suyos, concienciado en cumplir el presentimiento de su padre, dispuesto a todo para ser goleador. «En más de siete años de entrenamientos Djuka solo faltó a uno. Y ese día, como aquella tarde con su hermano en la 'fortaleza' de Obrenovac, fue uno de los peores de su vida. Lloraba y lloraba, estaba malísimo, tenía mucha fiebre y entre todos le tuvimos que convencer para que no acudiera al entrenamiento». Nada ni nadie lo podía parar.