Con ética y estética de mujeres

¿Existe un arte femenino y un arte feminista? La respuesta es sí y la da la filósofa asturiana Susana Carro en su libro 'Mujeres de ojos rojos' (Trea), que se presentará con motivo del Día de la Mujer

Con ética y estética de mujeres

Es un viejo debate el de la relación entre ética y estética, una discusión filosófica que aborda muchos espacios y tiempos y que ahora, de la mano de Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) toma forma de libro tras haber sido tesis doctoral para centrarse en la conjunción de feminismo y arte. ¿Hubo tal encuentro? ¿Se dejaron influir las artistas de los setenta por lo que dejó escrito Simone de Beauvoir? ¿Hay un arte feminista y un arte femenino? La respuesta es sí. A lo largo de 212 páginas, la filósofa asturiana explica las relaciones entre arte, política y filosofía desde que en 1949 se escribió 'El segundo sexo'. 'Mujeres de ojos rojos' es el título de la obra que presenta Trea con motivo del Día de la Mujer el próximo martes y que es fruto de dos años de análisis y reflexión y otro más de reescritura. No es baladí el título porque ya en él se posiciona su autora sobre esas relaciones entre ética y estética tan difíciles de evidenciar. Le ha robado la frase a Gilles Deleuze, un filosofo francés que entendía que un artista es aquel que ha encontrado en su experiencia cosas intolerables e injustas, que regresa del abismo «con los ojos rojos» y las traslada a la materia, ya sea la literatura, la pintura u otras disciplinas. Eso han hecho muchas mujeres artistas a lo largo de las últimas décadas en Estados Unidos y Europa y muchas de ellas bajo la inspiración del feminismo. Un feminismo que es tan variable como el propio arte y que ha ido generando debates sobre el papel de la mujer. Hay una dicotomía que marca las diferencias: el feminismo de la igualdad, el que promueve que hombres y mujeres son iguales y las características que se le atribuyen a las mujeres como propias (tolerancia, sensibilidad, cariño, etcétera) son culturales y no innatas, y el de la diferencia, que proclama que las mujeres deben defender lo que les separa de los varones. Uno y otro feminismo han inspirado diferentes maneras de entender el arte en distintos momentos históricos: el arte feminista y el arte femenino. La reflexión de Susana Carro Fernández parte de otra previa, la vigencia del mensaje de Simone de Beauvoir que también algunos cuestionan. Ella entiende que su contemporaneidad es tal que su influencia se deja ver en todas las filósofas feministas posteriores. Dejó huella impresa en negro sobre blanco y también en las artes plásticas. «La impronta de De Beauvoir abarca también al arte, en muchas manifestaciones artísticas de los setenta aparecen representadas ciertas categorías filosóficas que ella había utilizado», detalla la autora. De lo que en principio era sólo una intuición surge el trabajo que ahora toma forma de libro y recupera la obra de creadoras que si bien no han pasado a la historia del arte, sí dejaron sus pensamientos, su visión del mundo y la política, en forma de lienzos, fotografías, performances o esculturas. No importa en su trabajo tanto la calidad como la valía que tuvo en su momento que esas reflexiones sobre la situación de la mujeres salieran del ámbito privado para exponerse en público. Todo empieza en 1949. Es entonces cuando se escribe 'El segundo sexo', la obra de De Beauvoir en la que aparecen sus conceptos de lo otro y el patriarcado, esos conceptos que hablan de un mundo en el que el varón es lo esencial y la mujer vive a la sombra. Ese pensamiento ya tiene su primer reflejo en el arte de una contemporánea y paisana de la filósofa francesa, Louise Bourgeois. Ellas dos, ambas europeas, son, en cierta forma, las madres de lo que llegaría más tarde, a finales de los años sesenta y principios de los setenta a los Estados Unidos de efervescencia y la contracultura. El paralelismo entre ambas se observa a la perfección una obra de Bourgeois previa a la publicación de 'El segundo sexo' y que lleva por título 'Femme maison'. Es el dibujo de la silueta de una mujer en la que su cabeza ha sido sustituida por una casa. El de la autora de la famosa araña del