«Le mataron sin que se pudiera mover»

«Tenía numerosas heridas vitales en el cuello y en el tórax producidas con un estilete. Se ensañaron con él», explica el médico Carlos Montero, forense del caso Rambal, relata las circunstancias del crimen del transformista

POR OLAYA SUÁREZGIJÓN.
Carlos Montero, el forense del caso de Rambal. ::
                             J. BILBAO/
Carlos Montero, el forense del caso de Rambal. :: J. BILBAO

Tomó su seudónimo de uno de los galanes de la época y su nombre acabó siendo casi más conocido por él mismo que por el actor al que admiraba. Cuando el célebre Rambal apareció asesinado, nació la leyenda. Hoy, justo cuando se cumplen 34 años de su trágica muerte, son muchos los que se siguen preguntando quién acabó con la vida de uno de los personajes más populares de Cimadevilla. Un 'Falete' de los años 70 que hizo con su vida folclore y con su muerte un puzzle que sigue sin encajar.

Alberto Alonso Blanco cantaba por Marifé de Triana. Y por lo que le echasen. Era un todoterreno. Lo mismo bailaba que copleaba que se arrancaba con la sorna 'playa', o con su propia vida. En pleno franquismo no ocultaba su homosexualidad. No eran tiempos fáciles, pero él supo llevarse a sus vecinos y a su público de calle, que ya era mucho. Llenaba los bares. Subía su desparpajo al escenario y cuando se bajaba seguía siendo igual. Él mismo. Ahora estaría a punto de cumplir los 82 años. Se quedó en unos intensos 47.

Le encontraron porque su casa del Campo de las Monjas ardía. Del segundo piso salía humo. Era la una y pico de la madrugada del 19 de abril de 1976. Cuando llegaron los bomberos y apagaron el fuego lo encontraron sobre la cama. Estaba inerte. Lo habían apuñalado con saña. Su asesino quiso borrar su propio rastro. Y parece ser que lo consiguió. El arma con el que lo mataron nunca se encontró y el agua empleada para extinguir el incendio se llevó las pruebas que lo podrían haber delatado.

«El asesino intentó deshacerse del cadáver y quiso carbonizarlo. Después de matarlo lo colocó inclinado sobre la cama, con los pies fuera, apoyados sobre un montón de ropa. La quemó para que las llamas subiesen por el cuerpo pero los bomberos llegaron antes. Sólo tenía las piernas quemadas». Lo dice Carlos Montero, el médico forense, ya jubilado, quien se encargó de certificar la muerte y hacerle la autopsia.

«El cuerpo tenía numerosas heridas vitales en el cuello y en el tórax producidas con un estilete, que en aquella época era un arma muy común entre los delincuentes», añade. La víctima «no tenía signos de defensa, lo apuñalaron sin que se pudiese mover, por lo que se supone que era alguien más corpulento que él, que le superaba en fuerza».

El asesino de Rambal huyó rápidamente del piso, pero «antes se lavó las manos en un grifo que había en la planta de abajo. Lo dejó abierto». Según los investigadores, pudo ser un crimen premeditado. Lo tenía todo pensado y todo bien atado. En la habitación no se encontró ni una sola huella sospechosa. El agua se lo llevó todo.

«La Policía estuvo muy implicada durante mucho tiempo y cada vez que tenían una nueva línea que seguir la cotejábamos con los datos de la autopsia. Pero nada. En las primeras horas todos creíamos que se iba a esclarecer rápidamente, pero no hubo manera», se lamenta Carlos Montero.

El mito de Rambal lo alimentaron, acertadamente o no, las voces que de forma incesante señalaban que 'alguien influyente' estaba relacionado con el crimen. Se dijo de todo: que si el hijo de un concejal, un político, un deportista, que si se quería tapar, que si había orden de dejar de investigar.¿Qué hay de cierto? ¿Son puros bulos? La idea del complot se extendió de tal forma que posiblemente sean muy pocos los gijoneses de cierta edad que vean en éste un crimen ordinario sin resolver, como otros muchos cometidos en la ciudad.

Los expertos no van en esa dirección. «Una de las hipótesis que más fuerza cobró fue la posibilidad de que el asesino fuese un tripulante de algún barco que hubiese hecho escala en Gijón y que posiblemente no era la primera vez que mataba», considera el forense.

Poco tiempo después se produjo una trágica coincidencia. Fue en Santander. Un travestido muy conocido que también pertenecía al mundo del faranduleo fue encontrado cosido a puñaladas en su vivienda. El modus operandi tenía extrañas similitudes con el de Cimadevilla. En aquella ocasión el autor no incendió el piso y se recogieron pruebas. Sin embargo, no se pudieron cotejar con ninguna del caso gijonés. No existían. «Nunca se llegó a verificar a pesar de que se intentó por todos los medios, pero pudo ser obra de un asesino en serie que tuviese fijación por un determinado perfil de personas», comenta Montero.

Sea como fuese, el crimen de Rambal ha llenado horas de conversación en chigres y calles y ha hecho de este peculiar personaje todo un mito en el ámbito gijonés cuyas peripecias y ocurrencias han pasado de padres a hijos. El multitudinario funeral da una idea del cariño que le profesaban sus vecinos al intérprete de 'la canción del turco'. Una de las coronas de flores rezaba: 'Cimadevilla pide justicia'. Y aún no la han tenido.