La vida sin 'El Brujo'

A punto de cumplirse el primer aniversario del fallecimiento de Quini, Falo, el último de la saga de los hermanos Castro, abre su álbum de recuerdos junto al genial exfutbolista

La vida sin 'El Brujo'
JAVIER BARRIO

La historia arranca en Llaranes (Avilés), en plena barriada industrial. En la calle Río Piles número 13. Un paso angosto. «Vivíamos en el bajo. Teníamos dos camas para los tres hermanos. Yo, como era muy pequeño todavía, dormía con Quini. Mi hermano Jesús, que era mucho más alto, me echaba porque decía que dormía atravesado y le molestaba. Entonces iba con Quini y dormía abrazado a su pierna. Él siempre decía que tenía un buen pie por eso», recuerda con una carcajada Rafael, 'Falo', Castro (1960) en su oficina de El Molinón. A menos de un metro de su silla, en un sofá de color rojo, se apelotonan cientos de fotos de 'El Brujo': en la 'mili', con su hermano Jesús e Iñaki Churruca, con sus padres Enrique -«el primer Quini», subraya- y María Elena...

Jesús, Quini y el pequeño Falo Castro.
Jesús, Quini y el pequeño Falo Castro. / Archivo familia Castro

En Llaranes

«A esta foto le tengo mucho cariño porque estamos los tres hermanos en el campo del Llaranes hace muchísimos años. Jugamos todos en el Colegio de los Padres Salesianos. A Quini le gustaba ser portero, pero mi padre dijo que Jesús, como era más alto, sería el portero, y que Quini, arriba. Yo también fui portero».

«Es como si me hubieran quitado un 'cachito' del corazón. Se fueron mis padres, mi hermano Jesús y hace un año Quini. Los dos nos arropábamos, porque nos faltaban el resto, y su pérdida fue un golpe tremendo», reconoce el pequeño de la legendaria saga de los hermanos Castro. Tan solo faltan unos días para que se cumpla un año del inesperado fallecimiento del genial delantero, llorado por todo el país después de aquella luctuosa noche del 27 de febrero pasado: «Cuando estoy solo, me gusta venir a tomar un café a El Molinón y sentarme en el banquillo. Ahí empieza la cabeza a funcionar. Lo echo de menos».

No hay un día en que 'El Brujo' no esté presente en su pensamiento. Le invaden su energía, magnetismo y cercanía. Esa misma que es capaz de hace saltar por los aires la rigidez y el protocolo de una comida institucional del Sporting con el exótico propietario de uno de los grandes clubes del fútbol español, que termina literalmente doblado de risa por las ocurrencias del exfutbolista, al que no conocía. También se le multiplican las anécdotas vividas, una tonelada para contar. Acaparan casi el cincuenta por ciento de la conversación mantenida con EL COMERCIO en El Molinón. «Comía con él un día cualquiera y, cuando me daba cuenta, ya me había metido en el bolsillo cucharas, cuchillos y tenedores», jura con otra carcajada.

'El Brujo' junto a su hermano, el mítico Jesús Castro, en Mareo.
'El Brujo' junto a su hermano, el mítico Jesús Castro, en Mareo.

En Mareo

«Esta será posiblemente mi foto favorita: Quini con Jesús en Mareo. Ahí se ve un poco lo que era mi familia, una piña. Todos estábamos muy unidos. Siempre que había un tema importante, se le consultaba a mi padre, que tomaba casi la última decisión. Hasta el fichaje de Quini por el Barça».

Todos pueden dar fe de ello. Desde José Antonio Redondo, que se las vio y se las deseó para arrancar sus botas camperas, nuevas, del suelo del vestuario del Sporting: «Se las clavó con dos puntas. Cuando 'Redo' fue a por ellas, tiraba para ponerlas ¡No era capaz de despegarlas!». Hasta Pablo de Lucas, al que metió un ratón en el bolsillo del pantalón mientras este entrenaba. «Aquello fue serio al final, porque el chaval no se lo esperaba y se desmayó. Él hacía la broma y se olvidaba. A mí me hizo muchas», ríe su hermano. Su sentido del humor era parte del legado de su madre. Jesús Castro, mientras, tiraba más a su padre, portero del Vetusta y de El Calzada -«allí fichó por un pollo y unos zapatos»-, del que Quini heredó su nombre más popular. Y también su firma. La característica y estética rúbrica de 'El Brujo' que guardan con cariño tantos y tantos aficionados en casa. «Cuando faltó mi padre, él estuvo semanas y semanas entrenando para hacerla perfecta, exacta, hasta que lo logró», explica.

Así quiere recordarlo siempre Falo, orgulloso de ser el hermano de dos futbolistas y de dos personas tan superlativas. Orgulloso de ser espectador de sus éxitos. Sin más necesidad, aunque él tenga su propia historia y, por ejemplo, fuera en su momento uno de los primeros internacionales de la historia del fútbol sala español. Como portero, claro. «Siempre traté de estar en el lugar que me correspondía. Ayudarles en lo que podía. Me hicieron muy feliz los dos. Tuve una infancia increíble porque para ellos era un juguete y me lo daban todo», amplía sobre su relación con Quini y Jesús Castro, once y diez años mayores que él, respectivamente.

Los tres hermanos, en el homenaje a Quini, en 1984, en su adiós al Barcelona.
Los tres hermanos, en el homenaje a Quini, en 1984, en su adiós al Barcelona.

