El arte según el artista

En 1994 el Museo Barjola homenajeaba a Vaquero Turcios con una exposición en la que se recogía su obra escultórica. Con motivo de aquella muestra él mismo escribió el articulo que se reproduce a continuación, en el que da una explicación certera de qué es para él el arte. Como curiosidad, aquella exposición motivó que el entonces director de EL COMERCIO, Francisco Carantoña, pisase por primera vez la pinacoteca con la que siempre había sido muy crítico por considerar que Gijón no podía dedicar un museo a Barjola antes que a Piñole. Hoy, ambos coexisten.

Escultura. Una de las piezas de aquella exposición./
Escultura. Una de las piezas de aquella exposición.

Los colores no son inmóviles. Si ponéis un rojo, un azul, un amarillo juntos, cada uno parecerá avanzar o retroceder hasta encontrar su posición justa en el espacio óptico. Esas coordenadas virtuales estarán definiendo una relación precisa, formando una arquitectura elemental de planos de color.

Durante todo tiempo, tablas y lienzos pintados fueron la puerta de un mundo que estaba 'más allá' de ellos mismos, un mundo en el que había de todo: paisajes, mujeres desnudas, caballos, frutas y también muchas arquitecturas y esculturas.

Se comprendió un día que un cuadro es una superficie plana recubierta de colores en un cierto orden. (Por no hacerlo más largo, Maurice Denis no dijo "recubierta de texturas y colores").

Fue una revelación. Quedó claro que el cuadro, objeto sólido y presente, era, en realidad, una escultura plana policromada.

De ello, puede intuirse que sea posible interpretar una escultura, formada de planos de uno o más colores, como un cuadro complejo que sucede en el lado 'de acá'.

Algunas malas lenguas antiguas decían que los verdaderos artífices del Partenón no habían sido los arquitectos Actino y Calícrates, sino el propio Fidias. En efecto, la fuerza y la sutileza de claroscuros y proporciones, de llenos y vacíos, de superficies lisas y estriadas sin una función práctica, eran labor escultórica más que propiamente arquitectónica. Olvidaban sin duda, como solemos hacerlo también nosotros, que el pentélico de columnas y arquitrabes fue sólo el soporte de una -sin duda- formidable armonía cromática pintada al fresco sobre el revoco que cubría el mármol. Es decir, que el modelo emblemático de las arquitecturas era, estrictamente hablando, una escultura policromada.

No habría pinturas en el techo de Altamira si el artista paleolítico aquel no hubiese antes buscando y encontrado los bultos y relieves naturales que definían casi enteramente las formas de los animales. Lo que hizo después no fue tanto una pintura mural, como la policromía de un relieve.

Muchas esculturas se pintaron al fresco después de tallarlas en piedra y se emplearon, y se siguen usando, el temple, el óleo o el 'spray' sobre bultos de madera, de estuco, de poliéster, de hierro, de hojalata. Otros materiales no se pintaron porque no hacía falta: ni los mármoles, ni las chapas de hierro y de acero cortén, ni los bronces verdes, negros o pulidos, ni las maderas, y no por ello el espectáculo cromático de las vetas, los óxidos y las pátinas es menos decisivo en la posible belleza de la obra.

Las cosas de esta exposición tratan de buscar esa simbiosis interna del espacio y el color que a mí me resulta misteriosa y atrayente. Azules y negros, veladuras y reflejos, permanecen quietos o giran y se mueven en el espacio con el hierro, la madera y la piedra. Es decir, como siempre.

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