Orlando Pelayo, cartografía de ausencia

Dos meses antes de su muerte realizó una donación al Bellas Artes que completaba la registrada en 1989 de 27 óleos, seis esculturas y tres series de grabados El pintor gijonés, uno de los baluartes de la Escuela de París, falleció un día como hoy de 1990

Orlando Pelayo con sus gafas características, en su estudio de París. ::
                             E. C./
Orlando Pelayo con sus gafas características, en su estudio de París. :: E. C.

Fue uno de los grandes. Uno de los pocos españoles que clavó su caballete en el Sacré-Coeur y se dejó inyectar todas las corrientes que circulaban por el París de mitad de siglo, aquel París que reunía sin límites las luces del mundo del arte a las orillas del Sena. Hoy se cumplen 20 años de su muerte. Orlando Pelayo (Gijón, 1920-Oviedo, 1990), asturiano universal, gracias a sus pinceles, hoy casi sagrados, se iba un 15 de marzo como este, pero de 1990, después de un año ordenando sus papeles y luchando contra el cáncer. Moría el pintor gijonés amigo de Camus, que compartió paredes con Matisse, Picasso y Lhote, que fue bandera de la Escuela Española de París, después de una vida plena y una pintura que todavía ahora asombra con sus retratos apócrifos, con su cartografía de la ausencia, aquella serie en la que invirtió tres años de su vida (de 1959 a 1962), durante su estancia parisina, invocando con toda la pasión los mapas de los lugares que había dejado atrás. Aquellas obras que hoy ofrecen la metáfora perfecta para hablar de la nostalgia de su propia ausencia.

La noticia de su fallecimiento, que no sorprendió por esperada -eran muchos los que sabían de su enfermedad-, causó una gran conmoción en Asturias, a la que había estado preparando para su marcha. Dos meses antes, en enero de 1990, regalaba al Museo de Bellas Artes toda una colección de acuarelas, 22 obras singulares que se venían a sumar a dos donaciones anteriores. En 1980, 15 días después de la inauguración de la pinacoteca en el Palacio de Velarde, dejaba para siempre en sus colecciones dos de las obras colgadas en la exposición de apertura, 'El detector de metales' y 'Alegoría'. En el verano de 1989 (nueve meses antes de su muerte, conocedor ya de su enfermedad), realiza su gran obsequio: 27 óleos, seis esculturas y tres espléndidas series de grabados (Orlando Pelayo era gran grabador, además de pintor) sobre 'La vida de Lazarillo de Tormes', 'Las coplas por la muerte de su padre', de Jorge Manrique, y la 'Fábula de Polifemo y Galatea', de Luis de Góngora.

Se sabe que intentó hacer otra altruista donación a la pinacoteca de Gijón, que no se llevó a término por un malentendido y la obra que iba a regalar a su ciudad acabó en Albacete, lugar en el que pasó parte de su infancia y juventud y donde se le recuerda como uno de sus hijos adoptivos. De hecho fueron las instituciones culturales de la ciudad manchega las primeras en reaccionar ante su muerte con una gran antológica que acabó exhibida en París, en el Couvent des Cordeliers (1992), y con el tiempo llegó también a Asturias, donde se le dedicaron dos exposiciones homenaje, en 1998, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, y en 2005, en el Bellas Artes.

Gijón, que se había quedado sin legado, aunque la obra de Orlando Pelayo estaba ya presente en las colecciones municipales, adquiere en 2001, por diez millones de las viejas pesetas, el retrato que el pintor realizó de Albert Camus y Jean Grenier, hasta poco antes en manos privadas.

Para entonces, al igual que el mismo día de su muerte, en Asturias todos eran conscientes de que había desaparecido «el pintor más importante de la primera vanguardia de artistas asturianos». Así lo expresaba al día siguiente en EL COMERCIO el también creador Pelayo Ortega, recordando que Orlando era parte imprescindible de una geografía universal a la que pertenecían otros dos ilustres asturianos, Rubio Camín y Antonio Suárez. El mismísimo Chillida, que moría poco después, alzaba su voz para rendirle homenaje póstumo y lo hacía elogiando no sólo su «sensibilidad de pintor», sino también su carácter de «hombre discreto», peculiaridad que le permitió comparar a Orlando Pelayo con Juan Gris.

A esas palabras de admiración, que son sólo un ejemplo de las muchas que se expresaron y se siguen expresando, se suma sin verbo, pero con toda contundencia, la presencia de la obra del pintor en los museos Reina Sofía, de Arte Moderno de Bilbao, de París, Argel, Orán, Yakarta, Ein Harod (Israel), Neuchâtel (Suiza), Luxemburgo, Malmoe (Suecia) y México, entre otros.

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