Guggenheim es, a decir de Susana Carro, un claro ejemplo entre esa relación entre ética y estética, en esa transmisión en tinta sobre lino de algo más que arte, de un pensamiento, una filosofía, una visión del mundo. A finales de los años cuarenta esas dos mujeres dejaron una primera huella de lo que se define como arte feminista. Pero no fue hasta finales de los sesenta y principios de los setenta cuando se escribe con letras mayúsculas esta historia de la que ambas, pese al paso del tiempo, siguen siendo partícipes. Fue no ya en Europa, sino al otro lado del charco, donde se produjo el boom de esta forma de arte, que tiene nombres propios como los de Martha Rosler y Judy Chicago. 'La mística de la feminidad', de Betty Friedan, 'Política sexual', de Kate Millett, y 'La dialéctica del sexo', de Shulamith Firestone, son las obras claves del pensamiento feminista que aparecen retratadas en el arte y lo curioso es que lo están, en ocasiones, independientemente de que las artistas conocieran en profundidad o en la superficie sus pensamientos. Lo están porque en aquel momento y en aquel lugar, en el Estados Unidos de los setenta, se despertó esa conciencia feminista que afloró en todas las artes, porque era algo que se respiraba y se palpaba, algo que formaba parte del día a día de muchas mujeres. Observar algunas de las obras de Marta Rosler, como los fotomontajes de 'Bringing the War home' deja clara cuál era su visión del mundo. Pero los setenta empezaron con un feminismo igualitario y terminaron con el nacimiento de otro, el de la diferencia, el mismo que inspiró un arte, el femenino, con una serie de características comunes, con la utilización de la figura de la mujer en muchas de sus representaciones. «Con 'La dialéctica del sexo' empieza ya una cierta deriva hacia el feminismo de la diferencia, se empieza a hablar de la proximidad de la mujer a la tierra, la naturaleza, la revindicación de las esencias femeninas», detalla Susana Carro, quien explica que Francia vuelve a ser foco de cambios a través de filósofas como Luce Irigaray, que buscan resaltar esa disparidad. «El feminismo de la diferencia dice que hay un lenguaje propio de las mujeres, que se va a plasmar de una forma muy concreta en las artes plásticas, que las mujeres trabajan sobre unos motivos peculariares, utilizar un colorido particular, tienen temas de interés diferente a los de los hombres», indica Susana Carro. Y con esa filosofía, se proclamaba el gusto de las mujeres por las formas curvas, redondeadas y rugosas sobre las planas, aspectos que hoy pueden resultar ingenuos pero que en su momento formaron parte de densos manifiestos sobre el arte femenino. Pero, por encima de todo, había algo que lo definía, que era la búsqueda de esa esencia de mujer que muchas artistas descubrieron en el cuerpo, protagonista absoluto de numerosas obras. Esas diferencias, esas formas de ser y hacer diferentes a las masculinas, son las que se reivindican tanto en la filosofía como en el arte. En el segundo caso, con nombres propios como Ana Mendieta, «que defendía que existe una gran proximidad entre la mujer y la naturaleza, y en esa fusión es donde se va a encontrar la verdadera identidad femenina». Otro de las firmas relevantes es la de Nancy Spero, que llegó incluso a reproducir en sus obras algunas citas de filósofas de la época. Las feministas de la diferencia aunaban una ética y una estética común mientras que las de la igualdad ahondaban en la ética muy por encima de la estética. El análisis que realiza la filósofa Susana Carro continúa más allá de los ochenta y se adentra incluso en el principio de los noventa, pero se queda sin entrar a fondo en qué ha ocurrido con los movimientos más rabiosamente contemporáneos. Esa es una asignatura pendiente que habrá que analizar -Carro tiene en mente en hacerlo- pero, a falta del estudio en profundidad, apunta ya hacia dónde ha ido evolucionando ese arte de mujeres con mensaje: «El feminismo contemporáneo ha tenido muchas derivas y corrientes, pero de alguna manera lo que viene a continuación son reelecturas de estos dos feminismos, no son cosas nuevas sino reinterpretaciones, tanto en el ámbito de la filosofía como de las artes plásticas».