Camp Nou

El 9 de octubre de 1984, el Barcelona despidió a Quini con un partido de homenaje en el Camp Nou, enfrentándose a una selección de jugadores dirigida por Ladislao Kubala. Participaron los tres hermanos. «Yo salí en sustitución de Castro. Tuve la suerte de hacer una buena parada de reflejos a Steve Archibald y pedí el cambio, no la fuera a fastidiar», bromea Falo Castro.

Todavía se le humedecen los ojos cuando retrocede a ese martes maldito, que le dejó huérfano de su segundo padre. «Cuando murió nuestro padre, con cincuenta y pocos años, él (Quini) asumió desde el primer minuto ese papel. Te daba la Luna, siempre estaba pendiente», remarca. Aquella tarde-noche, la alerta le llegó a través del presidente Javier Fernández, quien le telefoneó para preguntarle por su hermano. Luego fue uno de sus sobrinos, Óscar, quien le confirmó lo que sucedía. Se trasladó en un guiño hasta donde estaba la ambulancia con 'El Brujo', al que trataban de reanimar tras sufrir un fallo cardiaco cuando iba en coche, a unos cien metros de su casa en La Calzada.

La peor experiencia

«Lo que me quedó grabado de aquel día fue la imagen de la gente de la ambulancia tratando de reanimarle. Me quedé detrás esperando y, aunque había un cristal traslúcido, se distinguían los intentos por salvarle. Fue terrible, muy impactante, porque ya me temía lo peor después de todo el tiempo que había pasado», confiesa todavía emocionado. El golpe dura hasta estos días. También el recuerdo de ese multitudinario funeral en El Molinón, que un día después ampliaba su centenario nombre a Enrique Castro Quini, con 14.000 personas rotas y desoladas en la grada. «Había superado la enfermedad y, como todos, sabía que algún día faltaría, pero tenía claro que dentro de muchísimos años. No esperaba algo tan repentino», asegura. Después de eso, lleva un año a media asta.

Quini, con Falo, en el hotel del Sporting en La Coruña.
Quini, con Falo, en el hotel del Sporting en La Coruña.

Cariño de hermanos

«Esta fue una fotografía que nos hicieron en un hotel en el que se alojaba el Sporting en un viaje a La Coruña, justo antes de un partido en Riazor. Es una de las últimas que tengo con él y por eso le tengo mucho cariño. Me encantaba abrazarle, estar cerca de él y picarle. Para mí era lo más, la bomba».

Él (y toda su familia y amigos) lo sobrellevan con los buenos momentos, las bromas, aunque el agujero es grande. La tertulia que se formaba en algunas comidas antes de los partidos en El Molinón, por ejemplo, ha quedado huérfana. «Cuando no tenía la de protocolo, siempre venía a comer con nosotros (un pequeño grupo de trabajadores del club en el que está también Carlos Barcia y el propio Falo). ¡Y se puede imaginar la que nos liaba!», rememora con una pícara sonrisa, anticipando otro baúl buen surtido de «trastadas» marca de la casa. A 'El Brujo' también le gustaba pasarse de cuando en cuando para desayunar por el despacho de su hermano, que guardaba unas pastas especiales para Quini, que saludaba creando un pequeño caos en los documentos que había sobre la mesa. Otro día pedía por teléfono que le esperaran con el portón abierto para meter su vehículo, en una llegada que se podía ampliar hasta las dos horas. O incluso llegaba a invitar a comer a un grupo de veinte aficionados a El Molinón, agradecido por un detalle concreto, en pleno día de partido. Esto originaba un caos a su hermano del que él, con su afilado sentido del humor, se libraba con maestría. Tampoco pasa por alto Falo cuando, en pleno partido del Sporting, degustó un percebe que había conseguido de una bolsa que le habían traído a 'El Brujo', quien lo vio y montó en cólera. «¡Mis percebes, mis percebes!», gritaba el entonces delegado del Sporting. «El cuarto árbitro miraba para nosotros asustado. ¡Pensaba que me iba a matar con el partido jugándose!», completa con guasa.

De los viejos tiempos, también queda artillería pesada. En la época del Sporting de los años dorados, cuando sus futbolistas empezaban a adquirir buenos coches, Quini aprovechaba para situar en alguno de ellos un cartel de 'vehículo de ocasión'. Lo acompañaban el número de teléfono del propietario del coche y un precio «ridículamente bajo». La maniobra se completaba con paciencia y un prolongado tiempo de espera. El suficiente para que algún viandante se fijara en la oportunidad mayúscula y el dueño en cuestión no se enterase. «Después, claro, llamaban a algún jugador continuamente», remacha Falo Castro, expresivo con los brazos. Así, suma y sigue, una cascada interminable de anécdotas y bromas que merecerían una publicación exclusiva. «Le gustaba que, donde él estuviera, la gente a su alrededor fuera feliz. ¿Cómo no le voy a echar tantísimo de menos?», se pregunta.

A pocos metros de donde se encuentra sentado Falo Castro se ultiman los detalles del 'espacio Quini', aún indefinido al vistazo. Todavía un paisaje blanco de largos pasillos, habitaciones y oquedades. En el nombre de 'El Brujo', el más internacional de la saga. «La vida de mi familia ha sido un poco de película», culmina, enumerando los buenos momentos, pero con las desgracias bien presentes: el secuestro, la pérdida de su padre, de su hermano, de su madre y de su otro hermano. «Los perdimos a todos y los dos nos arropábamos, pero ahora me falta algo», repite. Los días han perdido color.